miércoles, 6 de julio de 2011

MENINA MOÇA

Sé que hubiera resultado más cinematográfico titular esta historia, aprovechando el juego de palabras, “Una historia del Born”, pero todo esto transcurre lejos de aquel barrio, comenzando en la Barceloneta y finalizando bajo los soportales de la Praça Reial, y del Born ni el mercado, porque más a mano teníamos el de la Boquería y yo era, para más inri, del Poble Sec, como Serrat, y ella brasileña. Y si quisiéramos jugar con comparaciones neoyorquinas, me separaba un mundo para asemejarme a Al Pacino, suponiendo que sea él el del Bronx y no lo esté confundiendo con Robert de Niro, como me suele pasar, que a veces les cambio los papeles en las películas, y no sólo en “El Padrino”.
La Barceloneta no es Copacabana, eso es cierto, ni a orillas del Mediterráneo hay estatua de la Libertad aunque dispongamos de rascacielos que nada tengan que envidiar (aunque Benidorm sea peor aún en cuanto a mal gusto). Tenemos las torres Mapfre y el supositorio gigante de la torre Agbar, que por una temporada trocó los papeles de Lepe y Barcelona en cuanto al protagonismo en los chistes. La modernidad y sus contradicciones son cojonudas, y así tenemos un municipio que persigue a las putas del Raval (podría hacer lo mismo con los chulos y dejar a las pobres chicas en paz) y permite la construcción de un gigantesco monumento al consolador para choteo universal. El ser humano es contradicción. Y Barna no podía quedarse atrás, pues no en vano a pocos pasos, en Figueres vio nacer a un genio que se dio en llamar “el gran masturbador”. Aun así, con torre Agbar y todo, me encanta Barcelona aunque la odie. O será que me encanta odiarla. Es como el Barça y el Madrid: por muy enemigos que sean, la existencia del uno no se explicaría sin el otro.
Pero situémonos en la Baceloneta, entre sus casas bajas y multicolores (colores pálidos, pero múltiples al fin y al cabo) donde los bares ahumaban a patinadores y ciclistas al asar sardinas y pescados varios. Me aburría como una ostra intentando, sin mucho éxito, hacer que la gente del paseo volviera su atención sobre mí con mis remedos de Grant Green a la guitarra. Acabé por rayarme de que nadie me hiciera el menor caso y dejé el “California Green” para mejor ocasión – y mejor público – para salir por la tangente y emplearme a fondo con Peret. “Barcelona es poderosa” o “Una lágrima cayó en la arena” en versión instrumental aún conservaban su gancho, pero entre un grupete de gitanillos que aún recordaban al genio de la rumba. Al resto del mundo, entretenidos con sus auriculares a toda mecha y su música enlatada que podían escuchar al fresco por el hilo musical del centro comercial de Montigalá, totalmente gratis y sin gastar batería, le importaba una higa lo que tocara, ya fuera Peret, Sisa, Pau Riba, Dusminguet, Very Pomelo o Mercedes Sosa por bulerías. ¡Pobres de ellos, del Nano, de Lluis Lach o de Kiko Veneno! Luego dirán por qué no funciona la ley de Memoria Histórica. Prueben a crear una ley de Memoria Musical y verán qué risa.
Me despedí de aquellos gitanillos de la Barceloneta y, contando unos pocos céntimos, me fui pateando cansinamente el suelo hasta la parada del autobús. Me reconcilió un poco con la vida un cielo brillante y azul sobre nuestras cabezas y la atmósfera limpia, que permitía respirar un aire marino, hermosamente freso, en aquel día de primavera.
Iba dando vueltas en mi cabeza a mil tonterías de lo más diverso, desde el cimbrearse de las palmeras, que comparaba con el de las que había en mi querida Praça Reial, hasta en el recordatorio de si había o no suficiente fruta en la nevera. No me había dado cuenta, hasta pasados unos instantes, de que ella se había sentado a mi lado en el banco de la marquesina. Mi atención, distraída en cosas tan superfluas (“nada es más necesario que lo superfluo”, que decían en “La vida es bella”), no percibió que tenía a la linda brasileña, cuya imagen iba a tener grabada durante aquel día, a pocos centímetros de distancia.
Uno de mis deportes favoritos es observar, y por eso quizá, a la hora de analizar cuáles serían mis músculos más desarrollados, estoy plenamente convencido de que sin duda éstos serían los de los ojos. Algunas veces he llegado a temer que este deporte, a veces de riesgo, ocasionara que mis ojos se dieran la vuelta en el interior de las cuencas y causara una conmoción y el pánico a lo largo y ancho de la ciudad, como si temieran que hubieran llegado los alienígenas y yo fuera su vanguardia. De este modo, pude grabar los detalles que me permitieron recrear después la figura de la muchacha.
Por su piel morena, su pelo oscuro y ligeramente rizado, y sus rasgos faciales me había parecido una gitanilla más de las que se había reunido a cantar el “Sarandonga” alrededor de mis seis cuerdas. Pero no era así. Ella tenía unos hombros redondeados y descubiertos en un vestido estampado de flores, de esos que les llaman con escote palabra de honor (“palabra de honor que no se me cae”, como guasonamente se añade). Me gustó mucho la divertida combinación de aquel vestido floral con unas Converse azules tobilleras, una estética medio punk para una musa de Woodstock. En realidad, podía ser de cualquier parte.
Pero era de Brasil.
Y me había estado escuchando, para dejarme la única moneda de euro que había en la bolsa. ¿Que cómo lo sabía? Bueno, eso ya lo supe después. Pero lo que aún no me consigo explicar es que tenía yo, aparte de una camiseta con la efigie de Groucho, Harpo, Chico y Karl Marx y la leyenda “Soy marxista” y unos vaqueros rotos, para que diera la casualidad (o la causalidad) para que se fijase en mí. Ella, tan hermosa. Con Converse tobilleras y todo.
Vale, que sí, que si los músicos y su puntillo bohemio y tal. ¿Qué punto bohemio tiene Julio Iglesias aparte del de la letra de su canción? ¿Y Luis Cobos? ¡No digamos El Koala! Un músico, y ahí están las pruebas, no es sinónimo necesariamente de erotismo. Pero bendita suerte. El caso fue que en la parada me dijo sus primeras palabras. Sonriendo, ante cuya sonrisa respondí con una mueca que a su vez pretendía ser sonrisa y que quedó en lo que temí una cara de idiota ante la que no sé cómo no salió corriendo despavorida Ramblas arriba, me dijo:
– Tocas “muito bém”.
Así, en ese esperanto ibérico que es el portuñol y para el que no existen reglas salvo las que cada quien se inventa sobre la marcha. Antes de que pudiera reaccionar, diciendo cualquier respuesta, sincera, ingeniosa o balbuciente, llegó su autobús y se despidió de mí con un ademán, dejándome aturdido y con una sensación de belleza metida en mi interior.
En pocas palabras: me había enamorado.
Porque sentía algo más que la mera atracción física que desencadenaba su figura bonita, de garota de Ipanema en zapatillas de deporte, sus ojos brillantes y su boca melosa y juguetona. Era algo que me había activado un chip desconocido dentro del alma. O del corazón. O del bazo, ese órgano del que uno sólo se acuerda después de haber hecho una carrera asfixiante y sentir unos terribles pinchazos que te indican dónde está, que si no vete a saber por dónde anda el bazo. Era ese chip recién activado lo que, de repente, había hecho de mi anodino y conocido paseo en bus por Barcelona, ciudad de los prodigios de Mendoza, una ruta turística por la ciudad más hermosa del mundo.
Todo me resultaba bonito. Por virtud de una magia extraña, a la que no podía calificar de negra porque no era de esa clase de magia tenebrosa ni porque tuviera que ver con el color de su piel – linda piel –, más tirando al café con leche con que se definía a sí mismo Roberto Carlos, el lateral derecho del Madrid, tan odiado por estas latitudes. Barna brillaba con o pese a su insoportable Guardia Urbana y sus ciclistas que la eludían como podían; con sus taxis gualdinegros haciendo pirulas y su ordenada cuadrícula; su casa Gaudí y su fálica torre Agbar; sus precios abusivos del Bar Núria y su plaza de Sant Jaume, donde mi algo fantasioso abuelo, dice que nada menos que dos presidentes de la Generalitat, Companys en el treinta y dos y Tarradellas en el setenta y siete, le saludaron desde la balconada a él, personalmente a él, cuando una enorme multitud de catalanes atestaba la plaza y era imposible distinguir los rostros.
Y como dicen que pasa cuando te enamoras, según las películas (bueno, yo lo escuché en la de “Tuno Negro”, que también vaya chorrada de película de la que me fui a acordar, sería la armonización de los contrarios), escuché música en mi interior. “Menina moça”, aquella bossa de Stan Getz y Laurindo Almeida. Como después no resultara brasileña, iba a ser mi hecatombe.
