viernes, 2 de septiembre de 2011

Y NO AMANECE


Te pido perdón, aunque sé que no admitirás mis disculpas. Por innecesarias, por no saber a qué viene pedir disculpas, a estas alturas. Siempre me repites que no tienes nada que reprocharme, pero siento necesidad de hacerte esa petición, tardía a todas luces, pues tal vez así pueda conjugar, ahora que no estás aquí, el sentimiento de culpa por no haber podido, no haber sabido o quizá no haber querido (sí, no haber querido, yo que tanto te amé) haber hecho más por ti. No haber recorrido más mundo, no haberte dicho más veces lo que sentía, no haber más a menudo el amor.

No haber ido más a lo loco cuando teníamos oportunidad.

Ahora creo que no debíamos haber esperado para tener un hijo. Sé que es tarde para lamentarse, pero eso no impide que lo haga.

Hay nubes. Nubes de plomo y de lamento. Cenicientas. Sabía cuánto te disgustaban esas mañanas de nubes grises, mañanas mates en las que no llovía pero el sol no se dejaba ver por ninguna parte. Te referías a aquellas mañanas indefinidas recordando “Y no amanece”, la canción de Los Secretos, porque había en la calle, en la casa, en la gente que pasaba, un estado de alborada extraña, de somnolencia, que duraba todo el día.

En aquellos días sólo había ganas de seguir durmiendo. Y por eso me gustaban, ocurriéndome como en “La tormenta” de Brassens: la menor nube gris me llenaba de placer. Al observar el cielo encapotado a través de la ventana del dormitorio, podía hacerme el remolón, abrazarme a tu cintura y dejar que el tiempo se hiciera maleable, introduciéndose en los relojes flexibles y sin manecillas del cuadro de Salvador Dalí.

Pero hoy me traen un sabor distinto, al saber que te fuiste una mañana de esas, envuelta por una capa nubosa, color falda de colegio de monjas, en el cielo y el aire frío y seco del invierno agitando la calle por toda despedida.

Los días de nubes, los habituales pasaban bajo el balcón con andar quedo: repartidores, amas de casa, jubilados, la farmacéutica, el bodeguero, el zapatero, el pakistaní del locutorio, los niños karatekas del gimnasio, los opositores y cursistas de la academia y los dependientes del mercado intercambiaban breves comentarios sobre la vida, las noticias, los precios, los achaques, el fútbol y la pareja entre comandas, firmas, tecleos, patadas, medicinas, vasos, carros de la compra y llamadas a Bangalore, La Paz o Tombuctú. Era un mundo dentro del mundo. Resultaba imposible aburrirse apoyado en la barandilla.

Los días de sol a plomo, al igual que ocurría con las viejas señales que impedían el aparcamiento los días pares o impares, sólo se ocupaba la acera de sombra, por lo que las mañanas se curaban las enfermedades en la bodega y no comprando en la farmacia, o para coger cogorzas vespertinas se usaban jarabes de la tos en vez de cervezas, whiskys o ginebras. La academia y el gimnasio se quedaban vacíos por las pellas, y el mercado, como el locutorio, se quedaba igualmente ocioso. Con la lluvia, los debates sobre quién debía ocupar las cornisas y terrazas, la forma de llevar el paraguas que tenían las ancianas y quién había lanzado el improperio más ingenioso a los conductores que salpicaban de agua a los peatones hacían también muy amenos aquellos días.

Echo de menos esa singular ironía con que descubrías el mundo a través del balcón, y con la que desde él atrapabas la alegría que el sol y la lluvia traían consigo, cada uno a su manera, sin importarte tostarte la piel o empaparte al cabo de un rato de observación. Como sinónimo de monotonía, más que de rutina, a las que no otorgabas la categoría de sinónimos, era así el modo en que te fastidiaban los días grises. Y aún con esa pereza que contenían, eras capaz de iluminarlos con la brisa de la comedia que se encajaba en las situaciones absurdas: el claxon reclamando a un repartidor que lleva las manos ocupadas con bultos y cajas, el funcionario que baja a desayunar dos veces en una hora… De ese modo, y con calma, me ayudabas en la tarea de ponerme a escribir. No había que irse muy lejos para encontrar situaciones, personajes, ambientes.

Todo se me va a hacer muy cuesta arriba, sabiendo que a partir de ahora habré de hacer las cosas sin ti.

La calle, por ejemplo, no va a ser la misma. Lo noto cada vez que salgo al balcón y compruebo, al surgir de nuevo la mañana y faltarme tu abrazo respondiendo al mío – el calor respondiendo al calor y, como solía suceder, la excitación de los cuerpos cubriendo la atmósfera de tormentas – siempre es una mañana gris y los seres que habitan la calle se hayan envueltos del mismo material plomizo de esa mañana. Algo les impide expresar cualquier cosa emotiva a través de sus viejos chascarrillos, sus expresiones y diálogos cotidianos. Sus gestos se vuelven, a mis ojos, lentos y pesados. Siento como si se petrificaran. Incluso yo me petrifico, sin que nadie me vea desde esta altura escasa, estos tres pisos que nos separaban del suelo.

Desearía que no hubiera pasado, echar hacia atrás uno de esos relojes que parecían de plastilina y haber impedido de algún modo este desenlace terrible. Que, como en la canción de Los Secretos, hubiera sido sobre mi espalda y mi cara donde ya no penetrasen más los amaneceres.

