miércoles, 13 de julio de 2011

TRECE DE JULIO, TRECE PUNTOS

Van a cumplirse, en breve plazo, setenta y cinco años de la mayor catástrofe contemporánea vivida por nuestro país: la guerra civil. Indeseada por la amplia mayoría de los españoles de entonces, conscientes de la gravedad de la situación pública, pero aun así confiados, fueran los progubernamentales o aquellos que aspiraban a un triunfo rápido de la sublevación, en que tal situación se solucionaría en plazo breve, los historiadores más serios de la actualidad coinciden en no reputar calidad de inevitable a la catástrofe ni siquiera en los días de la primavera y los primeros del verano de 1.936. Los esfuerzos, aun finalmente infructuosos, del gobierno republicano de Frente Popular y el que muchos militares, diputados y gente de a pie estuviera preparando más sus vacaciones, las Misiones Pedagógicas o los campamentos de verano para niños de las organizaciones obreras o eclesiásticas indicaban una cosa contraria, pese a los constantes rumores de "ruido de sables", una expresión muy escuchada en los años setenta y aplicable, con la misma razón, a aquellos años. Recuerdo ahora la escena, muy realista, de los preparativos para comprar la famosa bicicleta y el viaje a La Almunia de Doña Godina de Luisito, el protagonista adolescente de la obra de Fernán Gómez "Las bicicletas son para el verano". Ni el Don Luis republicano ni la beata casera Doña Dolores, ambos desde pareceres políticos e ideológicos distintos, podían imaginarse una catástrofe similar ni siquiera en un día como el de ayer, cuando en un lapso de pocas horas fueron asesinados el teniente de la guardia de Asalto, José Castillo, socialista, y el diputado monárquico José Calvo Sotelo, en represalia por la muerte del anterior.
Dos años después, en el mes de abril de 1.938, tras la conquista y pérdida de Teruel por los republicanos y el avance hacia el Mediterráneo de las tropas de Franco, detenido su intento de marchar hacia Valencia, la segunda capital republicana tras Madrid y antes de serlo Barcelona, en Sagunt/Sagunto, donde los obreros siderometalúrgicos dieron un maravilloso ejemplo de heroísmo, un tanto suicida, al seguir trabajando en su factoría entre los intensos bombardeos de la aviación, aquel desastre fue detenido y las tropas republicanas, tanto como su retaguardia, hambrienta y diezmada por los bombardeos, sin apenas material con el que oponerse a los recursos de campaña del ejército rebelde, consiguieron rehacerse de su amplia sensación de derrota. Poco tiempo después, emprenderían la última gran ofensiva, que algunos comentaristas de entonces evocarían con el recuerdo de la batalla de Verdún entre las tropas francesas y los ejércitos del káiser Guillermo en la Primera Guerra Mundial: la batalla del Ebro. De tan singular expedición surgirían las canciones "Si me quieres escribir" y "¡Ay, Carmela!".
Por entonces, la sensación de derrota se había apoderado del ministerio de Defensa. Indalecio Prieto, un político sin duda capaz en quien se pensó para sustituir a Azaña cuando éste fue elevado a la presidencia de la República, se vio tremendamente afectado por los hechos del Este y la llegada de Franco al Mediterráneo. Para Juan Negrín, presidente del Consejo de Ministros, correligionario y amigo suyo en el PSOE, no era nada aceptable que un ministro de Defensa estuviera no sólo infectado por aquel pesimismo que a nadie beneficiaba, sino además contagiándolo entre la opinión pública y los agregados militares de las naciones que se decían amigas, aunque su actuación no fuera muy beneficiosa (no hay más que ver su adhesión a la No Intervención). En un momento en que había expectativas, luego no cumplidas, de que Francia echara una mano para con la República y la democracia española dejara de depender de la ayuda soviética (dependencia que costó durante años, y aún hoy cuesta, la adquisición del adjetivo "roja" para definir a la República y para hacer pasar por títere soviético a Negrín), el presidente del Consejo decidió prescindir en Defensa de Prieto. Las invectivas posteriores de Prieto contra su viejo amigo fueron tan furibundas que han servido, además, para que los aprovechados del bando nacionalista y los apologistas del presente insistan en la vieja teoría de presentar a Negrín poco menos que como un ogro.
Pero tal ogro, a pesar de que quiso mantener a Prieto como colaborador gubernamental o enviarle como embajador a México, país cuya ayuda y apoyo siempre será recordada en alta estima por los republicanos españoles, y a pesar de las críticas que pueda despertar su gestión, en más de una ocasión camufladas como críticas a la persona y no al político, expuso poco antes de la batalla del Ebro una propuesta para el fin de la guerra que difería de la propugnada por quienes creían la guerra perdida. La diferencia entre éstos y el presidente del Consejo era clara. Negrín no estaba dispuesto a creer que rendirse sin lucha fuera la mejor solución para convencer a Franco de que no realizase la misma escabechina en Cataluña, el Levante y la zona Centro-Sur de España que sus fuerzas habían llevado a cabo en el resto del país desde que comenzaran la rebelión. Lo resumía con sencillez: él no podía entregarse y entregarse con quienes luchaban con él, porque sería exponerles a una muerte segura. Y Franco, al final de la guerra, lo demostró. Por mucho que prometiera que quienes no tuvieran las manos manchadas de sangre no tenían nada que temer, fusiló tanto a unos como a los otros. Los casos del presidente de Cataluña Companys, de Julián Zugazagoitia – ministro de Gobernación y colaborador del gabinete Negrín –, del periodista socialista Cruz Salido, del dirigente anarquista Joan Peiró o las Trece Rosas ilustran a la perfección esa máxima justiciera que significó la "limpieza" franquista, definida ya en los tiempos de la República en paz por el político derechista Gil Robles: "depurar la Patria de masones, de judaizantes".
Tal propuesta de paz fue conocida como "Los Trece Puntos" o "Los Puntos de Negrín". Era una propuesta dirigida a las potencias internacionales y a los españoles de la otra zona, tanto como una definición de por qué estaban luchando los republicanos. En la esperanza de poder continuar la lucha, el jefe del gobierno de la España leal esperaba obtener, en el interior y en el exterior, la comprensión y el apoyo para una propuesta de mediación que estuviera basada en unos principios esenciales que a ningún demócrata del mundo le podían parecer descabellados. Si al principio de la guerra muchos servidores de las altas instancias de las democracias internacionales poco menos que comparaban a la República con una banda de forajidos entregados a una macabra danza de la muerte, el carácter que los gobiernos presididos por dos socialistas como Largo Caballero y Negrín, junto con las fuerzas diversas del Frente Popular, desde republicanos hasta anarcosindicalistas, habían impreso a esa misma República era bien distinto. El régimen de garantías reimplantado en la cada vez más reducida zona controlada por el gobierno no era perfecto, pero distaba mucho de ser el del ejercicio arbitrario y la escabechina incontrolable que tiempo atrás sumergía en depresiones e impotencia a los líderes gubernamentales.
Contando con esa baza, y consciente de que la situación internacional podía ser ahora más favorable para la República, Negrín y sus colaboradores Álvarez del Vayo (ministro de Estado, hoy Exteriores) y Zugazagoitia (entonces secretario general de Defensa y reputado periodista) dieron forma a los Trece Puntos. En su preámbulo, se afirmaba la legitimidad del gobierno y el apoyo al mismo por parte de las organizaciones políticas y sindicales de la España republicana (hecho que, aunque fuera por silencio administrativo, es demostrable tras haber sido sometido Negrín investido de confianza por las Cortes reunidas en Barcelona y porque nadie entonces era capaz de encontrar un sustituto mejor del "visionario fantástico" para aquellos momentos tan decisivos, como confesaba Martínez Barrio, presidente de las Cortes, al jefe del Estado Manuel Azaña).
Lo interesante, con todo, de los Trece Puntos, es la elaboración de un programa sobrio y mesurado que, sin dejar de lado lo contenido en la Constitución republicana de 1.931, no se entrega a ninguna soflama revolucionaria y busca abrir la puerta a una reconciliación nacional después de los acontecimientos que están sacudiendo al país desde hace cerca de dos años. Punto por punto, su contenido es el siguiente:
1º Asegurar la independencia absoluta y la integridad total de España. Una España totalmente libre de toda ingerencia extranjera, sea cual sea su carácter y origen […]
2º Liberación de nuestro territorio de las fuerzas militares que lo han invadido, así como de aquellos elementos que han acudido a España, después de julio de 1.936, y con el pretexto de una colaboración técnica intervienen o intentan dominar en provecho propio la vida jurídica y económica española.