Cuando llegué a mi casa de la Praça Reial, me sumergí en su recuerdo durante un buen rato. La imaginé dentro del mayor de los tópicos brasileños: la playa, alguna de las playas de Río de Janeiro. Un atardecer en impasse, un bikini minimalista y una canción de António Carlos Jobim. “Corcovado”, “O morro não tém vez” o quizá “Desafinado”. A pesar de mi memoria visual, ¿cómo fue posible que, de tan breve contacto, recordara tan nítidamente sus rasgos? La curva de sus hombros, la anchura exacta de sus caderas, el dibujo de sus muslos, la longitud de los rizos de sus cabellos…
Me sacó de aquel ensimismado deleite, suave como el aterrizaje de las olas de aquel atardecer imaginado, el volcán sonoro del teléfono con la llamada apremiante de mi colega, el saxofonista de la banda, reclamándome con urgencia: que dónde cojones me había metido, que si no sabía que en una hora teníamos que tocar en el Jamboree, que más me valía que estuviera listo para bajar en lo que dura un estornudo y realizar la prueba de sonido o me iba a cortar los huevos y que, para variar, era un jodido desastre.
Lo era. Pensando en mi soñada brasileña, me había sobado. Miré el reloj y se me hizo completamente comprensible el estado de ánimo de mi colega, cuya desesperada urgencia me había dejado los nervios crispados a mí también. Me lié y fumé un porro asomado a la balconada, porque me resultaba preferible llegar con menos tiempo pero relajado que hacerlo con más tiempo pero hecho un flan y no dar una con las cuerdas, o romper tres de golpe sin raja de falda de por medio. Mucho peor que los Estopa.
La plaza y sus palmeras, altivas en su follaje estilo Celia Cruz después de haber metido los dedos en un enchufe, bullía por sus costuras. Los soportales registraban tráfico, pero el centro reclamaba atención como un número de trapecistas reclamaba la torticolis de los espectadores del circo. Con sus borrachos de pedigrí callejero, sus mochileros del Katmandú, sus turistas despistados y descuideros al acecho, sus secretas evidentes y sus camellos de baja estofa, y hasta gente normal como la descrita (anormal la ciudad que no se provea de los anteriores), la plaza era desde mi observatorio un pasaje del Titanic, con sus grandezas y miserias, que ignoraba su desastroso final.
Y en un rincón, el Jamboree, como la fiel orquesta, inasequible al desaliento, que sigue tocando contra viento y marea.
Entre oscuridad y gintonics, tratando de abstraerme un poco inútilmente del recuerdo de mi desconocida y para hacernos un hueco entre la programación permanente de la sala, un saxo, un bajo, una batería y una guitarra, como los cuatro elementos básicos – aire, tierra, agua y fuego –, nos disponíamos a moldear una sesión que estuviese a la altura de las “expectativas puestas en nosotros”, en palabras del dueño de la sala.
– ¿Expectativas? – nos preguntamos los cuatro.
Porque, claro, no éramos ni Javier Colina, ni Tete Montoliu, ni Sonny Rollins, ni Herbie Hancock, ni siquiera en potencia. Nos ganábamos la vida tocando en sitios de la costa y menuda alegría si alguna vez lo hacíamos fuera de Cataluña. ¿Expectativas de qué? Entonces comprendimos que, más que ánimos, lo que el dueño nos quiso dar era “su palabra” de que, o hacíamos un concierto de puta madre o el camino de la puerta no haría falta ni que nos lo señalaran.
– Que en el Jamboree no toca cualquiera…
– Y encima a ti se te ocurre llegar tarde, melón.
Mi colega, de nuevo.
– ¡Oye, que esto tampoco es lo que era, eh!
No sé si lo dije porque de veras lo creía o para marcarme un farol que rebajara tensiones.
Empezamos bien, quizá algo flojos, atenazados por los nervios, con un tema nuestro. Tras otros dos temas, uno de ellos una versión de Ramsey Lewis que nos quedó bastante bien para lo poco que la habíamos tocado, pero que, no sé por qué, acabó por chirriarnos, tuvimos la sensación de que aquella no iba a ser nuestra noche. Igual que en el fútbol existe lo de jugar a la ofensiva o a la defensiva, vimos que estábamos tocando más a la defensiva, con miedo a perder, que a la ofensiva, dispuestos a ir a por el partido. Una sombra de pánico nos envolvió. Fue entonces cuando la vi aparecer.
Milagro de los dioses, de los diablos o de las ninfas acuáticas del Port Vell, el caso es que apareció. ¿Sabía mi paradero? ¿Me había seguido? ¿Olía mi rastro deseoso de volver a verla igual que los perros huelen el miedo? ¡Qué más da! Preciosa, deslumbrante, con las Converse azules, pero llevaba un vestido negro atado al cuello, que dejaba su espalda descubierta y sus piernas libres hasta la rodilla. Un brazalete plateado en su brazo derecho lanzaba destellos de luz por la sala. Ahora, pensé, es el momento en que rompo las cuerdas de la guitarra.
Pero igual que su presencia había convertido Barcelona en la ciudad más linda del mundo, la activación del chip interior me hizo reaccionar a tiempo para salvar una noche destinada a ser fúnebre. Antes de que cualquiera de mis compañeros pudiera reaccionar, acometí los primeros acordes de “Menina moça”. Por un instante, me odiaron, pero les animé con la mirada a que siguieran, siguiéramos por ese camino – un camino marcado por ella – y que así no podríamos fallar.
Nos fue de perlas. Durante el transcurso de la pieza, la miré como si nada más que la música, ella y yo existiéramos en el mundo. Fue un caminar sobre las aguas, una subida al Cristo del Corcovado y una Mañana de Carnaval, como una montaña rusa donde sólo pensaba en que por favor, por favor, no se acabara la música. No recuerdo cuántos aplausos recibimos. Sólo supe que, al final del concierto, algunos espectadores, en su entusiasmo, nos llegaron a comentar que aquella había sido la mejor versión de “Menina moça” que habían escuchado desde la de Getz y Almeida. Marchando por la senda de la bossa nova, conseguimos la plaza en el Jamboree. Mis colegas quisieron celebrar el rotundo éxito.
Pero yo tenía otra preocupación.
¿Dónde estaba ella?
La busqué por la sala, en el baño de señoras (lo cuál casi me cuesta una bofetada), en la puerta. No estaba. No estaba. No estaba. Me moría por dentro. Quise llorar. Quise estar borracho y despertar con resaca, para no acordarme de ella, de nada de lo que había pasado al día siguiente. Quise destrozar aquella guitarra que la había atraído en la Barceloneta y había sido incapaz de retenerla en el Jamboree.
Con un sabor acre en la boca, y una despedida casi a la francesa, salí del local y me dirigí con furia a través de los soportales de la plaza hasta casa. Nunca me habían molestado ni las palomas, ni las farolas, ni llevar a cuestas la guitarra, pero aquella noche se me hizo eterno y pesado el caminar, me resultó repulsiva la luz indirecta bajo las arcadas de la plaza y odié las aves que dormitaban en sus escondrijos. Jamás soportaría volver al Jamboree. Mi cabeza daba vueltas a sombras monstruosas: mis pensamientos. Menuda forma de triunfar.
Furioso y cabizbajo, sólo al llegar al portal tropecé con la visión de las Converse tobilleras y las piernas que les pertenecían. Al subir la vista, la vi allí, sentada. Esperaba mi llegada como una groupie habría esperado acechante al ídolo para pedir un autógrafo, un beso o una fecundación sin vitro y en el acto. Pero estaba allí para tomarme de la mano, levantarse y decirme si no la invitaba a pasar, que no quería pasar la noche sola en su apartamento del lado contrario de la plaza.
– Te he visto muchas veces, escuchándote desde mi ventana, viéndote cruzar hasta el Jamboree, escuchar a los músicos y soñar con ser como ellos algún día. Me gustas. Y me ha gustado mucho que tocaseis “Menina moça”.
– La empecé a tocar para ti – contesté.
Se lanzó a mi cuello y me besó.
– ¿Cómo te llamas? – pregunté
– Eliana.
– ¿Brasileña?
– De Curitiba.
Bingo.
Lo que pasó aquella noche fue, como en el caso de los médicos, los sacerdotes y los magos, cuyos trucos no se revelan, secreto profesional. Eliana, extraordinaria, sensual, dulce y maravillosa Eliana, es la melodía que faltaba para esta Praça Reial. Bossa nova, blues y rumba catalana juntas en una partitura que se escribe en una piel desnuda café con leche, bombón helado, caramelo, atravesada de luz del día filtrada por las rendijas de una contraventana verde. Un sol de Río en este cuarto creciente del Mediterráneo.