Amaneceres acuáticos de Samos, Dubrovnik, Bretaña, San Francisco. Amaneceres imposibles de los días eternos de Reykiavik, donde acostarse era más una obligación horaria que una necesidad, especialmente tras una noche de juerga por el centro de una ciudad tan desconocida como animada. Amaneceres de espaldas al sol en Lisboa, Tánger o Cerdeña. Se podría escribir una guía de viajes con los amaneceres que he visto a tu lado.

Siempre, en casa o de viaje, te las arreglabas para que el sol acabara entrando por la ventana y saludándote al alba con un cosquilleo en el rostro. Yo siempre amanecía de espaldas a él, o frente a ti, que siendo lo mismo es una forma de decir que también tenía el sol de cara. En los lugares cálidos, el sol descubría tu propio paisaje como un territorio a cartografiar: la desnudez de tu cuerpo, a través de una luz filtrada por las cortinas, aclarándose y oscureciéndose en diversos puntos, dibujando curvas sobre otras curvas. Era hermoso despertar y admirar a la maja de Goya. Tiempos felices en California, Grecia, Baleares.

Tiempos lejanos, pese a ocurrir anteayer.

Desganado, me obligo a desayunar, ducharme, vestirme. Todo lo hago con escasa convicción. Recurriendo a los clásicos de la literatura, no exagero cuando pienso “Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”. Casi de un día para otro: ¿por qué todo tan rápido? Si me hubiera dado tiempo a hacer más, ofrecerte lo que estuviera en mi mano (buscar paraísos perdidos; bailar un tango, quizá el último, en París o en Buenos Aires, en lo de “El Chino”; ver las películas que nos faltaban por ver o rememorar las que nos emocionaron; releer “Las Mil y Una Noches”; practicar todas las posturas del Kamasutra; montar una fiesta colosal con nuestros amigos de siempre) lo habría hecho sin perder un segundo. Todo, quizá en vano, para arrancarte de los brazos de quién te llevó consigo, demostrándole que se equivocaba al llevarte.

Pero la muerte no perdona a nadie. Te ahorró sufrimiento, es cierto, pero me lo aumentó a mí, que no pude estar más contigo.

Más que un diagnóstico aquello parecía una sentencia de muerte. Apenas podía parar de llorar, pero recuerdo que tú, casi desde el principio, lo tomaste con entereza. Nos dijeron que podía ser cuestión de días o de meses. Fue de lo primero. Un craso error de la naturaleza humana. De la muerte. O de la vida. Qué sé yo.

Me decías que no fuera egoísta. Habías vivido con plenitud, aunque tu vida hubiera sido corta. Muchos morían sin haber vivido lo que nosotros, haber estado donde nosotros habíamos estado y haber hecho las cosas que nosotros habíamos hecho. Y recuerdo que dijiste: “quién podía asegurar que el futuro podía ser igual de bueno conmigo que el pasado”. Pero yo no quería creer en aquel fatalismo, me rebelaba contra él. Pasamos unos primeros días horribles. Al final, acabé dándote la razón: ¿de qué servían los dramas?

Sabías cuando iba a ser porque ese día amanecerías (o, mejor dicho, no amanecerías) de espaldas al sol. Quizá fue una señal que ese día hiciéramos el amor, suavemente, con dulzura, pero con pasión también, vencido por fin el temor que tenía a hacerte daño. Pensaba que ibas a escaparte entre mis dedos si te tocaba. Qué doloroso era pensar que en cualquier momento podías romperte, como una muñeca de porcelana, y pensar que podía ser el culpable de haber anticipado el final. Me clavabas las uñas en la espalda, instándome a no ser tan timorato. Me costó, pero lo hice. Y fue hermoso.

Nunca había visto morir a nadie, pero estoy seguro de que nadie lo hizo nunca con una expresión de serenidad mayor en el rostro. Era como si, a pesar de tu cuerpo frío y el color morado de tus labios, todavía estuvieras dormida. De espaldas al sol. El espejo de la pared, donde días antes observaba tu cuello y la caída de tu pelo, dejaba ver tu cara, ya sumida para siempre en el sueño. Fue, no lo dudo, como dijiste, un sueño sin problemas, despreocupado, acordándote de mí. Observaba mi sol apagado en el espejo, murmurando tu nombre a cada beso, a cada lágrima.

Me atrevo, ahora, cuando tus cenizas han volado sobre el lugar donde naciste, a sentarme a escribir para exorcizar un presente también ceniciento y hacer que no se marchite tu recuerdo. Quizá hago mal al querer encerrar nuestro amor en apenas unas pocas cuartillas de papel. Tan sólo lo describo de forma somera, como un paisaje reflejado en un cuadro. Nada alcanza para contarlo entero. Es un recuerdo que vuela alto, como las gaviotas sobre los puertos o las notas de Los Secretos, que se mezclan, saliendo de la minicadena, con las gotas de una fina lluvia (sí, ha roto a llover). Al caer a la calle, suenan como un canto derramado por ti.

martes, 2 de agosto de 2011

ELÉCTRICO AMARELO II (Una confesión)


Não vi ao tempo ao meu lado
nem por ele há-de-ser
que eu não passei apressado
como aquilo que eu vou ser.