Estos dos primeros puntos hacen referencia a la salida de España de las fuerzas militares alemanas, italianas y también las soviéticas, que no eran sino una miserable cantidad en comparación con las anteriores, y para que los únicos que decidan en los destinos del país sean los propios ciudadanos españoles. Tal y como marcaba la Constitución, por otro lado, España sería un país plural en el que cabría la unidad de de la diversidad – el Estado integral, la vía intermedia entre el centralismo y el federalismo –. Esto se desarrollará en el quinto punto.
3º República popular representada por un Estado vigoroso que se asiente sobre principios de pura democracia y ejerza su acción a través de un Gobierno dotado de la plena autoridad que confiere el voto ciudadano emitido por sufragio universal y que sea símbolo de un poder Ejecutivo firme, dependiendo en todo tiempo de las directrices y designios que marque el pueblo español.
Esto es, un Estado social y democrático con forma de gobierno republicana y obediente a la voluntad popular.
4º La estructuración jurídica y social de la República será obra de la voluntad nacional libremente expresada, mediante un plebiscito que tendrá efecto tan pronto termine la lucha, realizado con plenitud de garantías, sin restricciones ni limitaciones y asegurando a cuantos en él tomen parte contra toda posible represalia.
Un referéndum constitucional para determinar la configuración de la España de posguerra y mediante el que pueda ser, para todos los ciudadanos, más llevadero el esfuerzo de los "cincuenta años de trabajos forzados" que requeriría la reconstrucción, según preveía Azaña en sus discursos.
5º Respeto a las libertades regionales sin menoscabo de la unidad española. Protección y fomento al desarrollo de la personalidad y particularidades de los distintos pueblos que integran España […] lo que, lejos de significar una disgregación de la Nación, constituye la mejor soldadura entre los elementos que la integran.
Cuando Haro Tecglen dijo que "Franco fue el que creó más antipatriotas", no cabe duda de que su empeño por la España Una, Grande y Libre (¿Libre de qué, Libre cómo?) perjudicó severamente el desarrollo de las libertades regionales y las particularidades propias que, como expone este punto, habría fomentado que nos hubiéramos conocido un poco mejor.
6º El Estado español garantizará la plenitud de los derechos al ciudadano en la vida civil y social, la libertad de conciencia, y asegurará el libre ejercicio de las creencias y prácticas religiosas.
La España comecuras aprendía la lección: si acaso la libertad religiosa no había sido reconocida en la Constitución (que sí lo estaba) o la Iglesia había sido atacada en lo profundo por las leyes republicanas, aquí se exponía claramente el propósito de enmienda.
7º El Estado garantizará la propiedad, legal y legítimamente adquirida, dentro de los límites que impongan el supremo interés nacional y la protección a los elementos productores. Sin merma de la iniciativa individual, impedirá que la acumulación de riqueza pueda conducir a la explotación del ciudadano y sojuzgue a la colectividad […]
Si la guerra fue ganada por alguien, fue al final para que, como en el casino, siguiera ganando la banca.
8º Profunda reforma agraria que liquide la vieja aristocrática propiedad semifeudal que, carente de sentido humano, nacional y patriótico, ha sido siempre el mayor obstáculo para el desarrollo de las grandes posibilidades del país. Asentamiento de la nueva España sobre una amplia y sólida democracia campesina dueña de la tierra que trabaje.
Avanzar y profundizar, por tanto, en una de las cuestiones más candentes del período republicano: la reforma agraria. No en vano, los grandes propietarios estuvieron con los sublevados y a los fusilamientos de campesinos se les llamó, sarcásticamente, "aplicar la reforma agraria".
9º El Estado garantizará los derechos del trabajador a través de una legislación social avanzada, de acuerdo con las necesidades específicas de la vida y de la economía españolas.
10º Será preocupación primordial y básica del Estado el mejoramiento cultural, físico y moral de la raza.
La utilización del término "raza" aquí es equivalente a "pueblo" o "colectividad" sin las connotaciones racistas de los regímenes italiano o alemán. Federica Montseny, anarquista y ex ministra de Sanidad, también usó el mismo término en alocuciones y discursos. Negrín insistía en los principios de protección y derechos sociales y laborales que otros colegas de su partido, Largo Caballero y Fernando de los Ríos, habían desarrollado durante el primer bienio republicano (1.931-1.933).
11º El Ejército español, al servicio de la Nación misma, estará libre de toda hegemonía de tendencia o partido, y el pueblo ha de ver en él el instrumento seguro para la defensa de sus libertades y de su independencia.
Dar cumplimiento a la reforma militar emprendida por Azaña.
12º El Estado español se reafirma en la doctrina constitucional de renuncia a la guerra como instrumento de política nacional. España, fiel a los pactos y tratados, apoyará la política simbolizada en la Sociedad de Naciones, que ha de seguir siendo su norma […] dispuesta siempre a colaborar en el afianzamiento de la seguridad colectiva y en la defensa general de la paz.
Neutralidad, acatamiento de las normas de Derecho internacional emanadas del máximo órgano internacional y – eso sí – que nadie volviera a tomar a España por el pito del sereno como habían hecho las potencias democráticas y fascistas de la SdN.
13º Amplia amnistía para todos los españoles que quieran cooperar a la inmensa labor de reconstrucción y engrandecimiento de España. Después de una lucha cruenta como la que ensangrienta nuestra tierra […] cometerá un delito de traición a los destinos de nuestra patria aquel que no reprima y ahogue toda idea de venganza y represalia, en aras de una acción común de sacrificios y trabajos […]
Una diferencia básica respecto de la política de la otra zona. Es dudoso que quisieran avenirse los jefes de la sublevación militar a este punto, porque no estaban dispuestos a ahogar sus ideas de, si no venganza, si represalia por delitos que las más de las veces sólo cabían en su imaginación: pertenencia a partidos o sindicatos, ejercicio de profesiones tenidas por conniventes con la República o solidarizarse con los presos o los perseguidos.
Dos años después, al no tirar los fusiles al suelo, al río o a lo alto de un palomar, los rebeldes seguían siendo rebeldes contra una República que no era revolucionaria. La traición quedaba de nuevo patente. Se ha demostrado, por activa y por pasiva, que la revolución contra la que decían levantarse los Franco, Mola, Goded, Orgaz, Saliquet y compañía no existía más que en sus pensamientos distorsionados y que su acto de rebeldía estimuló, paradójicamente. En abril de 1.938, en el último día de ese mes, el contenido de los Trece Puntos del gobierno Negrín no podía sino reafirmar que la República luchaba no por una dictadura soviética o satelizada por Moscú, sino por garantizar, en un marco de democracia, libertad e independencia, los derechos y libertades por los que el pueblo español había optado en 1.931 y 1.936.

lunes, 11 de julio de 2011

UNA FE BAJO TIERRA

“A morte saiu à rua num dia assim

naquele lugar sem nome pra qualquer fim.

Uma gota rubra sobre a calçada cai

e um rio de sangue dum peito aberto sai.”

José Afonso.

En vísperas de la conmemoración del 18 de julio, setenta y cinco años del golpe de Estado contra la Segunda República, leo en el especial “Memoria Pública” de la edición digital de Público la noticia de que, en una localidad burgalesa, han sido exhumados los restos de 59 cadáveres de fusilados por las fuerzas rebeldes. Esta fosa, conocida como la de “los ferroviarios”, alberga los restos de trabajadores y, además, de un sacerdote, el padre Revilla, al que los defensores de la “Cruzada”, tal y como ha sugerido algún que otro autor del Diccionario Biográfico Español, y más tarde los del pacto constitucional, han mantenido desde 1.936 sepultado en y mezclado sin consentir que sea enterrado como correspondía.

Quiero dejar clara una cosa: a mí no me van a herir los tímpanos ni los ojos quienes, desde la apología del bando rebelde, nacionalista o nacional, pretenden compensar a los muertos republicanos con los que fueron asesinados por quienes defendían, con una autoridad más nominal que real, la causa de la República. Que éstos últimos fueron víctimas de salvajadas no voy a negarlo ni tampoco voy a hacer una defensa de personas como Agapito García Atadell, los patrulleros del Amanecer y demás personajes que rindieron un flaco servicio a la defensa de la libertad y la democracia españolas de aquel tiempo, salvajemente golpeadas gracias al golpe de Estado. Pero aquí se acaba la razón que les doy. Una vez que estos han podido enterrar a sus familiares, rendirle homenaje (a veces, hasta honores de estado) y dedicarle nombre de calles, cuando no los merecían por su declarado carácter de conspiradores (ejemplo: General Fanjul, en el barrio de Aluche de Madrid; García de la Herrán, en Carabanchel), dejen que hagan lo propio quienes no han podido hacerlo por causa de la dictadura y porque el pacto de la transición ha impedido, por error u omisión de responsabilidades, no lo ha hecho posible. El franquismo, mediante desgravaciones fiscales o ayudas de otra índole, permitió la exhumación de restos y el recuerdo como lugares sacros los sitios donde tuvieron lugar fusilamientos por parte de las fuerzas republicanas. No recuerdo, en este sentido, una iniciativa estatal acorde con estas directrices marcadas por el antiguo régimen y respecto del régimen democrático que antecedió al actual, y ello pese a que las comparaciones entre la Segunda República y la monarquía constitucional actual (incluyendo las palabras “el rey republicano”) se siguen haciendo, aun ofendiendo a la propia trayectoria histórica.

Nada más lejos de la realidad el pretender comparar a los rebeldes con los gubernamentales. Tras instaurar un feroz sistema de represión en 1.936, con su triunfo parcial (o parcial fracaso), mediante los bandos de guerra, los militares conspiradores y las fuerzas civiles (carlistas, falangistas, gentes llamadas de orden) prosiguieron su labor durante y después de la contienda, aplicada mediante una justicia militar de escasas o nulas garantías procesales. Antonio Ruiz Villaplana, secretario de juzgado en la España nacional y autor de “Doy fe” (posteriormente exiliado); Francisco Mateu, editor y ex combatiente con los rebeldes o el ex magistrado del Tribunal Supremo de la República Francisco Partaloa, al que el gobierno republicano facilitó su marcha por las amenazas a que estaba siendo sometido en la zona gubernamental, dieron testimonio del diferente cariz que tomó la represión en ambos lados y de cómo, entre los rebeldes, ésta obedecía a un sistematismo que hoy es definido como genocidio y ha dado pie a la presentación de demandas judiciales. Entre los republicanos, sin embargo, la falta de resortes de control de orden público, a consecuencia de la entrega de armas a los grupos obreros y por la ausencia de oficiales militares o de las fuerzas de seguridad que, por haberse pasado a la sublevación o por la falta de confianza depositada en ellos al podérseles ver como potenciales traidores (según describe, entre otros, Julián Zugazagoitia, periodista y ex ministro de Gobernación con Juan Negrín) facilitó una labor de limpieza para muchos que creyeron que la revolución social, parida con sangre de “fascistas”, estaba en marcha. Al gobierno republicano le costó un mundo poder controlar la situación, con toda su buena intención y con la presencia de hombres capaces para hacerlo, pero demostró a partir de 1.937 que se podía conseguir y se consiguió. Indalecio Prieto – ministro de Defensa Nacional, quien se opuso desde el principio a la política de exterminio del adversario –, Juan Negrín – jefe del gobierno desde mayo de 1.937 y reorganizador del Cuerpo de Carabineros, policía de fronteras –, Manuel de Irujo – ministro de Justicia –, Melchor Rodríguez – delegado de prisiones para Madrid y paralizador de las “sacas” de Paracuellos del Jarama –, José María Aguirre – lehendakari del primer gobierno autónomo vasco, cuyo gobierno observó un estricto respeto de la legalidad –, Lluís Companys – ídem que el anterior, pero en Cataluña –, Mariano Gómez – magistrado del Supremo y uno de los impulsores de los Tribunales Populares – o el propio Francisco Largo Caballero, de quien Gabriel Jackson escribe que, pese a su pasado de infantilismo izquierdista “defendió las libertades republicanas mejor que un republicano de toda la vida” consiguieron poner coto en buena medida a las actividades asesinas de los grupos violentos.