ARTIMAÑAS DE UNA BOLSA

El material plástico surge como doble negocio, primero por la instalación de las bolsas en nuestra vida cotidiana, relegando a los cestos y capazos al rincón de los recuerdos más recónditos, al mismo rincón donde poco a poco fueron sumergiéndose los mercados municipales y de abastos, en los que el único musical era el habitual bullicio de mercaderías, conversaciones y pregones de precio y calidad acompañados de un “reina” o “bonita” dirigido a las compradoras (las labores de aprovisionamiento doméstico eran por entonces femeninas, y aún hoy siguen siéndolo en buena medida). Más adelante, la segunda vertiente del negocio surge por su supresión y el cobro de un peaje por su uso, o por las bolsas nuevas biodegradables, debido a que se vieron como perjudiciales por su coste medioambiental o tal vez porque la escasez de petróleo hacía necesario que el oro negro se empleara en otras cosas, sin que el gran público fuera conocedor de la razón última de por qué desaparecían las bolsas de plástico, no fuera a ocurrir que cundiera el alarmismo, se usaran energías alternativas, se empleara de nuevo la bicicleta, los mercados y tiendas de barrio y la hecatombe amenazara las cuentas de los centros comerciales y los bolsillos del concejal de urbanismo que autorizó su construcción.

Debido a esta contingencia, un retén de bolsas de plástico, contra la lógica medioambiental que presidía los tiempos modernos, aún sigue poniéndose en circulación y da lugar a historias pintorescas de tono costumbrista como la que acontece en nuestro caso. Nuestra protagonista es una bolsa para grandes volúmenes, abandonada a su suerte en la estrecha bocana de un contenedor amarillo atestado y que había sido imposible de empotrar para su amarre más o menos ortodoxo, pero amarre al fin y al cabo, entre envases y plásticos variados. Drama el de estas bolsas sueltas, grandes, que escapan al viento sin poder cantar la famosa canción de Raimon ni pueden llamar a su barco Libertad, como en los versos de José Luis Perales, y danzan solitarias a la intemperie in un armario de juguete, una mesita de noche, un recambio de automóvil o cualquier cosa voluminosa que las llene. Si las bolsas pudieran cantar a otra cosa distinta que al olfato…

En medio de su silencio y sin aviso previo, la protagonista de esta historia, se fugó de su container sin escuchar coro alguno de sus compañeras despidiéndola al ritmo de “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va…”. Se quedó en medio de la calzada, de blanco y rosa, como un pastel de nata y fresa fofo, vacío de contenido. Pasó un autocar de línea regular y, sin pagar billete ni portar equipaje alguno, se subió a él – concretamente a sus bajos – para hacer compañía a los viajeros, algunos medio dormidos por la hora temprana, otros con los cascos conectados a sus móviles y otros enfrascados en conversaciones a las que desganadamente atendían lectores de diarios, quienes no sabían que era más insulso, si la realidad periodística o la narrada por boca de sus acompañantes.

Su descubrimiento del mundo no fue muy largo. La parada cercana de un pueblo cercano a la capital donde había comenzado el viaje y un tirón del conductor que la dejó sin un asa, mutilándola preciosamente, la privó de proseguir viaje por los anchos mundos. Se quedó al borde de la acera, pero otra racha de viento, oportuna o inoportuna, según se mire, la puso bajo los ejes de un turismo deportivo de gama alta que la devolvería a toda velocidad a la ciudad donde había iniciado su viaje. En el descapotable, candidato a la multa por exceso de velocidad, viajaban dos exponentes del pijerío en vacaciones más snob que podía verse en la provincia: un engominado sobrino de promotor inmobiliario cuya pareja era, si cabe, más insoportablemente pija, la cual, al dejar su melena al viento, maltrataba más al medio aéreo que la propia bolsa a la aerodinámica del automóvil.

Un derrape chulesco en un cruce de calles puso la bolsa nuevamente a merced de los caprichos eólicos. Bueno, más bien a merced de los caprichos de los devotos de San Cristóbal. Se retorcía, se doblaba sobre sí, se desdoblaba y se convertía en un ocho imperfecto cuando un coche, una furgoneta de reparto, un cuatro por cuatro o un autobús municipal pasaban sobre ella. Se había llevado más golpes que el sparring de un peso pesado. Una ráfaga a ras de suelo acabó por levantarla unos centímetros del suelo y engancharla al parachoques de un autobús urbano. Ni las paradas y acelerones, las subidas y bajadas de pasajeros, los carteristas y tocones ni tampoco el bofetón que se llevó uno de estos metemanos, propinado por la campeona provincial de judo, no impidieron que la bolsa se desenganchara hasta que llegó al destino final y el chófer la mutilara de la otra asa.

El misterio siguiente fue cómo pudo engancharse al trasportín trasero de aquella bicicleta. Misterios de la física, agujeros sufridos durante su odisea, casualidad que lo quiso así, el caso fue que al engancharse quiso provocar en los coches la insólita sensación de que la bicicleta iba en servicio de emergencia. Y, sin que sirviera de precedente, cedieron el paso al ciclista al verle marchar por las calles en las que transitaban conjuntamente. Hasta que, tan fácil como se había enganchado, acabó por desengancharse sin que quien manejaba manillar, cambios, frenos y pedales hubiera notado su presencia de polizona.