Cristina Branco, “Eléctrico amarelo”

Tenía una sensación de mal augurio escondida en alguna parte, imposible de identificar con claridad, pero existente. Creo que tan sólo se desplazaba, estando unas veces en las costillas, otras sobre el vientre y otras (las más) en la región del pecho, en los pulmones o en el corazón, mezclándose con la respiración o con los latidos.
Me arrebujé en el forro polar y encendí un cigarro. Entorno a las murallas del Castelo de São Jorge, la quietud de la ciudad y el silencio provocado por la ausencia de turistas, a aquella hora desconsolada de la tarde, se sumaban a la desolación del desagradable tiempo que se anunciaba sobre Lisboa. El debilitamiento del anticiclón de las Azores traía lluvias o, cuando no, brumas desde el estuario del Tajo a la ciudad. La niebla hacía imposible distinguir nada en la lejanía de aquella magnífica vista que se observaba sobre el castillo, y nada era perceptible del puente 25 de Abril ni de la orilla opuesta del río, como si Almada y todo el Alentejo hubieran desaparecido sin perturbar nada la paz de los lisboetas.
Si realmente hubiera desaparecido aquella otra orilla, si no existieran Almada, Montijo, Setúbal – tal vez España – y flotara Portugal, sin su parte sur, como una isla atlántida, al modo que describía Saramago en “La balsa de piedra”, quizá ese mal fario podría desaparecer y me adaptaría a ser una figura anónima. Crecer desde las cenizas de ese anonimato, como había comentado a un amigo, en mis delirios depresivos, pensando que nadie me quedaba en Madrid. Sólo la distancia me hacía patente que, de ser cierta mi afirmación, prefería los anonimatos en los entornos conocidos.
El mal augurio, inconcreto al principio, se hacía real. Mis últimas crisis de nervios en España me habían llevado a pensar en un nuevo viaje a lo que consideraba, en cierto modo, mi retiro espiritual, lo que era una expresión extraña para un ateo. Había descubierto ciertas bondades en Portugal que afirmaban al país como lo contrario que encontraba en España; asociaba lo portugués como un lugar donde descansar, serenarme entre la quietud de sus gentes, su lengua, su gastronomía y su paisaje. Incluso podría escribir y recibir el nuevo año en Lisboa, a la una de la madrugada en el resto de la península, como una metáfora que reflejaba las prisas castellanas y la pausa lusitana.
Primer gran error: irme con el coche. Acostumbrado a recorrer la ciudad en tranvía, metro y autobús, había tenido la ventaja de recorrer con él la fachada atlántica del Alentejo: Sines, Alcácer, Grândola… y observar el bravo movimiento del océano en invierno, golpeando en los acantilados, un mar vivo y a la vez posible de dejar, pausado y quieto, en un cuadro de batalla naval. Pero regresar con él a una ciudad cuyas calles no me eran tan conocidas me causó más problemas de nervios. Y bastante tenía con los que traje en la maleta.
Pensaba todo esto mientras abandonaba el desierto Barrio del Castelo, donde las dependientas de las lojas de souvenirs de aburrían descaradamente. La humedad de las piedras irregulares del empedrado eran como las gotas de unas lágrimas extrañas y que, de seguro, el cielo no había derramado por mí. No las quería, de todos modos. Lisboa, pese a su lluvia y su frío desagradable de diciembre, seguía siendo la dama blanca, señorial y decadente que siempre había guardado en mis recuerdos. Con todo el agridulce sabor aquellas vacaciones que fueron más un pequeño exilio voluntario, preferí preservarla virgen de la suciedad de que me vi infectado cuando se produjera el desenlace amargo. Desenlace que, aun desconociendo cuál sería, reputaba doloroso.
En mi soledad (estaba acostumbrado a los viajes en solitario), aún más angustiosa quizá por mi voluntario exilio en vísperas de Navidad, me dediqué a gastar mucho dinero en variopintos regalos y productos típicos que tanto mi familia como yo consumimos en la cena de Nochebuena, no sin un evidente sentimiento de culpa por mi parte. El gasto no fue excesivo, entre otras cosas porque mi cuenta no daba para muchas alegrías, pero al ser escasa la cantidad de mis ahorros sí se notó aquel golpe en la cartilla, dejándola, si no sobre la lona, si en K.O. técnico. Sólo el capricho de fumar cigarrillos portugueses a mi vuelta me daba un vértigo similar al de fumar cualquier cigarrillo en ayunas.