Dos eran los motivos que impulsaban a hacerlo: uno, la propia integridad moral y legal de la República, cuyo régimen, que garantizaba los derechos de la persona, no podía verse avasallado de una manera tan terrible por personas que estaban colocando al borde del precipicio, tanto como la propia rebelión militar, a la propia República por la que decían luchar, ya fuera de forma real o simplemente nominal. El segundo, no menos importante, era la capacidad de atraerse a las democracias occidentales (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos) que, con episodios como aquellos y sobre todo los que acontecían en Madrid, donde residían las embajadas y a las que, como declaró el embajador Ángel Ossorio y Gallardo en Ginebra, les fue reconocido el derecho de asilo por el gobierno republicano (método por el que se salvaron once mil personas amenazadas) estaba quedando a la altura del betún. Pese a que, avanzado el tiempo, políticos como Churchill, Léon Blum (primer ministro francés) o el embajador norteamericano Claude Bowers, claro simpatizante de la causa republicana junto con el matrimonio Roosevelt, elogiaron los esfuerzos del gobierno Negrín por mantener una línea política escrupulosa y legalista, la No Intervención se mantuvo y en la escena internacional pesó más apaciguar a Hitler y Mussolini, buenos auxiliadores de Franco, que el que la República Española se hubiera vuelto o no un satélite soviético.

Franco y sus generales jamás tuvieron ese problema: la ayuda en hombres y material de la Alemania nazi y la Italia fascista era abundante; los círculos financieros ingleses y las compañías petroleras norteamericanas estaban más interesados en que un general mandase sobre aquel pueblo analfabeto, del mismo modo en que Salazar los estaba haciendo en el vecino Portugal, y la Sociedad de Naciones era sustituida por un Comité de No Intervención que, a juicio de los historiadores como Ángel Viñas, tenía una base legal más que endeble si observamos el derecho internacional de la época. Además, su convencimiento en que España necesitaba una limpieza a fondo de masones, maestros, obreros de izquierdas, jornaleros huelguistas, ferroviarios y mineros, abogados rojos como Jiménez de Asúa o Casares Quiroga, catedráticos perniciosos o separatistas vascos y catalanes, aun siendo clérigos, estaba muy claro. Hubiera habido o no una guerra civil, la cifra de sangre que se llevó por delante la represión sólo hubiera variado en la cometida por los republicanos, que hubiera sido muy inferior o nula si la militarada hubiera triunfado en pocas horas. Mola o Queipo de Llano ya lo dejaron establecido mediante instrucciones reservadas, y la columna de Yagüe, al entrar en la ciudad de Badajoz, masacraron a 4.000 personas, incinerando sus cadáveres para evitar la putrefacción y llegando tan insoportable hedor hasta la ciudad de Elvas, en Portugal, a once kilómetros de distancia. En la capital pacense, los republicanos habían encarcelado y respetado la vida de unos prisioneros derechistas que, más tarde, se lanzaron a acusaciones y diatribas que causaron la muerte de “cuatro mil rojos”, en declaraciones de Yagüe, quien les había dado muerte para “evitar que Badajoz volviera a ser roja”. Por entonces, la ciudad tenía 40.000 habitantes. Saquen el porcentaje.

El caso del cura Revilla no es nuevo. Varias monjas de un convento de Durango murieron durante el bombardeo de la villa, inmediatamente posterior al de Guernica, y las supervivientes fueron obligadas a declarar bajo amenaza de que, al igual que la capital histórica de Euskadi, Durango había sido destruida por los “rojos”. Bajo la acusación de separatismo fueron fusilados varios sacerdotes vascos, y Marino Ayerra, párroco de Alsasua (Navarra), se exilió a Argentina, donde publicó “No me avergoncé del evangelio”, obra que describe el comportamiento de los defensores de Dios y del rey don Carlos en la región foral. Esta obra ha sido la base del guión del filme “La buena nueva”, de Helena Taberna. Caso paradójico es que, mientras los anticlericales ateos del lado contrario, quienes sin duda cometieron excesos increíbles, protegieron al cardenal Vidal i Barraquer, salvándole de una patrulla de justicieros, permitieron la convivencia de los Salesianos de Atocha con el regimiento comunista de la Joven Guardia o facilitaron que, bajo protección de la Guardia de Asalto, fueran dadas misas en locales particulares de Barcelona (tras un acuerdo entre una comisión de católicos catalanes y el jefe de gobierno Negrín, quien proponía la reapertura de las iglesias), los defensores de la fe y la civilización cristiana frente al peligro bolchevique no dudaron en quitarse de en medio a las sotanas que les estorbaban. Con bendición de por medio del primado de España, el cardenal Gomá. Y del Papa fascista, Pío XII.

Sospecho, como comentaba un lector del diario, que nadie pedirá la elevación como mártir del padre Revilla. Casa mal el catolicismo y la República, aun cuando los republicanos, conscientes de que, con victoria o con derrota, las cosas no podían ser iguales en la España posterior a la guerra y estaban haciendo, ya entonces, reflexión y pasando su particular penitencia. Esperamos tan cristiano y piadoso ejercicio por parte de la jerarquía eclesiástica. De momento, su entrada en el siglo XXI muestra lo contrario: han beatificado a Karol Wojtyla, el papa que fue a dar la comunión a los dictadores latinoamericanos. Sería obvia la respuesta que católicos como Maritain o Bernanos, primero prorrebeldes, después prorrepublicanos, especialmente el primero, le darían a este Vaticano 3.0: el primero defendió la honorabilidad de la República y sus actuaciones frente a la sublevación en un artículo contra la ejecución de Julián Grimau; el segundo, con un coraje absoluto contra su propio mundo interior, acostumbrado por su parte familiar a equiparar el terror con el jacobinismo francés, testimonió en “Los grandes cementerios bajo la luna” la represión nacionalista en Mallorca, a la que definió como una experiencia que se atrevería a calificar de “religiosa” para los ejecutores. Cambien Grimau por Allende y Mallorca por la Operación Cóndor. Bernanos, Maritain, Mounier, Vidal i Barraquer, Revilla, Irujo. Católicos traicionados, una Iglesia traicionada, una España traicionada. Y una fe, quizá una misma fe la de ese sacerdote y esos obreros ferroviarios, sepultada bajo tierra.

viernes, 8 de julio de 2011

FRANCISCO GRANADOS: APUNTES SOBRE UN MISERABLE

Últimamente he decidido dar espacio en este blog a mi propia actividad literaria, por fortuna fecunda en las últimas jornadas, pero una noticia reciente volvió a elevar mi ánimo pasándolo de indignado a iracundo. Cada día encuentro a más gente que rechaza ver la televisión, postura que encuentro absolutamente comprensible, visto el panorama de abominables ratas de alcantarilla que abundan en ella.

Pero, de vez en cuando, y siempre en la dosis mínima para no sufrir ardor de estómago, es bueno observar al atajo de farsantes que aparecen en la parrilla catódica. Buena imagen esa de la parrilla, porque a más de uno habría que pasarlo vuelta y vuelta, como a un filete o como a San Lorenzo. Pero ya que estamos rechazando la violencia, más motivo hagamos para rechazar el canibalismo. Al final, la culpa será mía por enfrascarme en ver y leer las declaraciones a una panda de idiotas, desde el rey coronado por un asesino fascista del que no consiente se hable mal (esto lo saben bien Jaime Peñafiel y Pilar Urbano) y por el voto del miedo de una ciudadanía acobardada por las circunstancias, hasta el último chupatintas con cargo y gomina que se cree el rey de la selva.

Como a estas alturas, y perdónenme la expresión, se va a callar su puta madre, vamos a hablar de Francisco Granados, secretario general de los populares madrileños, como lo que ha demostrado ser: un berzotas de mucho cuidado o un perfecto capullo que, si algún día florece, no dará flor sino un cardo borriquero. ¿Qué ese capullo se lo ha montado muy bien? Bueno, lo cortés no quita lo valiente o la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Granados podrá poseer un máster del universo o mear colonia, pero su análisis de la realidad y su don de mantener la boca cerrada brillan por dos cosas: lo primero por su inoperancia y lo segundo por su ausencia. Y como él no se calla, yo tampoco.

Apenas un día antes de que el CIS, ese organismo al que sólo le guardan respeto los políticos de uno y otro signo cuando pone buena cara a la monarquía española, la constitución del 78 y el consenso democrático por el que todos chupan del bote, reflejara que un 70% de la población simpatiza con el 15-M y que la clase política es vista como el tercer problema del país, el señor Granados se lanzó a una invectiva contra los indignados y vecinos de Lavapiés que paralizaron la detención de un inmigrante por motivos claramente racistas, bajo la premisa de que “suponía una división del Estado de Derecho” (sarcasmo) fomentada por el gobierno socialista (¿otra vez la conspiranoia atribuida a Rubalcaba?) y como un “ensayo y entrenamiento” de lo que pasaría el día que su jefe de filas, Mariano Rajoy, ocupe la presidencia del gobierno (pues sí, otra vez la conspiranoia). Este consejero (o ex consejero, que tanto monta) de la Comunidad rescata, como vocero de sus voceros (a este paso, el Boletín Oficial de la CAM pasará a ser La Razón o Libertad Digital), una teoría de conspiración al estilo del contubernio judeomasónico de la época del fascismo ibérico, sección Plaza de Oriente. Y claro está, ante la suposición de la victoria del PP en las generales, haciendo ya las cuentas de la lechera o vendiendo la piel del oso antes de cazarlo, se merece llevarse ya la hostia para la que se ha preparado con tanta anticipación esa venda en previsión del porrazo. No es que quiera que le ocurra nada, pero es que este miserable, con su conducta y sus palabras, lo está pidiendo a gritos. La mejor forma de joderle será no entrar en sus provocaciones. En definitiva, que le den por culo.