Sin comerlo ni beberlo, la bolsa había ascendido y descendido, ido y venido, desplazándose como en una montaña rusa del modo similar al de una bolsa de valores. Y así había llegado al centro de la ciudad, el ayuntamiento, desde aquel contenedor repleto de las afueras. Quiso la casualidad, el azar o el don de la oportunidad con que los dioses juguetean con los seres humanos que la bolsa llegara en el momento oportuno en que el alcalde, en un gesto calificado por sus oponentes de “populismo barato” y “brindis al sol”, compareciera al aire libre ante los medios y les invitara a respirar el aire de la ciudad, para que vieran cómo la suciedad no tenía nada de extraño ni perjudicial en el ambiente de su municipio. Llenaba sus pulmones el alcalde y la bolsa, en ese instante, emprendió su última ascensión y caída, terminando por elevarse y descender sobre la plaza, sobre la cara del primer edil de la villa, entorpeciendo sus ejercicios aeróbicos. Los flashes de docenas de cámaras captaron ese instante en que bolsa y cara se mimetizaron.

Neutralizada la bolsa por los guardaespaldas, nada sin embargo pudo neutralizar el escarnio público del regidor municipal, quien habría de encontrarse al día siguiente con su foto destacada en todos los periódicos y con el titular, destilando un enervante doble sentido, de “Artimañas de una bolsa”. No en vano, la imagen captaba justo el momento en que su cabeza y el envoltorio quedaban confundidos, y era complicado adivinar si el alcalde poseía testa o sólo testiculina.

lunes, 4 de julio de 2011

SOÑAR DESPIERTO

“La imaginación al poder”
Lema del Mayo del 68.