Quizá, pensé en la parada del tranvía que llevaba a la Rúa Garrett, enfrentado al mirador de Santa Luzia, no eran esos gastos lo que más terror – aquel terror interno y difuso – me producía. Era otra cosa, una oscuridad, o mejor, una potente cortina, pesada y gris, como la que medio velaba el barrio de Graça, dejando apenas vistas las torres de su iglesia. Por entre esa cortina, daba igual si la real o la metafórica, sopesé con hondura la posibilidad de caer desarboladamente por la pared granítica que se extendía bajo el muro del mirador. No había testigos, no aparecía el tranvía por ninguna parte, las baldosas de la balaustrada estaban húmedas y cualquiera podría achacar el suicidio a una imprudencia, inconsciente y temeraria.
Esa era la concreción del augurio.
Pero, por cobardía o por necesidad de hacerlo – o hacerme notar – en el ambiente hogareño, pospuse mis planes hasta mi regreso a Madrid. Pensé morirme, matarme más bien, entre los míos, después de varios días de silencios huraños, envuelto en bata y zapatillas y fumando muchas veces sin ganas mientras recortaba artículos de periódicos que, más tarde, irían a servirme para escribir un ensayo.
El tranvía amarillo, recorriendo un trayecto que fue para mí más sentimental que turístico por la vieja Lisboa, daba tumbos, hacía sonar su campana y chirriaba por entre los raíles. Aquella música extraña era como una canción de despedida, mitad tango mitad fado. Cuando aquella vieja nave espacial, tan desvencijada como los platillos volantes de las antiguas películas de serie B, aterrizara con un viejo suspiro en el Chiado, sabría que mis días se iban a acabar muy pronto. Y que la ciudad, dueña y señora del Tajo, sólo sería la última visión del último sueño que tendría antes de exhalar el postrer aliento de vida.
Me había decidido también a ejecutar aquel acto extremo, y quizá como razón más importante, el haber tenido la ilusión de que una mujer me había abrazado y lo había hecho conmigo con pasión en aquella ciudad que tan amada había sido para mí. Pero fue una ilusión comprada con dinero y un enamoramiento empapado de alcohol nocturno. ¿Cómo si no explicar aquella estupidez de pensar que aquella muchacha rumana desayunaría conmigo en la pensión?
Quise, y creo que lo hice, portarme todo lo correcto que me fue posible. Era mi primera vez. Sé que las primeras veces no son como se sueñan. Y tuve que despertarme con los pedazos rotos de saber que no sería la princesa rescatada por el caballero andante en que creí, torpemente, ser, deshaciéndonos de la mafia que la explotaba o pensando que mis ahorros comprarían su libertad. Mi acto contribuyó a ahondar más en su explotación.
Quizá me empujara la irresponsabilidad o minúsculas partículas del dolor de no poder tener nunca a aquella otra chica, con nombre de fadista portuguesa, algo mayor que yo, a la que enamoré y me enamoró, y que finalmente no pudo estar conmigo ni pude, como quería, prepararle una luna de miel anticipada en Portugal. Quizá aún la esté echando de menos, y a nuestros besos a escondidas en el hospital.
Me sentí sucio.
Me quería morir, y lo intenté.
Más que cualquier dinero gastado, me dolía el haberlo hecho por primera vez usando la coacción y la impunidad que el dinero da para comprar un rato de sexo. Y sabía que no podía contar aquello a nadie. Sé que nadie de Madrid iba a entender las razones de por qué me quería matar, porque no podía contarles que había abusado del poder del dinero para satisfacer mis instintos. Lo guardé para mí y lo convertí, secretamente, en mi as en la manga particular para que siguieran acusándome de necio por querer matarme. Podían pensar lo que quisieran. Sentí que no estaba obligado a darles más explicaciones, fundamentalmente, porque no podía darles aquella gravosa explicación que tanto me dolía y que sentía inconfesable. Seguiría siendo un necio. Pero no modificaría mi decisión y encontraba, además, en aquella suciedad moral una justificación para actuar como lo hice.
En aquel momento, claro, no era una justificación sino el móvil para actuar, si usamos los términos de criminología.
Decidido, y no sé si predestinado a morir, recordé al despertarme de aquella pesadilla (pesadilla para mis padres, que se dieron un buen susto al reanimarme; la pesadilla en mi consideración fue precisamente seguir vivo tras su reanimación de la ingesta de pastillas de mi medicación y vino de Oporto) los versos de una canción portuguesa, referida a un tranvía como metáfora del destino, con sus raíles fijados en el suelo y su final ya escrito sobre el asfalto.
He aprendido a convivir con esa mancha lejana. Sufrí, por habérmelo buscado, al romper la regla de una integridad que yo mismo me había fijado y que no sé de qué modo, si es que acaso forma parte, puede contribuir a lo que llaman “educación sentimental”. Es posible que tal vez no haya tenido que despedirme para siempre de Lisboa, y que tenga que regresar para exorcizar aquel viejo fantasma. Para hacer descarrilar, de una vez por todas, un tranvía amarillo.