Para tan inepto e irresponsable personaje, cuyas demostraciones de bocachancla son conocidas por estos lares desde los tiempos del tamayazo y la red de espionaje (trama subalterna y madrileña de la Gürtel), declarar estas gilipolleces tras detenerse una injusticia flagrante cometida por la Policía Nacional, no por la municipal ni por las Bescam que serían competencia de los departamentos gestionados por su “lideresa” Aguirre o su enemigo íntimo Gallardón, deben figurar en una antología del disparate. A los indignados se la suda, nos la suda, un gobierno que se afirma socialista y al que se le puede cantar la canción de “Cuervo ingenuo” de Krahe (“Tú, mucho partido, pero/es socialista, es obrero/o es español solamente…”) o un gobierno cuya adjetivación como popular sería una paradoja mayor que la de la liebre y la tortuga. El infierno de Rajoy no sería ni más duro ni más dulce que el de Zapatero si no enmienda la plana del malestar ciudadano y, francamente, con personas como Granados, Camps o el archipremiado Fabra, permítaseme dudar mucho que así sea. Ya será un milagro que entienda la letra de sus recetas contra el paro, como el registrador de propiedad de Pontevedra demostró, de forma bastante rocambolesca en Veo 7, le sucede a menudo.

La calle se ha llenado de gente al margen de la ley por la incompetencia del gobierno central, nos viene a decir este criminólogo de baja estofa, especialista en sacar relaciones de causa – efecto que cualquier borracho de bar provisto de dos dedos de filosofía de Torrente comentaría entre carajillo y mirada al escote de la hija del dueño. ¡Bravo! ¡Por fin el sueldo de un político está bien pagado! Ahora se da cuenta este cacho de carne con gafas de que en la calle está ese falso sindicato de funcionarios llamado Manos Limpias que, el día que hubo protestas por la bajada de sueldos de los funcionarios, ni se le vio ni se le esperaba, pero rápido se movilizó para que se juzgara a Garzón por una prevaricación más inventada que real en la causa de los crímenes del franquismo. También está en la calle, libre e inaugurando aeropuertos que no funcionan, el mentado Fabra, delincuente convicto al que le ha librado de la cárcel la prescripción de sus delitos por la incompetencia de una justicia torpedeada por la clase política. También irá para largo la causa de Camps y están en la calle las piquetas destructoras de Rita Barberá y sus policías municipales de Valencia, al asalto del Cabanyal. No digamos nada de García Albiol, orgulloso xenófobo badalonés encubierto bajo las faldas de Alicia Sánchez Camacho; de las masas socialistas que aplaudieron a los organizadores de crímenes de Estado, Rafael Vera y el ex ministro Barrionuevo, cuyos crímenes no ha condenado el PSOE ni se pide que lo haga con esa saña con que se le solicita haga lo propio Bildu; del izquierdista Torrijos y los implicados de la Junta de Andalucía en Mercasevilla; del doberman asturiano Cascos, cuyas explicaciones por los socavones del AVE a Barcelona ya nadie espera... ¡Hasta la SGAE ha sido pillada por robo a los autores, en contraste con esos anuncios en los que avisaba sobre el robo de los derechos de autor por copiarte un CD cuyo precio en el mercado es de por sí un atraco a mano armada!

Pero para el señor Granados, y si alguien a estas alturas ha lanzado las campanas al vuelo ya puede ir recogiéndolas, quien está al margen de la ley es el 15-M, nueva plaga de Egipto por impedir la detención de alguien que iba a colarse en el metro en Lavapiés. ¿Cómo? ¿Dando una patada en los huevos al vigilante de seguridad? ¿Usando una pértiga para saltar la mampara de los tornos, que ya no son de los viejos que se saltaban más fácilmente? Si esa explicación de la policía hubiera sido verdad, ¿se hubiera movilizado tanta gente por un pringadete al que han pillado en un asunto tan pequeño? Si el asunto era tan pequeño, y de orden inherente al servicio de metro, ¿por qué hubo de intervenir la policía nacional, cuya comisaría en la red de suburbano madrileño está en la estación de Sol? Son muchas dudas, excesivas para suponer que fuera un simple billete de metro y no unas redadas racistas, denunciadas hasta por una institución tan poco sospechosa de connivencia revolucionaria como la iglesia (aun a nivel de base), lo que estaban ese día poniéndose al descubierto.

Mire, señor Granados, hace tiempo que la calle dejó de ser de Fraga, y por suerte, porque si llega a ser por su política de “A rúa é minha”, pesaría sobre su conciencia de dinosaurio unos muertos ametrallados más como en Vitoria o Montejurra. Si quiere meterse con alguien cuya voluntad de cambio, pero a mejor, no a un simple cabildeo de tipo canovista (hoy conservadores, mañana liberales: cambiarlo todo para que nada cambie) es notablemente manifiesta y no como la de su partido, que busca el cambio de cromos y la caída de Zapatero mediante el ganduleo de sus menesterosos diputados y aspirantes a tal, lo mejor que puede hacer es mirarse al espejo, que no le van a faltar insultos, o dedicarlos a su rival político, que se le dan muy bien. Cómprese un saco de boxeo y desfogue su ira contra él. Folle más. Váyase a freír espárragos o a buscar setas. En resumen, y como decía Siniestro Total: en beneficio de todos (y todas), cállese.