Una primera columna de tragafuegos descendía, procedente de Pueblo Nuevo, por la calle Alcalá. Cuando esto sucedía, las galeradas de los periódicos aún no empapaban con su tinta fresca los estantes de los kioscos. Pero Madrid, y con ella todas las ciudades de España y el extranjero, habrían en pocas horas de modificar las ediciones de lo que se denominaba “Últimas Noticias” o “Actualidad”. Para muchos, las portadas iban a resultar difíciles de tragar, casi tanto como el líquido inflamable con que prendían las llamaradas salidas de las bocas de esta unidad de avanzadilla que iba descendiendo por la Ciudad Lineal.
Según el tratamiento y la cortesía, más o menos benevolente o abiertamente hostil con que saludaba la diferente prensa a las medidas del presidente del gobierno y las réplicas del líder de la oposición, el titular y el pie de foto que salían en las páginas atravesaban por las expresiones más diversas. Pero en la capital, así como en los diferentes pueblos y villas, rincones vernáculos y lugares con mayor o menor sentimiento nacionalista, el desayuno iba a ser una preocupación mayor por no aparecer con una factura exorbitada regalo de la compañía del servicio eléctrico o telefónico – “todos nuestros agentes están ocupados, por favor permanezca a la espera” –, un cierre roto, un nuevo impuesto municipal o un nuevo engorde de los beneficios bancarios o industriales – “todos nuestros agentes”, etc. – a su costa. En definitiva, una sensación de cabreo constante o apatía general.
Mientras la sección de Pueblo Nuevo se encaminaba hacia la Cibeles, en otros puntos de la geografía estatal se sucedían movimientos diversos, con rotundo éxito. Un conciliábulo de mujeres barbudas en Barcelona había abandonado su cuartel general de la Avenida del Paralelo y se preparaba, apoyado por un grupo de vedettes y cupletistas, para unir sus fuerzas con una brigada no demasiado grande, pero sí osada y valiente, de forzudos vestidos de pieles de leopardo y bigotes retorcidos al modo prusiano arremolinados en torno a la plaza de Les Glories Catalanes. Atemorizados o dormidos los Mossos de Esquadra (fuerza policial autonómica catalana, a la que era posible insultar en la lengua de Verdaguer – “gossos de esquadra”, dado que “gos” en catalán significa perro –, y en la de Cervantes, como “mozos de cuadra”) ante la visión de unos forzudos a los que nada harían las pelotas de goma, sabiendo lo que eran capaces de hacer parando proyectiles de cañón con el estómago, permanecieron en sus acuartelamientos o desertaron para preparar concursos de castellers en el Pirineo ilerdense. Como única oposición, un grupo de borrachos que venían del Maremagnum celebrando la última victoria del Barça sobre el Madrid y querían echar un polvete con las mujeres barbudas. Fueron espantados a bolsazos por las cupletistas del Paralelo.
Al sur de la ciudad condal, Valencia, de donde en el febrero infausto de 1.981 partieron los tanques de Milans del Bosch para asustar a la ciudad, había sido en esta ocasión ocupada en sus calles por grupos de zancudos a los que se sumaron malabaristas que mantuvieron a raya a los infiltrados entre sus mazas y la pared, en el barrio de El Cabanyal, falleras mayores cabreadas, gigantes y cabezudos, moros y cristianos y elefantes del Punjab conducidos a lo largo del antiguo cauce del Turia por lanceros bengalíes que habían sido contratados por una empresa de la Gürtel para rodar un anuncio a la mayor gloria de Camps. La alcaldesa de la ciudad se refugió en Bétera, desde donde intentó comandar el regimiento de tanques, afectado por doble elefantiasis: la deserción de soldados unidos al movimiento insurreccional dejó a más jefes para mandar que soldados que obedecieran, y el exceso de peso de la alcaldesa valenciana acabó por pinchar las ruedas de una tanqueta y bloquear la salida del regimiento.
Las plazas mediterráneas intentaron obtener el socorro de la escuadra naval de Cartagena, pero fue imposible que esta pudiera llegar a intervenir. Un grupo de delfines establecieron una animada tertulia bajo el mar, a la altura de Horadada, antes de poder entrar en la provincia de Alicante, y su lenguaje ultrasónico acabó por inutilizar los radares de los cruceros, los sistemas de radio, las blackberry de la oficialidad y cambiaron, para colmo, la foto del perfil de Facebook del almirante de la escuadra, que apareció en su uniforme militar con la cara de Ronald McDonald.
Los grupos chirigoteros de Cádiz organizaron una marcha desde las playas de La Caleta y La Victoria. Fueron los únicos que estuvieron a punto de provocar víctimas en aquella histórica jornada, pero contra su voluntad. La causa de aquellos fallecimientos fatales que podrían haber sucedido hay que buscarlas en ataques de risa incontenibles, ante los cuales la Cruz Roja del Mar hubo de intervenir rápidamente para sofocarlos mediante el método de internarlos en el Teatro Falla y pasar en cinematógrafo “Mujercitas” para contrarrestar el efecto de tan letal guasa. La alcaldesa de la ciudad, harta de escuchar resoplidos guasones a su costa desde Algeciras hasta Arcos de la Frontera, por un extremo de la provincia, y hasta El Puerto de Santa María por el otro, dimitió asqueada y regresó a su Cantabria natal con un tremendo pitido en los tímpanos. En su lugar, fue elegido por consenso y para mantener la herencia montañesa en el consistorio de la Tacita de Plata, el chirigotero Manolillo Santander, al grito, con un cierto toque irónico, de “Esto sí que es una chirigota”.
En Zaragoza, la acción tuvo un carácter eminentemente musical. Se había coordinado entre grupos folklóricos aragoneses, Carmen París y el grupo Amaral desde diferentes puntos: la plaza del Pilar, el barrio de Delicias y el del Arrabal. Como en la revuelta de Galán y García Hernández, bajaron con éxito grupos joteros desde la Jacetanía y se combinaron “La Virgen del Pilar dice” con “Banderas Rotas” de Labordeta. La brava región aragonesa se puso en pie contra una nueva invasión, la de los mercados, y por eso grupos de funambulistas, con un simbolismo tremendo, se subieron a los postes del telégrafo entre Monzón y Alcañiz para que los buitres financieros no acecharan las tierras del Ebro.
En La Rioja funcionó la resistencia pasiva, tenaz: entre Haro y Calahorra no se sirvió ni expidió al exterior de la región un solo chato de vino. Pronto el gobierno regional y las sociedades mercantiles hubieron de pactar con el pueblo llano. Al acecho se encontraba algo peor que los mercados: el fronterizo pueblo de Miranda de Ebro, del que se esperaba pudiera apoderarse de los viñedos jarreros en caso de que la villa riojana no celebrara la Batalla del Vino y se quedara con los viñedos de su jurisdicción, para especial regocijo de los burgaleses.
En todo el país se sucedieron hechos como los descritos, que fueron descritos con matices más o menos fantásticos por medios de según que cuerda con tal de, en un gesto desesperado, restar credibilidad y hacer sucumbir de miedo a la población más proclive a espantarse ante los cambios y tender al conservadurismo más recalcitrante. Así, por ejemplo, el diario “La Gaceta”, cuyo nombre recordaba al desafortunado diario madrileño que dio origen a la frase hecha Mentir más que La Gaceta y no se quedaba atrás respecto a aquel en cuanto a trolas e invenciones, titulaba en una edición especial que Batasuna había estado detrás de la huelga de consumo de chuletones en Euskadi y de la festiva exhibición de juego de pelota vasca en el Kursaal donostiarra, que suponían destinado a amedrentar a la Ertzaina y sus proyectiles de goma. “El Mundo” del ínclito riojano Pedro José Ramírez, que sin duda por efecto de la no expedición del vino de su tierra debía andar más alterado de lo normal, proclamaba en un editorial la necesidad de cerrar la frontera con Portugal ante la (su) “disparatada y perniciosa idea” de que los extremeños cedieran a los municipios fronterizos lusitanos la gestión “chantajista” por un tiempo indefinido de los municipios de Alcántara, Valencia de Alcántara, Barcarrota y Rosal de la Frontera. Ninguna de estas noticias se contrastaron y su efecto fue el contrario sobre las masas revolucionarias.
Pero Madrid seguía siendo, por su carácter de capital administrativa y residencia del gobierno y la jefatura del Estado, punto neurálgico de la jornada. Los colombófilos habían sido capaces de desactivar los aeródromos de San Fernando, Getafe y Cuatro Vientos a través del cruce de palomas mensajeras entre tales bases aéreas, impidiendo volar a los aviones, incluso a los sofisticados aparatos aéreos norteamericanos de la OTAN. El tráfico aéreo cesó en Madrid y los aviones comerciales fueron desviados a Villanubla, en Valladolid; Zaragoza y Lisboa. Algunos viajeros despistados creyeron por un momento que se estaba rodando un “remake” de Los pájaros de Alfred Hitchcock, con Melanie Grifith en el papel que desarrollaba su madre. Un procedimiento más rudimentario, pero igualmente eficaz, fue usado en Morón y Rota: el vuelo de cometas. A la base de Zaragoza llegó el mensaje de desplazarse al aeropuerto de Castellón, pero como la instalación de La Plana no tenía permiso de aterrizaje ni despegue, el cielo del Maestrazgo se cubrió de cazas esperando inútilmente el permiso de aterrizaje. Cansados de tanta vuelta por el cielo, acabaron aterrizando con monumental enfado sobre la pista del circuito Motorland Aragón.
Los tragafuegos de Pueblo Nuevo conectaron en el puente de Ventas con lanzacuchillos reunidos en el Dragón de La Elipa. La marcha de esta columna unificada estuvo interrumpida en varias ocasiones porque las vueltas numerosas que daban en las ruedas las parejas de los lanzadores ocasionaron mareos imposibles de mitigar con las escasas biodraminas. Hubo de recurrirse al servicio de los taxistas de la plaza de toros, de la calle Ayala y de la de Ortega y Gasset para que pudiera llegarse con buen pie a la plaza de las Cortes.
La batucada que partió de la Tabacalera de Lavapiés recorrió la ronda de Valencia armando tremendo estrépito, acompañada de un grupo de capoeiristas. Se temía que atrajeran la atención de la policía y otros cuerpos de seguridad, estando cercano como estaba la comandancia central de la Guardia Civil en la calle Batalla del Salado. Y como la atrajeron, se requirió de los servicios de distracción del grupo de parapente de Villalba pasando por encima de sus cabezas. Al bajar la mirada, los miembros del instituto armado se toparon con el péndulo de los hipnotizadores, que transformaron su conciencia en la de perros meones. Aún hoy es comentada la visión de aquel día en que los uniformados alzaron la pata y sacaron la lengua en jadeos por el Portillo de Embajadores y fueron espantados a escobazos de los portales.
Para la altura en que la batucada y los capoeiristas alcanzaron la plaza de Atocha, una multitud festiva se encontraba ya festejando, como en otras ciudades, una victoria anticipada. El rey y su familia habían partido hacia Londres dejándose por todo testamento en Zarzuela un cepillo de dientes de Froilán. El gobierno había dimitido y el Congreso, avergonzado, se había quedado en casa, lo cual no suponía mucha novedad. Del Senado, como era habitual, no había noticias. Los ujieres del Parlamento mantenían las puertas abiertas, vigiladas por un mínimo retén de seguridad del regimiento militar de Alcalá de Henares, más ocupado en proponer títulos para un grupo de improvisadores que actuaba en la Plaza de las Cortes que en vigilar algo que nadie estaba interesado en asaltar. Por otro lado, confraternizaban alegremente con un grupo de bailarinas de danza del vientre que habían causado especial regocijo entre los turistas del Palace. Como en la Revolución de los Claveles, las flores embocaban los fusiles en señal de paz.
La banda municipal del Puente de Vallecas caminaba en medio de una multitud enorme tocando el himno particular y oficioso del barrio: “Somos del Puente Vallecas/ No nos metemos con nadie/ Quien se meta con nosotros, ¡aúpa!/ Nos cagamos en su padre.” Una multitud tan enorme como la profusión multicolor de banderas: del rojo monocolor al arcoiris LGTB, pasando por tricolores, verdes, violetas, regionales, de hinchadas futboleras, cubregradas de la Demencia estudiantil, dragqueens que ponían mucho colorido bailando al ritmo de Karina, al lado de la estatua de Velázquez, y balcones engalanados con colchas, cortinas y macetas. Un periodista extranjero, entusiasmado y estupefacto, preguntó a una contorsionista que encontró sujeta, en una posición tan privilegiada como difícil, a un árbol en la plaza de Neptuno, cómo se las habían apañado para coordinar todo aquel movimiento a lo largo y ancho de toda España y sin que las ya dimitidas autoridades sospecharan nada. ¿Se habían comunicado a través de redes sociales? ¿Correo electrónico? ¿Acaso el móvil?
- ¡Qué va! – Respondió ella - ¡Todo eso lo habrían vigilado muchísimo! Tan sólo tuvimos que reunirnos en la calle. Así de fácil…

jueves, 30 de junio de 2011

LEJOS DE LAS LEYES DE LOS HOMBRES











“Te amo como se ama por primera vez

cuando aún no hay costumbres.

Lejos de las leyes de los hombres

donde se diluye el horizonte.”

El Último de la Fila.