domingo, 31 de julio de 2011

ALGUNAS MENTIRAS NADA PIADOSAS

Decía un refrán de tiempos de nuestros padres que se pillaba antes a un mentiroso que a un cojo. Claro que eso era antes de que cojos y mentirosos acabaran aliándose en tribunales, platós de televisión y columnas de prensa. De cualquier modo, y antes de que cualquier jugosa entrada nueva del Diccionario Biográfico Español venga a demostrar lo contrario (aguanten la risa), me gustaría llamar su atención sobre determinadas viejas mentiras que se constituyeron en mitos, varios de ellos de índole económica, sobre los tiempos de gobierno del preclaro y extinto caudillo.
Un viejo chiste protagonizado por Miguel Gila acabó elevando a esa misma categoría, quizá porque ya lo era de por sí, el lema propagandístico de “En la España Nacional /Una, Grande y Libre/ Ni un hogar sin lumbre ni una mensa sin pan”. El escaso dominio de las cacofonías – “nacional” y “pan” – no era peor que el que comenzó a pesar sobre el abastecimiento de alimentos. No era que España acabara de salir de una guerra: es que los poderes públicos del Nuevo Estado franquista, preocupados con echarle la culpa de los males patrios al oro ruso, el contubernio judeo – masónico, la envidia de las otras naciones y el toro Islero que mató a Manolete, resultaron incapaces de responder a las demandas de una España más famélica que legión, parafraseando a La Internacional. Si al principio, muy zalameros falangistas y requetés entregaban latas de comida a los niños cada vez que entraban en un pueblo o ciudad de la España “liberada”, no sería la última vez que aquellos niños hicieran o guardaran una cola kilométrica en busca de comida, esta vez ante el Auxilio Social (y decimos ahora de las del INEM…).
Un informe coordinado por el doctor Jiménez Díaz no podía ser más explícito: en la ciudad de Madrid, el racionamiento al que el país se vio sometido era incapaz de asegurar, siquiera a las familias que se encontraban situadas en los percentiles más altos de renta, los aportes nutritivos básicos para una correcta alimentación. Esta conclusión, extrapolable al resto de grandes ciudades, nos lleva a una pregunta: ¿cómo sobrevivir? Respuesta: recurriendo al mercado negro. Las cartillas de racionamiento tuvieron además una clara finalidad política, de acuerdo con la historiadora Mirta Núñez: el acceso a la cartilla de racionamiento implicaba tener que dar una serie de datos tales como el domicilio, el número de personas en la familia y su situación, los comercios habituales en los que se compraba… Un inesperado cambio de domicilio, como consecuencia de una fuga por persecución política, implicaba poner en riesgo la alimentación familiar al carecer de cartilla o recurrir en un cien por cien a lo que entonces se conocía, recordando el escándalo de tráfico de influencias acontecido en época republicana, como el “estraperlo”.
Pero el moderno “estraperlo” del franquismo nada tenía que ver con lo que, si se compara en la mecánica de aquel mercado negro como con las corruptelas políticas y económicas del presente, no pasó de ser una futesa que, pese a todo, causó un gran impacto en los círculos parlamentarios y políticos de la República. Remito a quienes quieran saber un poco del funcionamiento del mercado negro en la posguerra española a la lectura de la impactante novela “La raíz rota”, de Arturo Barea. Barea, famoso por su trilogía “La forja de un rebelde”, escribió una historia descarnada sobre un exiliado español nacionalizado británico que regresa a España a reencontrarse con su familia. El relato de la sociedad española que encontrará no dejará títere con cabeza, y no porque ejecute críticas, sino porque se limita a escribir de lo que ve: especulación y mercado subterráneo con los alimentos; mujeres de “rojos” lanzadas a la prostitución, cuando no “rojas” ellas mismas; obscenidad e hipocresía del poder, corrupción y tráfico de influencias constante, miseria reservada a republicanos y emigrantes del campo, absolutamente marginados… La lumbre, no había duda, era la del sol que más calentaba.
Otra mentira alude al desarrollo económico que, según muchos coligen absurdamente tuvo origen en el franquismo de la “extraordinaria placidez”. Y esto me recuerda a otro chiste, que si fuera fantasía tendría su coña, pero que, al ser una historia cierta, deja la duda espantosa de si reír o llorar. Joan Rosès, catedrático de Economía de la Universidad Carlos III y profesor de Historia Económica de la Empresa de mi promoción, nos contó cómo el almirante Suanzes (quien posee el honor de dar nombre a una colonia vecinal con susodicha parada de metro en San Blas, Madrid) le “vendió la moto” a Franco de que España podía ser potencia autosuficiente en petróleo, produciéndolo a partir de piedras calizas. Se formó para ello, con una inversión estratosférica, la “Empresa Nacional de Petróleos Calvo Sotelo”, en honor del protomártir y protoconspirador antirrepublicano en la localidad minera de Puertollano, Ciudad Real. Tal planta de “producción” acabó transformándose en una planta de refino de la CAMPSA a la que tenía que llegar vía Málaga, por no poder producirse petróleo patrio, el crudo desde Argelia y el resto del Magreb.