miércoles, 6 de julio de 2011

MENINA MOÇA

Sé que hubiera resultado más cinematográfico titular esta historia, aprovechando el juego de palabras, “Una historia del Born”, pero todo esto transcurre lejos de aquel barrio, comenzando en la Barceloneta y finalizando bajo los soportales de la Praça Reial, y del Born ni el mercado, porque más a mano teníamos el de la Boquería y yo era, para más inri, del Poble Sec, como Serrat, y ella brasileña. Y si quisiéramos jugar con comparaciones neoyorquinas, me separaba un mundo para asemejarme a Al Pacino, suponiendo que sea él el del Bronx y no lo esté confundiendo con Robert de Niro, como me suele pasar, que a veces les cambio los papeles en las películas, y no sólo en “El Padrino”.
La Barceloneta no es Copacabana, eso es cierto, ni a orillas del Mediterráneo hay estatua de la Libertad aunque dispongamos de rascacielos que nada tengan que envidiar (aunque Benidorm sea peor aún en cuanto a mal gusto). Tenemos las torres Mapfre y el supositorio gigante de la torre Agbar, que por una temporada trocó los papeles de Lepe y Barcelona en cuanto al protagonismo en los chistes. La modernidad y sus contradicciones son cojonudas, y así tenemos un municipio que persigue a las putas del Raval (podría hacer lo mismo con los chulos y dejar a las pobres chicas en paz) y permite la construcción de un gigantesco monumento al consolador para choteo universal. El ser humano es contradicción. Y Barna no podía quedarse atrás, pues no en vano a pocos pasos, en Figueres vio nacer a un genio que se dio en llamar “el gran masturbador”. Aun así, con torre Agbar y todo, me encanta Barcelona aunque la odie. O será que me encanta odiarla. Es como el Barça y el Madrid: por muy enemigos que sean, la existencia del uno no se explicaría sin el otro.
Pero situémonos en la Baceloneta, entre sus casas bajas y multicolores (colores pálidos, pero múltiples al fin y al cabo) donde los bares ahumaban a patinadores y ciclistas al asar sardinas y pescados varios. Me aburría como una ostra intentando, sin mucho éxito, hacer que la gente del paseo volviera su atención sobre mí con mis remedos de Grant Green a la guitarra. Acabé por rayarme de que nadie me hiciera el menor caso y dejé el “California Green” para mejor ocasión – y mejor público – para salir por la tangente y emplearme a fondo con Peret. “Barcelona es poderosa” o “Una lágrima cayó en la arena” en versión instrumental aún conservaban su gancho, pero entre un grupete de gitanillos que aún recordaban al genio de la rumba. Al resto del mundo, entretenidos con sus auriculares a toda mecha y su música enlatada que podían escuchar al fresco por el hilo musical del centro comercial de Montigalá, totalmente gratis y sin gastar batería, le importaba una higa lo que tocara, ya fuera Peret, Sisa, Pau Riba, Dusminguet, Very Pomelo o Mercedes Sosa por bulerías. ¡Pobres de ellos, del Nano, de Lluis Lach o de Kiko Veneno! Luego dirán por qué no funciona la ley de Memoria Histórica. Prueben a crear una ley de Memoria Musical y verán qué risa.
Me despedí de aquellos gitanillos de la Barceloneta y, contando unos pocos céntimos, me fui pateando cansinamente el suelo hasta la parada del autobús. Me reconcilió un poco con la vida un cielo brillante y azul sobre nuestras cabezas y la atmósfera limpia, que permitía respirar un aire marino, hermosamente freso, en aquel día de primavera.
Iba dando vueltas en mi cabeza a mil tonterías de lo más diverso, desde el cimbrearse de las palmeras, que comparaba con el de las que había en mi querida Praça Reial, hasta en el recordatorio de si había o no suficiente fruta en la nevera. No me había dado cuenta, hasta pasados unos instantes, de que ella se había sentado a mi lado en el banco de la marquesina. Mi atención, distraída en cosas tan superfluas (“nada es más necesario que lo superfluo”, que decían en “La vida es bella”), no percibió que tenía a la linda brasileña, cuya imagen iba a tener grabada durante aquel día, a pocos centímetros de distancia.
Uno de mis deportes favoritos es observar, y por eso quizá, a la hora de analizar cuáles serían mis músculos más desarrollados, estoy plenamente convencido de que sin duda éstos serían los de los ojos. Algunas veces he llegado a temer que este deporte, a veces de riesgo, ocasionara que mis ojos se dieran la vuelta en el interior de las cuencas y causara una conmoción y el pánico a lo largo y ancho de la ciudad, como si temieran que hubieran llegado los alienígenas y yo fuera su vanguardia. De este modo, pude grabar los detalles que me permitieron recrear después la figura de la muchacha.
Por su piel morena, su pelo oscuro y ligeramente rizado, y sus rasgos faciales me había parecido una gitanilla más de las que se había reunido a cantar el “Sarandonga” alrededor de mis seis cuerdas. Pero no era así. Ella tenía unos hombros redondeados y descubiertos en un vestido estampado de flores, de esos que les llaman con escote palabra de honor (“palabra de honor que no se me cae”, como guasonamente se añade). Me gustó mucho la divertida combinación de aquel vestido floral con unas Converse azules tobilleras, una estética medio punk para una musa de Woodstock. En realidad, podía ser de cualquier parte.
Pero era de Brasil.
Y me había estado escuchando, para dejarme la única moneda de euro que había en la bolsa. ¿Que cómo lo sabía? Bueno, eso ya lo supe después. Pero lo que aún no me consigo explicar es que tenía yo, aparte de una camiseta con la efigie de Groucho, Harpo, Chico y Karl Marx y la leyenda “Soy marxista” y unos vaqueros rotos, para que diera la casualidad (o la causalidad) para que se fijase en mí. Ella, tan hermosa. Con Converse tobilleras y todo.
Vale, que sí, que si los músicos y su puntillo bohemio y tal. ¿Qué punto bohemio tiene Julio Iglesias aparte del de la letra de su canción? ¿Y Luis Cobos? ¡No digamos El Koala! Un músico, y ahí están las pruebas, no es sinónimo necesariamente de erotismo. Pero bendita suerte. El caso fue que en la parada me dijo sus primeras palabras. Sonriendo, ante cuya sonrisa respondí con una mueca que a su vez pretendía ser sonrisa y que quedó en lo que temí una cara de idiota ante la que no sé cómo no salió corriendo despavorida Ramblas arriba, me dijo:
– Tocas “muito bém”.
Así, en ese esperanto ibérico que es el portuñol y para el que no existen reglas salvo las que cada quien se inventa sobre la marcha. Antes de que pudiera reaccionar, diciendo cualquier respuesta, sincera, ingeniosa o balbuciente, llegó su autobús y se despidió de mí con un ademán, dejándome aturdido y con una sensación de belleza metida en mi interior.
En pocas palabras: me había enamorado.
Porque sentía algo más que la mera atracción física que desencadenaba su figura bonita, de garota de Ipanema en zapatillas de deporte, sus ojos brillantes y su boca melosa y juguetona. Era algo que me había activado un chip desconocido dentro del alma. O del corazón. O del bazo, ese órgano del que uno sólo se acuerda después de haber hecho una carrera asfixiante y sentir unos terribles pinchazos que te indican dónde está, que si no vete a saber por dónde anda el bazo. Era ese chip recién activado lo que, de repente, había hecho de mi anodino y conocido paseo en bus por Barcelona, ciudad de los prodigios de Mendoza, una ruta turística por la ciudad más hermosa del mundo.
Todo me resultaba bonito. Por virtud de una magia extraña, a la que no podía calificar de negra porque no era de esa clase de magia tenebrosa ni porque tuviera que ver con el color de su piel – linda piel –, más tirando al café con leche con que se definía a sí mismo Roberto Carlos, el lateral derecho del Madrid, tan odiado por estas latitudes. Barna brillaba con o pese a su insoportable Guardia Urbana y sus ciclistas que la eludían como podían; con sus taxis gualdinegros haciendo pirulas y su ordenada cuadrícula; su casa Gaudí y su fálica torre Agbar; sus precios abusivos del Bar Núria y su plaza de Sant Jaume, donde mi algo fantasioso abuelo, dice que nada menos que dos presidentes de la Generalitat, Companys en el treinta y dos y Tarradellas en el setenta y siete, le saludaron desde la balconada a él, personalmente a él, cuando una enorme multitud de catalanes atestaba la plaza y era imposible distinguir los rostros.
Y como dicen que pasa cuando te enamoras, según las películas (bueno, yo lo escuché en la de “Tuno Negro”, que también vaya chorrada de película de la que me fui a acordar, sería la armonización de los contrarios), escuché música en mi interior. “Menina moça”, aquella bossa de Stan Getz y Laurindo Almeida. Como después no resultara brasileña, iba a ser mi hecatombe.
Cuando llegué a mi casa de la Praça Reial, me sumergí en su recuerdo durante un buen rato. La imaginé dentro del mayor de los tópicos brasileños: la playa, alguna de las playas de Río de Janeiro. Un atardecer en impasse, un bikini minimalista y una canción de António Carlos Jobim. “Corcovado”, “O morro não tém vez” o quizá “Desafinado”. A pesar de mi memoria visual, ¿cómo fue posible que, de tan breve contacto, recordara tan nítidamente sus rasgos? La curva de sus hombros, la anchura exacta de sus caderas, el dibujo de sus muslos, la longitud de los rizos de sus cabellos…
Me sacó de aquel ensimismado deleite, suave como el aterrizaje de las olas de aquel atardecer imaginado, el volcán sonoro del teléfono con la llamada apremiante de mi colega, el saxofonista de la banda, reclamándome con urgencia: que dónde cojones me había metido, que si no sabía que en una hora teníamos que tocar en el Jamboree, que más me valía que estuviera listo para bajar en lo que dura un estornudo y realizar la prueba de sonido o me iba a cortar los huevos y que, para variar, era un jodido desastre.
Lo era. Pensando en mi soñada brasileña, me había sobado. Miré el reloj y se me hizo completamente comprensible el estado de ánimo de mi colega, cuya desesperada urgencia me había dejado los nervios crispados a mí también. Me lié y fumé un porro asomado a la balconada, porque me resultaba preferible llegar con menos tiempo pero relajado que hacerlo con más tiempo pero hecho un flan y no dar una con las cuerdas, o romper tres de golpe sin raja de falda de por medio. Mucho peor que los Estopa.
La plaza y sus palmeras, altivas en su follaje estilo Celia Cruz después de haber metido los dedos en un enchufe, bullía por sus costuras. Los soportales registraban tráfico, pero el centro reclamaba atención como un número de trapecistas reclamaba la torticolis de los espectadores del circo. Con sus borrachos de pedigrí callejero, sus mochileros del Katmandú, sus turistas despistados y descuideros al acecho, sus secretas evidentes y sus camellos de baja estofa, y hasta gente normal como la descrita (anormal la ciudad que no se provea de los anteriores), la plaza era desde mi observatorio un pasaje del Titanic, con sus grandezas y miserias, que ignoraba su desastroso final.
Y en un rincón, el Jamboree, como la fiel orquesta, inasequible al desaliento, que sigue tocando contra viento y marea.
Entre oscuridad y gintonics, tratando de abstraerme un poco inútilmente del recuerdo de mi desconocida y para hacernos un hueco entre la programación permanente de la sala, un saxo, un bajo, una batería y una guitarra, como los cuatro elementos básicos – aire, tierra, agua y fuego –, nos disponíamos a moldear una sesión que estuviese a la altura de las “expectativas puestas en nosotros”, en palabras del dueño de la sala.
– ¿Expectativas? – nos preguntamos los cuatro.
Porque, claro, no éramos ni Javier Colina, ni Tete Montoliu, ni Sonny Rollins, ni Herbie Hancock, ni siquiera en potencia. Nos ganábamos la vida tocando en sitios de la costa y menuda alegría si alguna vez lo hacíamos fuera de Cataluña. ¿Expectativas de qué? Entonces comprendimos que, más que ánimos, lo que el dueño nos quiso dar era “su palabra” de que, o hacíamos un concierto de puta madre o el camino de la puerta no haría falta ni que nos lo señalaran.
– Que en el Jamboree no toca cualquiera…
– Y encima a ti se te ocurre llegar tarde, melón.
Mi colega, de nuevo.
– ¡Oye, que esto tampoco es lo que era, eh!
No sé si lo dije porque de veras lo creía o para marcarme un farol que rebajara tensiones.
Empezamos bien, quizá algo flojos, atenazados por los nervios, con un tema nuestro. Tras otros dos temas, uno de ellos una versión de Ramsey Lewis que nos quedó bastante bien para lo poco que la habíamos tocado, pero que, no sé por qué, acabó por chirriarnos, tuvimos la sensación de que aquella no iba a ser nuestra noche. Igual que en el fútbol existe lo de jugar a la ofensiva o a la defensiva, vimos que estábamos tocando más a la defensiva, con miedo a perder, que a la ofensiva, dispuestos a ir a por el partido. Una sombra de pánico nos envolvió. Fue entonces cuando la vi aparecer.
Milagro de los dioses, de los diablos o de las ninfas acuáticas del Port Vell, el caso es que apareció. ¿Sabía mi paradero? ¿Me había seguido? ¿Olía mi rastro deseoso de volver a verla igual que los perros huelen el miedo? ¡Qué más da! Preciosa, deslumbrante, con las Converse azules, pero llevaba un vestido negro atado al cuello, que dejaba su espalda descubierta y sus piernas libres hasta la rodilla. Un brazalete plateado en su brazo derecho lanzaba destellos de luz por la sala. Ahora, pensé, es el momento en que rompo las cuerdas de la guitarra.
Pero igual que su presencia había convertido Barcelona en la ciudad más linda del mundo, la activación del chip interior me hizo reaccionar a tiempo para salvar una noche destinada a ser fúnebre. Antes de que cualquiera de mis compañeros pudiera reaccionar, acometí los primeros acordes de “Menina moça”. Por un instante, me odiaron, pero les animé con la mirada a que siguieran, siguiéramos por ese camino – un camino marcado por ella – y que así no podríamos fallar.
Nos fue de perlas. Durante el transcurso de la pieza, la miré como si nada más que la música, ella y yo existiéramos en el mundo. Fue un caminar sobre las aguas, una subida al Cristo del Corcovado y una Mañana de Carnaval, como una montaña rusa donde sólo pensaba en que por favor, por favor, no se acabara la música. No recuerdo cuántos aplausos recibimos. Sólo supe que, al final del concierto, algunos espectadores, en su entusiasmo, nos llegaron a comentar que aquella había sido la mejor versión de “Menina moça” que habían escuchado desde la de Getz y Almeida. Marchando por la senda de la bossa nova, conseguimos la plaza en el Jamboree. Mis colegas quisieron celebrar el rotundo éxito.
Pero yo tenía otra preocupación.
¿Dónde estaba ella?
La busqué por la sala, en el baño de señoras (lo cuál casi me cuesta una bofetada), en la puerta. No estaba. No estaba. No estaba. Me moría por dentro. Quise llorar. Quise estar borracho y despertar con resaca, para no acordarme de ella, de nada de lo que había pasado al día siguiente. Quise destrozar aquella guitarra que la había atraído en la Barceloneta y había sido incapaz de retenerla en el Jamboree.
Con un sabor acre en la boca, y una despedida casi a la francesa, salí del local y me dirigí con furia a través de los soportales de la plaza hasta casa. Nunca me habían molestado ni las palomas, ni las farolas, ni llevar a cuestas la guitarra, pero aquella noche se me hizo eterno y pesado el caminar, me resultó repulsiva la luz indirecta bajo las arcadas de la plaza y odié las aves que dormitaban en sus escondrijos. Jamás soportaría volver al Jamboree. Mi cabeza daba vueltas a sombras monstruosas: mis pensamientos. Menuda forma de triunfar.
Furioso y cabizbajo, sólo al llegar al portal tropecé con la visión de las Converse tobilleras y las piernas que les pertenecían. Al subir la vista, la vi allí, sentada. Esperaba mi llegada como una groupie habría esperado acechante al ídolo para pedir un autógrafo, un beso o una fecundación sin vitro y en el acto. Pero estaba allí para tomarme de la mano, levantarse y decirme si no la invitaba a pasar, que no quería pasar la noche sola en su apartamento del lado contrario de la plaza.
– Te he visto muchas veces, escuchándote desde mi ventana, viéndote cruzar hasta el Jamboree, escuchar a los músicos y soñar con ser como ellos algún día. Me gustas. Y me ha gustado mucho que tocaseis “Menina moça”.
– La empecé a tocar para ti – contesté.
Se lanzó a mi cuello y me besó.
– ¿Cómo te llamas? – pregunté
– Eliana.
– ¿Brasileña?
– De Curitiba.
Bingo.
Lo que pasó aquella noche fue, como en el caso de los médicos, los sacerdotes y los magos, cuyos trucos no se revelan, secreto profesional. Eliana, extraordinaria, sensual, dulce y maravillosa Eliana, es la melodía que faltaba para esta Praça Reial. Bossa nova, blues y rumba catalana juntas en una partitura que se escribe en una piel desnuda café con leche, bombón helado, caramelo, atravesada de luz del día filtrada por las rendijas de una contraventana verde. Un sol de Río en este cuarto creciente del Mediterráneo.