De niño, quizá por cuestiones de altura, o por una atracción física que entonces no identificaba con el erotismo, porque todavía estaba en una edad demasiado tierna para introducirme en tan procelosos – incluso vulcanológicos – saberes, lo que más me atraía del cuerpo de las mujeres eran sus piernas. En ello debió intervenir, que duda cabe la referencia a la altura, la que entonces era novia de mi primo del pueblo, el mayor. Una chica morena de Murcia que se llamaba Elena a la que había conocido durante sus estudios en Granada y que no debía desmerecer en absoluto a las mujeres de la ciudad del Darro y el Genil, teniendo en cuenta la fama de hermosura que poseen las granadinas. Aparte de guapa, Elena poseía una simpatía extraordinaria y un par de piernas estupendas a la altura de cuyos muslos era a lo único que yo llegaba (o a lo mejor quería llegar, que quizá la intuición, ya que no el sentido de la sensualidad, hiciera que me encogiera a posta) durante un para mí inolvidable bailoteo juntos en un sarao familiar. Ya les digo que poseía la extraña virtud de la simpatía, algo tan apreciable como escaso en ocasiones, y más entre mi familia, sea la natural o la política, y más entre la del pueblo, que por algo poseen la fama de “malafollás” los que andan entre las lindes de las provincias de Jaén y Granada, ambas inclusive. Mi primo, con todos sus estudios de Medicina y sapiencia en la ciencia de Galeno, se ve que de cuestiones de anatomía y extremidades inferiores entendió poco y de mujeres menos, acabó rompiendo con Elena (me imagino que sería más bien al revés, versión mucho más creíble) y nos dejó sin emparentar con la gentil propietaria de aquellas amables y recordadas piernas.

Ha pasado el tiempo, y pese a aquel recuerdo infantil, advierto que aparte una especial simpatía por las chicas que se llaman Elena (no quiero que te puedas poner celosa por ello), no me ha quedado una especial deferencia por las piernas femeninas en relación al resto del cuerpo. Ni ganas, pues no es la mujer un animal de despiece para consumo humano, cual si nos dirigiéramos a la pollería y mostráramos al pollero la preferencia por el muslo o la pechuga. Por descontado el centro de atención capaz y principal es el pecho; pero no niego el poder de sugerencia de un vientre al que besar y sobre el que posarse para escuchar el sonido de un bebé en crecimiento o sumergirse en la observación caleidoscópica de un ombligo, punto sobre la i bien caligrafiada de un cuaderno escolar de la casa Rubio. Qué decir de los ojos azabache, azules, verdes o de cualquier color conocido o por conocer de entre los cruces posibles de Mendel. Pero, en cuanto a las piernas, sigo sin pode olvidarme de ellas, eso sí. Ni los domingos, aficionado como soy al fútbol femenino y al esférico impulsado hacia la portería sin distinción de género.

Me dirás con razón qué tiene esto que ver contigo y conmigo, como explica el soldado Adrián en su última carta, en la canción de El Último de la Fila. Todo tiene que ver. Qué decir de cuánto te deseo por cuánto te amo, de cuánto te amo como si te amase por primera vez y qué torpe soy siempre por amarte sólo de forma literaria y no hacerlo de forma real. Estúpido es una expresión que se queda corta; quizá gilipollas, aunque gruesa, se asemeje más a la realidad. Intensamente me encantaría reconocerte desnuda con mi boca, con mi lengua, como si explorara una jungla a la que nadie se hubiera acercado previamente, acechante y llena de peligros pero al mismo tiempo fascinante, excitante. Orgiástica.

Mucha literatura ha sido la mía y una falta permanente de realidad. No es que me guste la realidad en exceso, pero lo que sí me gusta, me encanta, me fascina eres tú. Violar contigo las leyes elementales del recato, decir sí quiero a estar a tus pies y besar las hoquedades interiores de tu muslos y meter la nariz donde no la llaman. Hacerte gemir de placer, sentir tus uñas en mi espalda, que cada beso dado en las diferentes partes de tu piel – en tu pecho, en tus labios, en tus nalgas con un bocado de lujuria – sean un multiplicador común de los afectos y hasta el infinito del más maravilloso orgasmo. Porque sí que te amo. Desde la punta de tus pezones hasta lo más hondo de tu alma. Carne contra carne.

Quizá en algún momento pensaste que no merezca la pena estar conmigo. Que no valgo como amante desde esa distancia gélida y distante, encerrado entre estantes de libros y una pantalla de ordenador mientras tú desesperabas por una muestra de amor o de odio que te sacase de un marasmo de indiferencia cortés ante la que no sabías que hacer. Qué horror soñar con una aparición que no llegaba, con tu presencia desnuda y con tu abrir mágico de piernas delante de mí para excitar mi atención, desviándola de unos cauces literarios que no llegaban a producir nada nuevo bajo este sol sin brillo. Para besar, contar y recontar los lunares de tu piel, para un sesenta y nueve mágico y placentero que nos llevara a sitios remotos. A cabalgar sobre la luna como caballos desbocados. O a bañarnos en un río y contener la respiración sumergidos en sus aguas, entre bravos empellones de cadera.

Para apretar entre los dedos una sábana mientras la vida se nos va entre las piernas en una entrega total, difícil de contar con todos los diccionarios de sinónimos del mundo. Imposible crear un esperanto para explicar esta toma de posesión mutua.

Que si te amo. Qué si te amo de esta manera, si nos amamos así, escandalosos e inmorales para la buena sociedad del misionero y el amor ausente con el tiempo. Te amo lamiendo tu cuerpo todo de fresas con nata. Te amo al compás del agua de la ducha y entre la espuma del jabón. Te amo como se ama por primera vez. Te amo sobre las brasas de las hogueras de San Juan, sabedor de que nada me quema más que una ausencia tuya. Te amo en las canciones que no tienen sentido y en las más bellas. En la salud y en la enfermedad, y en el escándalo del sacerdote que se persigna como si viera un anatema si le digo que nuestra cama es altar y nosotros dioses del cielo y el infierno.

La mojigata editorial rechazó los manuscritos de mis novelas eróticas. Creyeron que su implicación sentimental impediría alcanzar todo el buen gusto que requerían. Una manera amable de explicar que vieron pornografía en el amor. En su lugar, publicaran un “remake” del viejo cómic “Hazañas Bélicas”. Muy apropiado para los nuevos tiempos. Pero no espero que esas novelas acumulen polvo en el cajón mientras esperan oportunidad. Me juego la carta de la inmoralidad pública antes que perderte, que perder la oportunidad de ofrecerte todo mi amor en un juego de cuerpo y alma, en una desnudez más pura que sus diamantes anillados y sus abrigos de visón. La luna bañará las noches más tormentosas de su verano y amaneceremos juntos y abrazados, abrumados por nuestras pasiones más locas, en las copas de los árboles, en los pilones de los pueblos, en los castillos de arena y los váteres públicos. Amaneceres desnudos, embriagados de aromas corporales y jadeos incesantes como aullidos de lobos que extrañen en sus noches quietas y sombrías. Seremos arte y amor. Más allá de cualquier entendimiento, seremos reales. Sexo e infinito. Allá lejos. Lejos de las leyes de los hombres.