Suanzes, que en cualquier gobierno normal (debería decir a este paso “no español”, aun a riesgo de faltarle al respeto a mi propio país) habría sido cesado de inmediato por chapuzas o presentado la dimisión por vergüenza, siguió ostentando durante mucho tiempo la presidencia del Instituto Nacional de Industria. ¡Y gente como él fueron los sustentadores del “milagro económico español”! Discrepo. Rosès, en un reportaje periodístico, afirmó justo lo contrario que aquellos “pelotas” que afirman, acríticamente, lo bien que se vivía con Franco. En su opinión, califica de “desastrosas” las políticas económicas del régimen y no duda en compararlas con las de la Segunda República. Éstas, que si bien estuvieron sometidas a la severidad doctrinal de aquellos años treinta previos a Keynes y al “New Deal”, desarrolló las obras públicas, la educación básica, la legislación laboral y las políticas de contratación y logró reducir el desbocado déficit heredado de la dictadura de Primo de Rivera y su ministro de Hacienda del Directorio Civil, que era (¡sorpresa!) Calvo Sotelo. De hecho, Gerald Brenan califica de “milagro” el que Jaume Carner, ministro de Hacienda en el primer bienio republicano, fuera capaz de equilibrar tal déficit mediante una recaudación impositiva que se mantuvo sin modificar la política fiscal con el intenso gasto en obras públicas (escuelas, ferrocarriles, obras hidráulicas, otras construcciones civiles) desarrollado.
De hecho, en carteles publicados por Falange en los que se loaba la Victoria, se aludía a que el final de la guerra suponía haber “barrido” (literal, pues se ve a un uniformado falangista con una escoba) la “injusticia social”. Esto es falso: un estudio del Instituto de Estudios Fiscales de 1.976 y cuyos datos fueron recogidos en una obra colectiva coordinada por Josep Fontana, demostró que la renta per cápita en los años previos a la guerra era creciente y, de no haberse puesto en marcha los planes conspirativos y manteniéndose vigente la República democrática, lo que habría favorecido una más rápida integración española en la economía europea, habría alcanzado unos indicadores mucho mayores de los que se alcanzaron durante el “boom” económico de los sesenta: tomando como base 100 el año 1.900, se alcanzó el índice de 164 en 1.930, y se habría llegado a 228 en 1.950 y a 608 en 1.970. Durante los gobiernos de Franco, para 1.950 y 1.970 se alcanzaron unos índices de 136 y 363 respectivamente. Pero hay más: Según el economista Juan Francisco Martín Seco, en 1.939 el PIB a precios constantes (sin tener en cuenta la inflación) había retrocedido a los niveles de 1.914, y hay que retrotaerse al siglo XIX para encontrar su equivalente en PIB per cápita. El PIB de 1.935 no se alcanzó hasta 1.951 y la renta per cápita hasta 1.954. Y, en el reparto de rentas, un estudio de los años de posguerra de Higinio Paris desmiente categóricamente que la guerra hubiera “barrido” una real o supuesta “injusticia social”: los salarios reales de 1.948 eran de entre un 20 – 35% inferiores a los de 1.936 (según el Instituto Nacional de Estadística, un 50% menos). Y esto teniendo en cuenta que la renta nacional había descendido significativamente menos, “lo cual” – concluía – “indicaría una mayor desigualdad en la distribución”. Juzguen ustedes.
El “boom” económico de los sesenta se consiguió en virtud de una renuncia política que no se quería hacer, pero que no tuvieron más remedio (Franco y su mano derecha Carrero Blanco) que ejecutar para poder salvar el pellejo del régimen: para garantizar la salvación del régimen de cualquier contingencia política interna, era necesario abandonar la quimera de la autarquía y consentir la apertura política a través de la económica. Pero, hecho reconocido hasta por el viejo falangista José María de Areílza, los planes de desarrollo generaron una serie de fallos que ahogaron el potencial de crecimiento e hicieron que la distribución de sus beneficios, tanto por territorios como entre las personas, fueran muy perjudiciales hasta para el futuro político del país. España quedó atrasada económicamente en “diez o veinte años”, lo que tuvo consecuencias negativas en órdenes como el cultural, el progreso técnico y la evolución de la vida política nacional. Y que esto último lo diga Areílza esperemos sirva para que a algunos se les caiga definitivamente la lengua a la hora de repetir como loros que Franco trajo la verdadera democracia.
Más prosaica, aunque no por ello menos falaz, es la fantasía del desarrollo hídrico que hicieron famoso a Franco con el mote de “Paco Rana”. Quiérase que, de tanto ver en el NO-DO, los saltos de pantano en pantano del general inaugurando con la cohorte civil, militar y eclesiástica, uno podía llegar a creerse que en España iba a nadarse, si no en la abundancia, si al menos a nadarse. Pero, ya fuera por la pertinaz sequía o porque antes no teníamos pantanos y había que armarlos por doquier, el agua seguía escaseando.
No fue el régimen el descubridor, de la noche a la mañana, de los embalses. No lo fue tampoco la República, pero una de las decisiones más acertadas que tomó el ministro de Obras Públicas del primer bienio, el socialista Indalecio Prieto, fue mantener en su puesto a Manuel Lorenzo Pardo, como encargado de las obras hidrológicas. Lorenzo Pardo, posteriormente refugiado en una embajada madrileña durante la guerra civil por su ideario conservador (curiosamente, al igual que las hijas de Prieto), había trabajado previamente en los gobiernos de Primo de Rivera, puso en marcha junto a Prieto un ambicioso Plan Nacional de Obras Hidráulicas que, entre otros aspectos, incluía no sólo la construcción de presas, sino la de centrales hidroeléctricas, repoblación forestal y obras de regadío. El objetivo era no sólo aumentar la capacidad de agua embalsada, sino también que se dispusiera de mayor número de terrenos fértiles para ser trabajados. De este modo, se llevaron a cabo emprendimientos en las cuencas del Ebro y del Guadalquivir, con la construcción de centrales en el primero y de dos embalses, antes de la guerra, en el segundo; se construyó el pantano de La Maya, en Salamanca, y se emprendió un proyecto de trasvase entre los ríos Tajo, Júcar y Guadiana destinado al abastecimiento del pantano de Alarcón (al cual hace referencia el cartel del encabezado) y a favorecer el riego regular en el Levante y La Mancha.