ARTIMAÑAS DE UNA BOLSA

El material plástico surge como doble negocio, primero por la instalación de las bolsas en nuestra vida cotidiana, relegando a los cestos y capazos al rincón de los recuerdos más recónditos, al mismo rincón donde poco a poco fueron sumergiéndose los mercados municipales y de abastos, en los que el único musical era el habitual bullicio de mercaderías, conversaciones y pregones de precio y calidad acompañados de un “reina” o “bonita” dirigido a las compradoras (las labores de aprovisionamiento doméstico eran por entonces femeninas, y aún hoy siguen siéndolo en buena medida). Más adelante, la segunda vertiente del negocio surge por su supresión y el cobro de un peaje por su uso, o por las bolsas nuevas biodegradables, debido a que se vieron como perjudiciales por su coste medioambiental o tal vez porque la escasez de petróleo hacía necesario que el oro negro se empleara en otras cosas, sin que el gran público fuera conocedor de la razón última de por qué desaparecían las bolsas de plástico, no fuera a ocurrir que cundiera el alarmismo, se usaran energías alternativas, se empleara de nuevo la bicicleta, los mercados y tiendas de barrio y la hecatombe amenazara las cuentas de los centros comerciales y los bolsillos del concejal de urbanismo que autorizó su construcción.

Debido a esta contingencia, un retén de bolsas de plástico, contra la lógica medioambiental que presidía los tiempos modernos, aún sigue poniéndose en circulación y da lugar a historias pintorescas de tono costumbrista como la que acontece en nuestro caso. Nuestra protagonista es una bolsa para grandes volúmenes, abandonada a su suerte en la estrecha bocana de un contenedor amarillo atestado y que había sido imposible de empotrar para su amarre más o menos ortodoxo, pero amarre al fin y al cabo, entre envases y plásticos variados. Drama el de estas bolsas sueltas, grandes, que escapan al viento sin poder cantar la famosa canción de Raimon ni pueden llamar a su barco Libertad, como en los versos de José Luis Perales, y danzan solitarias a la intemperie in un armario de juguete, una mesita de noche, un recambio de automóvil o cualquier cosa voluminosa que las llene. Si las bolsas pudieran cantar a otra cosa distinta que al olfato…

En medio de su silencio y sin aviso previo, la protagonista de esta historia, se fugó de su container sin escuchar coro alguno de sus compañeras despidiéndola al ritmo de “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va…”. Se quedó en medio de la calzada, de blanco y rosa, como un pastel de nata y fresa fofo, vacío de contenido. Pasó un autocar de línea regular y, sin pagar billete ni portar equipaje alguno, se subió a él – concretamente a sus bajos – para hacer compañía a los viajeros, algunos medio dormidos por la hora temprana, otros con los cascos conectados a sus móviles y otros enfrascados en conversaciones a las que desganadamente atendían lectores de diarios, quienes no sabían que era más insulso, si la realidad periodística o la narrada por boca de sus acompañantes.

Su descubrimiento del mundo no fue muy largo. La parada cercana de un pueblo cercano a la capital donde había comenzado el viaje y un tirón del conductor que la dejó sin un asa, mutilándola preciosamente, la privó de proseguir viaje por los anchos mundos. Se quedó al borde de la acera, pero otra racha de viento, oportuna o inoportuna, según se mire, la puso bajo los ejes de un turismo deportivo de gama alta que la devolvería a toda velocidad a la ciudad donde había iniciado su viaje. En el descapotable, candidato a la multa por exceso de velocidad, viajaban dos exponentes del pijerío en vacaciones más snob que podía verse en la provincia: un engominado sobrino de promotor inmobiliario cuya pareja era, si cabe, más insoportablemente pija, la cual, al dejar su melena al viento, maltrataba más al medio aéreo que la propia bolsa a la aerodinámica del automóvil.

Un derrape chulesco en un cruce de calles puso la bolsa nuevamente a merced de los caprichos eólicos. Bueno, más bien a merced de los caprichos de los devotos de San Cristóbal. Se retorcía, se doblaba sobre sí, se desdoblaba y se convertía en un ocho imperfecto cuando un coche, una furgoneta de reparto, un cuatro por cuatro o un autobús municipal pasaban sobre ella. Se había llevado más golpes que el sparring de un peso pesado. Una ráfaga a ras de suelo acabó por levantarla unos centímetros del suelo y engancharla al parachoques de un autobús urbano. Ni las paradas y acelerones, las subidas y bajadas de pasajeros, los carteristas y tocones ni tampoco el bofetón que se llevó uno de estos metemanos, propinado por la campeona provincial de judo, no impidieron que la bolsa se desenganchara hasta que llegó al destino final y el chófer la mutilara de la otra asa.

El misterio siguiente fue cómo pudo engancharse al trasportín trasero de aquella bicicleta. Misterios de la física, agujeros sufridos durante su odisea, casualidad que lo quiso así, el caso fue que al engancharse quiso provocar en los coches la insólita sensación de que la bicicleta iba en servicio de emergencia. Y, sin que sirviera de precedente, cedieron el paso al ciclista al verle marchar por las calles en las que transitaban conjuntamente. Hasta que, tan fácil como se había enganchado, acabó por desengancharse sin que quien manejaba manillar, cambios, frenos y pedales hubiera notado su presencia de polizona.

Sin comerlo ni beberlo, la bolsa había ascendido y descendido, ido y venido, desplazándose como en una montaña rusa del modo similar al de una bolsa de valores. Y así había llegado al centro de la ciudad, el ayuntamiento, desde aquel contenedor repleto de las afueras. Quiso la casualidad, el azar o el don de la oportunidad con que los dioses juguetean con los seres humanos que la bolsa llegara en el momento oportuno en que el alcalde, en un gesto calificado por sus oponentes de “populismo barato” y “brindis al sol”, compareciera al aire libre ante los medios y les invitara a respirar el aire de la ciudad, para que vieran cómo la suciedad no tenía nada de extraño ni perjudicial en el ambiente de su municipio. Llenaba sus pulmones el alcalde y la bolsa, en ese instante, emprendió su última ascensión y caída, terminando por elevarse y descender sobre la plaza, sobre la cara del primer edil de la villa, entorpeciendo sus ejercicios aeróbicos. Los flashes de docenas de cámaras captaron ese instante en que bolsa y cara se mimetizaron.

Neutralizada la bolsa por los guardaespaldas, nada sin embargo pudo neutralizar el escarnio público del regidor municipal, quien habría de encontrarse al día siguiente con su foto destacada en todos los periódicos y con el titular, destilando un enervante doble sentido, de “Artimañas de una bolsa”. No en vano, la imagen captaba justo el momento en que su cabeza y el envoltorio quedaban confundidos, y era complicado adivinar si el alcalde poseía testa o sólo testiculina.

lunes, 4 de julio de 2011

SOÑAR DESPIERTO

“La imaginación al poder”
Lema del Mayo del 68.