martes, 28 de junio de 2011

ESCOZOR DE OJOS EN EL TREN DE COLMENAR

Fue una de esas situaciones tan poco literarias en su resolución como llena de posibilidades narrativas en su desarrollo. Si me mintiera a mi mismo, en mi honestidad, y por tanto a vosotros, diría que podría haberla resuelto gracias a mis encantos personales, a mi arrojo y gallardía o a cualquier cosa imaginable dentro de las artes de la seducción, pero que, por hache o por be, o por simple cuestión de respeto al duelo personal, no quise llevar a cabo.
Falso. Me moría de ganas por ejecutar cualquier gesto, cualquier acto con el que mostrar empatía, afecto, cariño, por una chica a la que no conocía de nada, pero que tenía de transparente todo lo que podía verse en un rostro silencioso cuajado de una tristeza que no era capaz de identificar. Sin embargo, quizá temor, quizá estar rodeado de otros pasajeros, quizá convención social – no aceptes caramelos de desconocidos, que decían nuestras madres – o quizá el que hubiera alguien – novio, tal vez marido, tal vez madre con caramelos propios a quien no gustaban los dulces ajenos – esperándola en un andén intermedio del trayecto, coartaba cualquier intento y esperanza de mostrar no otra cosa sino una solidaridad que al principio identifiqué como respuesta a un mareo, causado por el calor y por ir a contramarcha, para luego ver que se debía a algo muy diferente.
Ambos tomamos el tren a Madrid en Tres Cantos. Había salido de una entrevista de trabajo y regresaba a casa. Ella, con un vestido vaquero, el pelo recogido y un tatuaje en el brazo con corazones, manchas leopardinas y una curiosa leyenda, “Siempre eterna”, en una esmerada caligrafía manual, preguntó si aquel tren iba a Atocha. Ante la respuesta afirmativa, subió y nos quedamos uno enfrente del otro. Yo dediqué mi tiempo a mirar el paisaje, afición a la que me suelo dedicar en los viajes en tren, aun siendo los de Cercanías, y ella se enfrascó en un nada reconfortante intercambio de mensajes a través del móvil.
Al poco, mi atención comenzó a dirigirse hacia ella. Le empezaría en breve a brotar un llanto sin sonido, que le enrojecía los ojos y le hacía desviar la mirada, unas veces hacia la ventana, otras hacia el suelo. Se pasaba un pañuelo por la nariz, donde tenía un pequeño aro enlazando los dos orificios. Pensé que el problema era el piercing, o un mareo debido al calor y a ir en un asiento situado al revés de la marcha. Cuando le pregunté si esa era la causa de su malestar, y si quería que cambiásemos de asiento, me dijo que no con una luminosa sonrisa, franca, como si de repente pasara a encontrarse bien o confiara en un curso mucho más alentador de la conversación vía SMS que se estaba desarrollando en la pantalla de su teléfono. Me dio las gracias.
Pasamos Cantoblanco, El Goloso y en las inmediaciones de la estación de Fuencarral todo se tornó de nubarrones cada vez más oscuros. Guardó el móvil en Chamartín, definitivamente ya sin nada que hacer. Ya no tenía dudas de que era tristeza y no una dolencia física lo que la aquejaba. Me dio una profunda sensación de pesar el ver sus globos oculares surcados de pequeñas venillas rojas. A mi lado, un trabajador latinoamericano sesteaba ajeno a todo, concentrado en una cabezada de camino a casa recién terminada su jornada laboral. Me sorprendía de la capacidad que, a nuestro alrededor, observaba en el resto de los viajeros del vagón, concentrados en sus propios pensamientos, tristezas y alegrías particulares. Concentración o ensimismamiento a la que, quizá por ese sentido un poco absurdo de respeto a la intimidad o temor a ser tenido por cotilla o ser recibido con cajas destempladas no negaré tampoco he sido inmune.
Pero entonces, en ese preciso momento, mirándola mirar por la ventana sin concentrar la vista en ningún horizonte, difícilmente me contenía las ganas de tomarle la mano, simplemente, pero tampoco nada menos, que tomarle la mano para que, sin que me explicara nada, sin que pronunciara palabra alguna, nos quedáramos unidos de esa forma hasta que algunos de los dos llegara a un destino que nos separara definitivamente. O no. Hubiera sido osado, seguramente más literario que realista, digno de figurar en una realidad cada vez más ininteligible en la que cada vez queda menos hueco para las sorpresas agradables, los “abrazos gratis” y la posibilidad de enamorarse de la vecina del quinto. No fue el único momento del trayecto en que me odié, quizá de modo irresponsable, pues es difícil que, en mi situación, otro hubiera hecho lo mismo, pero me odié. Bien es cierto que no fue el primero de mi vida, aunque tampoco el más intenso. Hubo momentos peores, en los que me he odiado hasta la muerte. Tiempos duros.
Se bajó en Nuevos Ministerios. Al levantarse, como si de algún modo hubiéramos sido “partenaires” de un secreto, una aventura vivida juntos en un mundo paralelo y extrasensorial, me dijo hasta luego con la misma sonrisa con la que me agradeció la propuesta del cambio de asiento. Pero se le notaban esas venas rojas, diminutas, surcándole los ojos. Le dije adiós y añadí, acariciando levemente su antebrazo, que fuera lo que fuese lo que le sucedía, mucho ánimo. Como sabiendo que lo sabía, quiso restarle importancia poniendo su mano en mi hombro diciéndome que no era nada, que tan sólo le lloraba un poco el ojo. Y que gracias.
¿Fue cobarde no bajarse en Nuevos Ministerios? ¿O eso lo hubiera echado todo a perder? ¿Se sintió ella mejor con esa compañía última de mis palabras y hubiera sido fatal que me lanzara a preguntarle nada, a buscarla entre las sombras del andén, a fracasar en un intento de aproximarme a su corazón hasta entrelazarlo con el mío, como soñaba que pudieron haberlo hecho nuestras manos durante el trayecto? Me odié por segunda vez. Trato de pensar en que de algo sirvió aquel contacto fugaz, y que se sintió mejor por saber que, en medio del silencio de aquel vagón de tren, estaba a su lado y, si hubiera sido todo distinto, no habría necesitado fingir un falso escozor de ojos ni contado nada, pues nada hacía falta contar. A veces, veces como ésta, recuerdo el tatuaje que le moteaba la piel convirtiéndola en una piel de leopardo o de tigre, y como en un juego de palabras, recuerdo también una vieja canción:

“Tus ojos de día y noche
son los que mi mente sueña.
Tus piernas de bailarina
de piel trigueña.”