Pero, con todo, el más famoso de los proyectos emprendidos fue sin duda el que se emprendió en la parte oriental de Extremadura y que por entonces se llamó las obras del Cíjara y que, en la dictadura de Franco, fue terminado en 1.957 con el nombre de Plan Badajoz. Manuel Díaz Marta, ingeniero hidráulico que trabajó en el equipo ministerial de las obras del Cíjara, y posteriormente fue catedrático en México y asesor en planes hidráulicos en el país azteca, Senegal o Polonia, expuso una serie de datos que desmienten la propaganda “pantanosa” del régimen. Entre 1.923 y 1.930, bajo los gobiernos de Primo de Rivera, los pantanos pasaron de almacenar 869,8 millones de m3 a almacenar 1.321,5 (lo que equivale a una tasa de crecimiento anual del 6,1%). A finales de 1.935 los embalses pasaron a almacenar 3.843,8 millones de m3 (tasa de crecimiento del 23,8%). Entre 1.940 y 1.952, se pasaron de almacenar 3.914,5 a 6.094,7 millones de m3, equivaliendo a una paupérrima tasa de crecimiento del 3,7 por ciento, inferior no sólo a la del período republicano sino a la de los gobiernos de Primo. Y aún diría más (cómo Hernández y Fernández): Josep Fontana, en la obra colectiva “España bajo el franquismo” antes referida, añade que, a los ritmos de construcción de 1.930-1.935, la capacidad de los embalses podía haber alcanzado en 1.952 los 100.000 millones de m3. Apenas se superaban los 6.000. Y en 1.966 sólo se habían llegado a 25.000 millones. No es de extrañar que, con “malaleshe”, una vieja historieta cómica de Kim, el dibujante de “Martínez el Facha”, ironizaba con la posibilidad de que el pantano inaugurado de la viñeta no fuera más que un charco de orín.
Como remate, durante mucho tiempo los viejos nostálgicos de mi barrio filosofaban en la barra de un viejo bar con la vieja idea de que con Franco la corrupción no existía, como otras muchas cosas que no pasaban en los tiempos de Franco (entre ellas, que en la barra del bar se pudiera poner en cuestión al gobierno, en aquellos momentos el de Felipe González). Hoy, Pío Moa nos reaviva la cuestión al escribir que las cosas buenas de la presente democracia (según él, la primera que existió en el país) proceden del franquismo, y las malas, como el terrorismo, la corrupción y las tramas clientelares, de los antifranquistas. ¿Actualización del viejo mito? Sea o no sea así, digamos que ese mito es lo que su nombre indica: un mito. A quienes en los años de posguerra se hicieron ricos a gran escala con las licencias de importación y el negocio a lo grande del mercado negro, hay que sumarles quienes hicieron negocio con sus “mayores servicios prestados” a la Causa Nacional para acceder a los puestos vacantes en las cátedras universitarios y el funcionariado en general dejados por los republicanos cesantes (no es broma: quien quiera ver la demostración de esto puede recurrir a las obras de Mirta Núñez o a “El atroz desmoche” de Jaume Claret, sobre la depuración profesional – a veces física – de la universidad republicana durante el franquismo). También se hizo con las incautaciones de bienes y multas a los implicados en la “adhesión a la rebelión” que significó mantenerse fiel a la República, y que en los casos individuales de Álvaro de Albornoz, Manuel Azaña o Juan Negrín supusieron una fortuna que ni siquiera tenían: cien milloncejos de pesetas (600.000 euros) de 1.939.
Pero fue en los sesenta donde el desarrollo económico abrió nuevas posibilidades de “hacer el egipcio” para el cobro de comisiones, el favoritismo y la especulación con los terrenos donde se iban a ubicar los llamados Polos de Desarrollo, núcleos industriales de provincias. Que estallara, por conveniencia, el caso Matesa como escarmiento político al Opus no implica que salieran, hasta mucho tiempo después, los de Manufacturas Metálicas Madrileñas, Calzados Segarra, Inversiones Gibraltar, Aceites de Redondela (Reace) o todas las inmobiliarias que quebraron misteriosamente sin que los culpables de timar a los ahorradores fueran sentados en el banquillo. Observemos esta cita de Manuel Vázquez Montalbán, lo suficientemente explícita:
“…En los años cuarenta y cincuenta […] el dinero español se iba a Cuba, bajo la protección de Batista y la mafia norteamericana o a Santo Domingo, donde el benefactor Trujillo parecía disponer de un crédito político sin límites […]En las empresas del INI, dirigido por su compañero de infancia y padre de la economía autárquica Juan Antonio Suances, los consejos de administración llenaban de sobresueldos los bolsillos más leales del movimiento y la especulación del suelo […] pobló de millonarios ex falangistas ex auténticos, nostálgicos de la «revolución pendiente» nacional sindicalista todas las costas del litoral español […] en uno de los esfuerzos más miserables y mezquinos de destrucción de un paisaje.”
Recuerdo una cita de un libro de texto, perteneciente a John Maynard Keynes, que dijo que una de las utilidades de estudiar Economía era la de que, de este modo, uno no se vería engañado por los economistas. Así, una de las utilidades de estudiar Historia es que uno no se vería engañado por los historiadores. Mi propósito no es engañar: puedo equivocarme o errar por omisión al desconocer algún dato o no haber leído los suficientes libros (¡tanto me queda por leer!), pero todo lo que pongo aquí es cierto. No he sacado de contexto nada. Otros, torticeramente, manipulan palabras y dicen Diego donde dijeron digo. Y esas mentiras no son nada piadosas.