Una primera columna de tragafuegos descendía, procedente de Pueblo Nuevo, por la calle Alcalá. Cuando esto sucedía, las galeradas de los periódicos aún no empapaban con su tinta fresca los estantes de los kioscos. Pero Madrid, y con ella todas las ciudades de España y el extranjero, habrían en pocas horas de modificar las ediciones de lo que se denominaba “Últimas Noticias” o “Actualidad”. Para muchos, las portadas iban a resultar difíciles de tragar, casi tanto como el líquido inflamable con que prendían las llamaradas salidas de las bocas de esta unidad de avanzadilla que iba descendiendo por la Ciudad Lineal.
Según el tratamiento y la cortesía, más o menos benevolente o abiertamente hostil con que saludaba la diferente prensa a las medidas del presidente del gobierno y las réplicas del líder de la oposición, el titular y el pie de foto que salían en las páginas atravesaban por las expresiones más diversas. Pero en la capital, así como en los diferentes pueblos y villas, rincones vernáculos y lugares con mayor o menor sentimiento nacionalista, el desayuno iba a ser una preocupación mayor por no aparecer con una factura exorbitada regalo de la compañía del servicio eléctrico o telefónico – “todos nuestros agentes están ocupados, por favor permanezca a la espera” –, un cierre roto, un nuevo impuesto municipal o un nuevo engorde de los beneficios bancarios o industriales – “todos nuestros agentes”, etc. – a su costa. En definitiva, una sensación de cabreo constante o apatía general.
Mientras la sección de Pueblo Nuevo se encaminaba hacia la Cibeles, en otros puntos de la geografía estatal se sucedían movimientos diversos, con rotundo éxito. Un conciliábulo de mujeres barbudas en Barcelona había abandonado su cuartel general de la Avenida del Paralelo y se preparaba, apoyado por un grupo de vedettes y cupletistas, para unir sus fuerzas con una brigada no demasiado grande, pero sí osada y valiente, de forzudos vestidos de pieles de leopardo y bigotes retorcidos al modo prusiano arremolinados en torno a la plaza de Les Glories Catalanes. Atemorizados o dormidos los Mossos de Esquadra (fuerza policial autonómica catalana, a la que era posible insultar en la lengua de Verdaguer – “gossos de esquadra”, dado que “gos” en catalán significa perro –, y en la de Cervantes, como “mozos de cuadra”) ante la visión de unos forzudos a los que nada harían las pelotas de goma, sabiendo lo que eran capaces de hacer parando proyectiles de cañón con el estómago, permanecieron en sus acuartelamientos o desertaron para preparar concursos de castellers en el Pirineo ilerdense. Como única oposición, un grupo de borrachos que venían del Maremagnum celebrando la última victoria del Barça sobre el Madrid y querían echar un polvete con las mujeres barbudas. Fueron espantados a bolsazos por las cupletistas del Paralelo.
Al sur de la ciudad condal, Valencia, de donde en el febrero infausto de 1.981 partieron los tanques de Milans del Bosch para asustar a la ciudad, había sido en esta ocasión ocupada en sus calles por grupos de zancudos a los que se sumaron malabaristas que mantuvieron a raya a los infiltrados entre sus mazas y la pared, en el barrio de El Cabanyal, falleras mayores cabreadas, gigantes y cabezudos, moros y cristianos y elefantes del Punjab conducidos a lo largo del antiguo cauce del Turia por lanceros bengalíes que habían sido contratados por una empresa de la Gürtel para rodar un anuncio a la mayor gloria de Camps. La alcaldesa de la ciudad se refugió en Bétera, desde donde intentó comandar el regimiento de tanques, afectado por doble elefantiasis: la deserción de soldados unidos al movimiento insurreccional dejó a más jefes para mandar que soldados que obedecieran, y el exceso de peso de la alcaldesa valenciana acabó por pinchar las ruedas de una tanqueta y bloquear la salida del regimiento.
Las plazas mediterráneas intentaron obtener el socorro de la escuadra naval de Cartagena, pero fue imposible que esta pudiera llegar a intervenir. Un grupo de delfines establecieron una animada tertulia bajo el mar, a la altura de Horadada, antes de poder entrar en la provincia de Alicante, y su lenguaje ultrasónico acabó por inutilizar los radares de los cruceros, los sistemas de radio, las blackberry de la oficialidad y cambiaron, para colmo, la foto del perfil de Facebook del almirante de la escuadra, que apareció en su uniforme militar con la cara de Ronald McDonald.
Los grupos chirigoteros de Cádiz organizaron una marcha desde las playas de La Caleta y La Victoria. Fueron los únicos que estuvieron a punto de provocar víctimas en aquella histórica jornada, pero contra su voluntad. La causa de aquellos fallecimientos fatales que podrían haber sucedido hay que buscarlas en ataques de risa incontenibles, ante los cuales la Cruz Roja del Mar hubo de intervenir rápidamente para sofocarlos mediante el método de internarlos en el Teatro Falla y pasar en cinematógrafo “Mujercitas” para contrarrestar el efecto de tan letal guasa. La alcaldesa de la ciudad, harta de escuchar resoplidos guasones a su costa desde Algeciras hasta Arcos de la Frontera, por un extremo de la provincia, y hasta El Puerto de Santa María por el otro, dimitió asqueada y regresó a su Cantabria natal con un tremendo pitido en los tímpanos. En su lugar, fue elegido por consenso y para mantener la herencia montañesa en el consistorio de la Tacita de Plata, el chirigotero Manolillo Santander, al grito, con un cierto toque irónico, de “Esto sí que es una chirigota”.
En Zaragoza, la acción tuvo un carácter eminentemente musical. Se había coordinado entre grupos folklóricos aragoneses, Carmen París y el grupo Amaral desde diferentes puntos: la plaza del Pilar, el barrio de Delicias y el del Arrabal. Como en la revuelta de Galán y García Hernández, bajaron con éxito grupos joteros desde la Jacetanía y se combinaron “La Virgen del Pilar dice” con “Banderas Rotas” de Labordeta. La brava región aragonesa se puso en pie contra una nueva invasión, la de los mercados, y por eso grupos de funambulistas, con un simbolismo tremendo, se subieron a los postes del telégrafo entre Monzón y Alcañiz para que los buitres financieros no acecharan las tierras del Ebro.
En La Rioja funcionó la resistencia pasiva, tenaz: entre Haro y Calahorra no se sirvió ni expidió al exterior de la región un solo chato de vino. Pronto el gobierno regional y las sociedades mercantiles hubieron de pactar con el pueblo llano. Al acecho se encontraba algo peor que los mercados: el fronterizo pueblo de Miranda de Ebro, del que se esperaba pudiera apoderarse de los viñedos jarreros en caso de que la villa riojana no celebrara la Batalla del Vino y se quedara con los viñedos de su jurisdicción, para especial regocijo de los burgaleses.
En todo el país se sucedieron hechos como los descritos, que fueron descritos con matices más o menos fantásticos por medios de según que cuerda con tal de, en un gesto desesperado, restar credibilidad y hacer sucumbir de miedo a la población más proclive a espantarse ante los cambios y tender al conservadurismo más recalcitrante. Así, por ejemplo, el diario “La Gaceta”, cuyo nombre recordaba al desafortunado diario madrileño que dio origen a la frase hecha Mentir más que La Gaceta y no se quedaba atrás respecto a aquel en cuanto a trolas e invenciones, titulaba en una edición especial que Batasuna había estado detrás de la huelga de consumo de chuletones en Euskadi y de la festiva exhibición de juego de pelota vasca en el Kursaal donostiarra, que suponían destinado a amedrentar a la Ertzaina y sus proyectiles de goma. “El Mundo” del ínclito riojano Pedro José Ramírez, que sin duda por efecto de la no expedición del vino de su tierra debía andar más alterado de lo normal, proclamaba en un editorial la necesidad de cerrar la frontera con Portugal ante la (su) “disparatada y perniciosa idea” de que los extremeños cedieran a los municipios fronterizos lusitanos la gestión “chantajista” por un tiempo indefinido de los municipios de Alcántara, Valencia de Alcántara, Barcarrota y Rosal de la Frontera. Ninguna de estas noticias se contrastaron y su efecto fue el contrario sobre las masas revolucionarias.
Pero Madrid seguía siendo, por su carácter de capital administrativa y residencia del gobierno y la jefatura del Estado, punto neurálgico de la jornada. Los colombófilos habían sido capaces de desactivar los aeródromos de San Fernando, Getafe y Cuatro Vientos a través del cruce de palomas mensajeras entre tales bases aéreas, impidiendo volar a los aviones, incluso a los sofisticados aparatos aéreos norteamericanos de la OTAN. El tráfico aéreo cesó en Madrid y los aviones comerciales fueron desviados a Villanubla, en Valladolid; Zaragoza y Lisboa. Algunos viajeros despistados creyeron por un momento que se estaba rodando un “remake” de Los pájaros de Alfred Hitchcock, con Melanie Grifith en el papel que desarrollaba su madre. Un procedimiento más rudimentario, pero igualmente eficaz, fue usado en Morón y Rota: el vuelo de cometas. A la base de Zaragoza llegó el mensaje de desplazarse al aeropuerto de Castellón, pero como la instalación de La Plana no tenía permiso de aterrizaje ni despegue, el cielo del Maestrazgo se cubrió de cazas esperando inútilmente el permiso de aterrizaje. Cansados de tanta vuelta por el cielo, acabaron aterrizando con monumental enfado sobre la pista del circuito Motorland Aragón.
Los tragafuegos de Pueblo Nuevo conectaron en el puente de Ventas con lanzacuchillos reunidos en el Dragón de La Elipa. La marcha de esta columna unificada estuvo interrumpida en varias ocasiones porque las vueltas numerosas que daban en las ruedas las parejas de los lanzadores ocasionaron mareos imposibles de mitigar con las escasas biodraminas. Hubo de recurrirse al servicio de los taxistas de la plaza de toros, de la calle Ayala y de la de Ortega y Gasset para que pudiera llegarse con buen pie a la plaza de las Cortes.
La batucada que partió de la Tabacalera de Lavapiés recorrió la ronda de Valencia armando tremendo estrépito, acompañada de un grupo de capoeiristas. Se temía que atrajeran la atención de la policía y otros cuerpos de seguridad, estando cercano como estaba la comandancia central de la Guardia Civil en la calle Batalla del Salado. Y como la atrajeron, se requirió de los servicios de distracción del grupo de parapente de Villalba pasando por encima de sus cabezas. Al bajar la mirada, los miembros del instituto armado se toparon con el péndulo de los hipnotizadores, que transformaron su conciencia en la de perros meones. Aún hoy es comentada la visión de aquel día en que los uniformados alzaron la pata y sacaron la lengua en jadeos por el Portillo de Embajadores y fueron espantados a escobazos de los portales.
Para la altura en que la batucada y los capoeiristas alcanzaron la plaza de Atocha, una multitud festiva se encontraba ya festejando, como en otras ciudades, una victoria anticipada. El rey y su familia habían partido hacia Londres dejándose por todo testamento en Zarzuela un cepillo de dientes de Froilán. El gobierno había dimitido y el Congreso, avergonzado, se había quedado en casa, lo cual no suponía mucha novedad. Del Senado, como era habitual, no había noticias. Los ujieres del Parlamento mantenían las puertas abiertas, vigiladas por un mínimo retén de seguridad del regimiento militar de Alcalá de Henares, más ocupado en proponer títulos para un grupo de improvisadores que actuaba en la Plaza de las Cortes que en vigilar algo que nadie estaba interesado en asaltar. Por otro lado, confraternizaban alegremente con un grupo de bailarinas de danza del vientre que habían causado especial regocijo entre los turistas del Palace. Como en la Revolución de los Claveles, las flores embocaban los fusiles en señal de paz.
La banda municipal del Puente de Vallecas caminaba en medio de una multitud enorme tocando el himno particular y oficioso del barrio: “Somos del Puente Vallecas/ No nos metemos con nadie/ Quien se meta con nosotros, ¡aúpa!/ Nos cagamos en su padre.” Una multitud tan enorme como la profusión multicolor de banderas: del rojo monocolor al arcoiris LGTB, pasando por tricolores, verdes, violetas, regionales, de hinchadas futboleras, cubregradas de la Demencia estudiantil, dragqueens que ponían mucho colorido bailando al ritmo de Karina, al lado de la estatua de Velázquez, y balcones engalanados con colchas, cortinas y macetas. Un periodista extranjero, entusiasmado y estupefacto, preguntó a una contorsionista que encontró sujeta, en una posición tan privilegiada como difícil, a un árbol en la plaza de Neptuno, cómo se las habían apañado para coordinar todo aquel movimiento a lo largo y ancho de toda España y sin que las ya dimitidas autoridades sospecharan nada. ¿Se habían comunicado a través de redes sociales? ¿Correo electrónico? ¿Acaso el móvil?
- ¡Qué va! – Respondió ella - ¡Todo eso lo habrían vigilado muchísimo! Tan sólo tuvimos que reunirnos en la calle. Así de fácil…