"MATASANOS" TIENE LA IGLESIA



Un viejo chiste de Cassen decía que los curas que se meten en política se salen de sus casullas. La Igelsia española, retrógrada hasta el tuétano desde que el cardenal Tarancón desapareciera del mapa y empeñada en meter en vereda, ya que no pueden meterlos en la prisión de Zamora, a los curas obreros como los de la parroquia de San Carlos Borromeo de Vallecas, parece aumentar su soberbia conforme lo hace el nivel de prebendas monetarias que recibe de las administraciones públicas.
No conforme el cardenal Rouco Varela (que tiene en su seno más vergüenzas que tapar que su sobrina, a quien encarecidamente agradecemos enseñara sus bellos y profanos atributos en la revista Interviú) con aceptar el dinero de un gobierno “de anticlericalismo radical” y “rojo”, siendo “vox populi” que éstos están desprovistos del Cielo reservado a los mártires y la gente católica de orden, insiste en rechazar la Ley de Muerte Digna que antes había aceptado o en ponerse a arreglar el mundo tratando de encarrilar a las ovejas salidas del rebaño que suponen para él los indignados, mediante las supersticiosas promesas de una fe y unos valores cristianos en los que no cree ni él. Queda demostrado: la caridad bien entendida empieza por los bienes materiales; diez mil millones de euros más la asignación aparte de la casilla del IRPF.
Para quien fuera último presidente de la Segunda República, el no tan anticlerical Manuel Azaña, España había dejado de ser católica en el orden de la autoridad civil con independencia de las creencias particulares de cada cual. Hoy, ochenta años después y tras cuarenta de nacional – catolicismo que creó más enemigos que ninguna otra cosa a la idea de lo nacional y lo católico, la situación es la inversa: el catolicismo en el orden particular goza de cada vez menos seguidores por la distancia tremenda entre la jerarquía eclesiástica y la gente que fue bautizada y comulgó por vez primera en su seno (una distancia tan enorme como la existente entre la clase política y la ciudadanía), pero sin embargo la presencia o confusión de la Iglesia en el orden civil (misas, procesiones, símbolos religiosos en parlamentos regionales, escuelas…) es un estrambote magnífico.
Todo esto no ha impedido que, por acción u omisión, las autoridades competentes (observen el sarcasmo) hayan cedido un centenar de colegios públicos madrileños y concedido ventajas fiscales a los patrocinadores de las Jornadas Mundiales de la (católica) Juventud y la visita del jefe del teocrático Estado vaticano, Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI para los seguidores de la fe romana. ¡Si esto se hiciera con un líder religioso musulmán! Diestralandia, también conocido como el TDT Party o el ultracentrismo mediático, acabaría tirando al monte aun en los llanos de La Mancha, llamando a rebato y cruzada. Si la indignación es laica, estarían hablando de anticlericalismo y de quema de conventos e iglesias, aunque la única señal de ello fuera la de un sacerdote con los bigotillos chamuscados por encender un cigarro con un mechero de llama excesiva.
“La escuela será laica, hará del trabajo su eje metodológico y se basará en ideales de solidaridad humana.” Cuando tan elemental y señero principio constitucional republicano, que no por viejo sabe menos que el diablo aunque nada tenga que ver con designios que huelan a azufre, se pone hoy en entredicho por las faldas negras de los obispos y las blancas del sucesor de San Pedro y San Pablo, hay en peligro más que padecer una larga semana de propaganda clerical. No sé si la Iglesia se está dando cuenta de los vientos que está sembrando en esta tierra, por otro lado bastante fecunda en la producción de tempestades.

lunes, 27 de junio de 2011

GILIPOLLECES LAS MÍNIMAS












El desayuno puede convertirse en una actividad indigesta cuando, como es mi caso, se combina con el repaso de los titulares de prensa. Las páginas 186 y siguientes del teletexto de TVE son una actividad que levantan úlceras en el estómago y ampollas en el corazón de quienes se sienten optimistas y confiados en el género humano.

Estos días, la polvareda derechista alrededor del 15-M no malgasta en epítetos insultantes, pero la mezcla de velocidad y tocino alcanza límites estratosféricos. Como no estoy sujeto a las normas políticamente correctas del periodismo – y se ve a kilómetros que ellos tampoco – no estoy en la obligación de esconder que el siguiente titular de “La Razón”, leído en la mañana de hoy 26 de junio de 2011, es una soberana gilipollez. Juzguen ustedes:


“JUVENTUD QUE NO SE INDIGNA: La selección española sub-21 dio un ejemplo de lucha a su generación al imponerse a Suiza (0-2) en la final del Europeo”.

Seas o no seas un amante del fútbol, ante este titular que destaca de forma tan torticera el triunfo de la cantera de la selección española en el campeonato de Europa, no puedes dejar de preguntarte que tiene que ver el culo con las témporas, o los cojones para comer trigo. O dicho de otro modo: qué clase de ejemplo de lucha diaria suponen once (veintidós en este caso, que es la convocatoria completa del equipo español) tíos pegando patadas a un balón. Muchos de ellos son profesionales cobrando una pasta en clubes de primera fila o con expectativas serias de tener esa preferencia en sueldo y condiciones laborales, lo que ya supone un agravio con respecto a las futbolistas de Superliga, que estando en los clubes punteros no disponen de licencia profesional, no cotizan a la Seguridad Social por lo que cobran (una miseria en comparación con los emolumentos que perciben aquellos) y encima, como es el caso de las campeonas del presente año, el Rayo Vallecano, se han tenido que pasar más de media temporada en la incertidumbre de no saber si iban a percibir las cantidades fijadas en sus contratos y sin saber si el equipo, como fueron los casos del Sabadell y el Levante, iba a tener continuidad al año siguiente.

Pero es que además supone otro agravio comparar a esta “juventud no indignada” con la que, joven y menos joven, y también veterana, que está en las calles pidiendo lo que consideran justo para sufrir un desprecio injusto por parte de medios como éste de los señores Lara y Marhuenda, de don César Vidal y Jon Juaristi, y de las señoras Marta Robles e Irene Villa, cuya desconexión con la realidad es tan completa como la de la clase política que, con orejeras de burro y actitud paternalista, dice comprender las motivaciones pero sigue negando el pan y la sal a quienes, desde mi modesta opinión, llevan más razón que un santo. Los futbolistas de la selección sub-21 pueden dar lecciones de control, pase, regate y disparo a puerta, pero conozco a varias personas que le darían cien vueltas a la hora de enfrentarse a los problemas cotidianos y a la lucha contra las injusticias, desde la medida de sus posibilidades, y que podría darle un ejemplo de similares proporciones al que los señores de “La Razón” dicen ellos podrían darles.

Conozco gente del circo que ha estado en el Líbano, Marruecos y la India llevando un poco de alegría a niños pobres y tristes con un futuro incluso más sombrío que el que nos espera a nosotros y han recibido de ellos más alegría que la de todos los campeonatos del mundo de fútbol juntos. Gente con alma viajera que ha llenado su mochila de experiencias que están poniendo en práctica en la organización de Sol. Conozco gente con másters en Inglaterra que se han pasado noches y noches en la plaza madrileña; otras que se han formado de manera autodidacta y se han labrado un porvenir, a más largo o más corto plazo, eso da igual, a base de paciencia y redaños, y lo mismo han estado cantando y haciendo números de improvisación en la Sala Galileo que por amor al arte en asambleas de barrio o por puro amor en los campamentos saharauis de Argelia. Profesoras de inglés que ejercen de cantautoras; artistas gráficas que aman a Grecia y a los griegos (a uno en especial); editores argentinos que organizan recitales de poesía; maestras de primaria que echan una mano en clases para inmigrantes; escritores aficionados de alma republicana con una licenciatura en empresariales que no les ha servido para comprender si las empresas tienen alma o sólo estómago; cansautores que un día tocan una rumba como al siguiente reflejan ácidamente lo infame de la juventud decrépita; estudiantes de Derecho de ninguna parte y todas a la vez que realizan cortometrajes y se desgañitan ante un micrófono. Y entre los mayores, un viejo militante de las Juventudes Socialistas que declaraba orgulloso haber luchado en la guerra con los nacionales, “porque quienes se decían nacionales no fueron más que unos traidores”. Aviso para navegantes “diestros”: no conviene olvidar que, en la escena europea, los patriotas de la Segunda Guerra Mundial fueron quienes lucharon contra el fascismo

Podría formarse con todos ellos una selección de personas perfectamente válidas para debatir con la selección sub-21 quién tiene mayores posibilidades de dar lecciones a quién sobre lucha diaria y por qué está justificada la indignación. Pero con ellos no va la polémica. La polémica la han montado los “broncas” de “La Razón”, empecinados en ver ETA donde pone “peta”, “zeta”, “jeta” o “panceta” y en restar credibilidad mediante una merma de la suya propia. Con los jugadores, podemos echar un partido por divertirnos. Con los periodistas del mentado diario, sólo caber echar un pulso, dialécticamente hablando: a ver quién lleva verdaderamente la “Razón”. Con las tonterías acumuladas en sus titulares de los últimos días, su empeño en darnos ventaja es francamente de agradecer.