jueves, 30 de junio de 2011

LEJOS DE LAS LEYES DE LOS HOMBRES











“Te amo como se ama por primera vez

cuando aún no hay costumbres.

Lejos de las leyes de los hombres

donde se diluye el horizonte.”

El Último de la Fila.

De niño, quizá por cuestiones de altura, o por una atracción física que entonces no identificaba con el erotismo, porque todavía estaba en una edad demasiado tierna para introducirme en tan procelosos – incluso vulcanológicos – saberes, lo que más me atraía del cuerpo de las mujeres eran sus piernas. En ello debió intervenir, que duda cabe la referencia a la altura, la que entonces era novia de mi primo del pueblo, el mayor. Una chica morena de Murcia que se llamaba Elena a la que había conocido durante sus estudios en Granada y que no debía desmerecer en absoluto a las mujeres de la ciudad del Darro y el Genil, teniendo en cuenta la fama de hermosura que poseen las granadinas. Aparte de guapa, Elena poseía una simpatía extraordinaria y un par de piernas estupendas a la altura de cuyos muslos era a lo único que yo llegaba (o a lo mejor quería llegar, que quizá la intuición, ya que no el sentido de la sensualidad, hiciera que me encogiera a posta) durante un para mí inolvidable bailoteo juntos en un sarao familiar. Ya les digo que poseía la extraña virtud de la simpatía, algo tan apreciable como escaso en ocasiones, y más entre mi familia, sea la natural o la política, y más entre la del pueblo, que por algo poseen la fama de “malafollás” los que andan entre las lindes de las provincias de Jaén y Granada, ambas inclusive. Mi primo, con todos sus estudios de Medicina y sapiencia en la ciencia de Galeno, se ve que de cuestiones de anatomía y extremidades inferiores entendió poco y de mujeres menos, acabó rompiendo con Elena (me imagino que sería más bien al revés, versión mucho más creíble) y nos dejó sin emparentar con la gentil propietaria de aquellas amables y recordadas piernas.

Ha pasado el tiempo, y pese a aquel recuerdo infantil, advierto que aparte una especial simpatía por las chicas que se llaman Elena (no quiero que te puedas poner celosa por ello), no me ha quedado una especial deferencia por las piernas femeninas en relación al resto del cuerpo. Ni ganas, pues no es la mujer un animal de despiece para consumo humano, cual si nos dirigiéramos a la pollería y mostráramos al pollero la preferencia por el muslo o la pechuga. Por descontado el centro de atención capaz y principal es el pecho; pero no niego el poder de sugerencia de un vientre al que besar y sobre el que posarse para escuchar el sonido de un bebé en crecimiento o sumergirse en la observación caleidoscópica de un ombligo, punto sobre la i bien caligrafiada de un cuaderno escolar de la casa Rubio. Qué decir de los ojos azabache, azules, verdes o de cualquier color conocido o por conocer de entre los cruces posibles de Mendel. Pero, en cuanto a las piernas, sigo sin pode olvidarme de ellas, eso sí. Ni los domingos, aficionado como soy al fútbol femenino y al esférico impulsado hacia la portería sin distinción de género.

Me dirás con razón qué tiene esto que ver contigo y conmigo, como explica el soldado Adrián en su última carta, en la canción de El Último de la Fila. Todo tiene que ver. Qué decir de cuánto te deseo por cuánto te amo, de cuánto te amo como si te amase por primera vez y qué torpe soy siempre por amarte sólo de forma literaria y no hacerlo de forma real. Estúpido es una expresión que se queda corta; quizá gilipollas, aunque gruesa, se asemeje más a la realidad. Intensamente me encantaría reconocerte desnuda con mi boca, con mi lengua, como si explorara una jungla a la que nadie se hubiera acercado previamente, acechante y llena de peligros pero al mismo tiempo fascinante, excitante. Orgiástica.

Mucha literatura ha sido la mía y una falta permanente de realidad. No es que me guste la realidad en exceso, pero lo que sí me gusta, me encanta, me fascina eres tú. Violar contigo las leyes elementales del recato, decir sí quiero a estar a tus pies y besar las hoquedades interiores de tu muslos y meter la nariz donde no la llaman. Hacerte gemir de placer, sentir tus uñas en mi espalda, que cada beso dado en las diferentes partes de tu piel – en tu pecho, en tus labios, en tus nalgas con un bocado de lujuria – sean un multiplicador común de los afectos y hasta el infinito del más maravilloso orgasmo. Porque sí que te amo. Desde la punta de tus pezones hasta lo más hondo de tu alma. Carne contra carne.

Quizá en algún momento pensaste que no merezca la pena estar conmigo. Que no valgo como amante desde esa distancia gélida y distante, encerrado entre estantes de libros y una pantalla de ordenador mientras tú desesperabas por una muestra de amor o de odio que te sacase de un marasmo de indiferencia cortés ante la que no sabías que hacer. Qué horror soñar con una aparición que no llegaba, con tu presencia desnuda y con tu abrir mágico de piernas delante de mí para excitar mi atención, desviándola de unos cauces literarios que no llegaban a producir nada nuevo bajo este sol sin brillo. Para besar, contar y recontar los lunares de tu piel, para un sesenta y nueve mágico y placentero que nos llevara a sitios remotos. A cabalgar sobre la luna como caballos desbocados. O a bañarnos en un río y contener la respiración sumergidos en sus aguas, entre bravos empellones de cadera.

Para apretar entre los dedos una sábana mientras la vida se nos va entre las piernas en una entrega total, difícil de contar con todos los diccionarios de sinónimos del mundo. Imposible crear un esperanto para explicar esta toma de posesión mutua.

Que si te amo. Qué si te amo de esta manera, si nos amamos así, escandalosos e inmorales para la buena sociedad del misionero y el amor ausente con el tiempo. Te amo lamiendo tu cuerpo todo de fresas con nata. Te amo al compás del agua de la ducha y entre la espuma del jabón. Te amo como se ama por primera vez. Te amo sobre las brasas de las hogueras de San Juan, sabedor de que nada me quema más que una ausencia tuya. Te amo en las canciones que no tienen sentido y en las más bellas. En la salud y en la enfermedad, y en el escándalo del sacerdote que se persigna como si viera un anatema si le digo que nuestra cama es altar y nosotros dioses del cielo y el infierno.

La mojigata editorial rechazó los manuscritos de mis novelas eróticas. Creyeron que su implicación sentimental impediría alcanzar todo el buen gusto que requerían. Una manera amable de explicar que vieron pornografía en el amor. En su lugar, publicaran un “remake” del viejo cómic “Hazañas Bélicas”. Muy apropiado para los nuevos tiempos. Pero no espero que esas novelas acumulen polvo en el cajón mientras esperan oportunidad. Me juego la carta de la inmoralidad pública antes que perderte, que perder la oportunidad de ofrecerte todo mi amor en un juego de cuerpo y alma, en una desnudez más pura que sus diamantes anillados y sus abrigos de visón. La luna bañará las noches más tormentosas de su verano y amaneceremos juntos y abrazados, abrumados por nuestras pasiones más locas, en las copas de los árboles, en los pilones de los pueblos, en los castillos de arena y los váteres públicos. Amaneceres desnudos, embriagados de aromas corporales y jadeos incesantes como aullidos de lobos que extrañen en sus noches quietas y sombrías. Seremos arte y amor. Más allá de cualquier entendimiento, seremos reales. Sexo e infinito. Allá lejos. Lejos de las leyes de los hombres.