LOS SOCIALISTAS OLVIDADOS POR LOS SOCIALISTAS

Es casi un axioma que las generaciones que vienen detrás hagan una clara ruptura con las precedentes. Incluso dentro de una misma generación, el pensamiento que se mantenía a los veinte no es el mismo que a los cuarenta, como definió el político francés George Clemenceau: “quien a los veinte años no ha sido anarquista, es un imbécil; pero quien sigue siéndolo a los cuarenta es más imbécil aún”. No sé hasta que punto Clemenceau llevará razón ni si necesariamente ha de cumplirse la primera de las opciones. Con mi padre me he llevado mis buenas broncas, pero quizá porque también me estoy haciendo viejo (sí, aunque tenga 28 años, asumo que no voy a ser siempre el mismo jovenzuelo y a veces dudo de que siga siéndolo a los 35 o los 40), considero que nuestros motivos de cercanía son mayores que los de fricción.
Con el Partido Socialista, sin embargo, parece ocurrir justo lo contrario que lo que nos pasa a mi padre y a mí. Los puntos de fricción con las generaciones pasadas son más, cuando no el todo absoluto, que los puntos de contacto. Mientras a mí me gusta escuchar sus viejas batallitas, aunque reconozco que a veces se repite y ya conozco la historia a la que se refiere, los socialistas del PSOE actual deben acumular volúmenes en las fundaciones Pablo Iglesias o Largo Caballero con el único objeto de dar trabajo a las mujeres de la limpieza (ignoro si también habrá hombres de la limpieza) y que, al menos, esos puestos de trabajo no sean destruidos por un partido que, a estas alturas, anda más en connivencia con el empresariado que con el trabajador. No son los únicos.
Tal bibliofobia, o esmerado cuidado por parte de “quienes tienen que servir” y pare usted de contar para uso y disfrute de los ratones de biblioteca, que no sobran precisamente en el PSOE de hoy día, es un contraste muy serio en un partido fundado por un obrero tipográfico y que contó entre sus filas con trabajadores manuales como el referido Largo Caballero, primer socialista que accedía a la presidencia del gobierno, en unas circunstancias mucho más difíciles que a las que jamás accedió ningún otro presidente en (el retorno a la) democracia, pero también con juristas, médicos, periodistas, catedráticos de universidad, empleados de banca a quienes hoy, junto con su ideario, echan al olvido. “Todo sin el pueblo y además contra el pueblo”, piensan hoy nuestros próceres socialistas que camuflan el interés general con el que no peguen muchas hostias los mercados y el PP se quede calladito mientras hacemos lo mismo que éste haría en nuestro lugar.
Ni siquiera el presidente del Congreso, José Bono, hijo de un falangista bien situado al que llevó la contraria en su día para después (hemos de colegir de sus actos) hacerse perdonar con su carrera política, convertida en el arte del guiño alternativo a izquierda y derecha, que es toda una transformación de sus ojos en los cuatro intermitentes del coche (ergo señal de emergencia, pero no sabemos de qué), ha tenido la sensibilidad suficiente para, sentado en el sillón que ocupó Julián Besteiro, no referir una palabra de condena al golpismo antirrepublicano de Mola, Sanjurjo, Franco, Queipo de Llano, Goded y compañía ni al régimen victorioso que se alzó tras la guerra civil que, a sangre y fuego y con la saña que siguieron empeñando después, impusieron en España.
Bono, ese hombre, manipuló el discurso de “Paz, Piedad, Perdón” o de “Las 3 Pes” que Azaña pronunció en Barcelona en 1.938 para igualar – ¡otra vez! – a los farisaicamente llamados bandos, es decir, los rebeldes y el gobierno legal de España y su legítimo régimen republicano. Azaña, con todo su pesimismo de aquellas fechas, y que tan nervioso ponía al jefe de gobierno Juan Negrín, quien no obstante autorizó a que ese discurso de Azaña fuera transmitido y difundido a toda la España leal, nunca consentiría que se igualasen en legitimidad de lucha a los que querían entregar al país al fascismo y quienes defendían la democracia. Que se abriese la senda de una reconciliación nacional, incluso mediante una mediación internacional, de acuerdo; pero nunca un líder democrático podría asumir jamás que quienes se alzaron en armas contra el gobierno legal tenían el Derecho y la razón de su lado, como los historiadores se han ido encargando de demostrar y Bono, por ciencia infusa, de desmontar de una tacada. El propio jefe del Estado republicano ya se refirió, en un discurso previo, a que, si los republicanos hacían la guerra, “una guerra terrible” era “porque nos la hacen”. No porque quisieran. Y, para que el propio Don Manuel estuviera, desde su tálamo de Montauban, aún más en desacuerdo con el hoy presidente de la Cámara Baja parlamentaria, sólo podemos recordarle lo que escribió al poco de morir sobre la situación cultural de la España triunfante: “Sin haberse retirado la ola de sangre, ya se abate sobre España la ola de la estupidez en la que se traduce el pensamiento de sus salvadores […] Quieren hacer un imperio vertical y azul […] Como yo propuse hace unos años, será cuestión de cambiar el animal heráldico del escudo y sustituir el león por una mula”. La cosa, en mi modesta opinión de contradictor, está clara.
Pero este accidente mental e histórico de José Bono, cuya incontinencia verbal le ha sometido ahora a calificar al grupo mediático Intereconomía de malhechores (hoy guiño a la derecha, mañana guiño a la izquierda, pero creo que más que nada será por “destapar”, aunque de mala manera, su patrimonio personal), no es un caso único. Si hoy la Ley de Memoria Histórica es, como la de Dependencia, manifiestamente mejorable, es porque, como ha calificado el investigador Francisco Espinosa, un mero parche con el que procurar salir de una situación de la que, ni en los mejores días del socialismo de Felipe González, el PSOE se quiso enfrentar con ella. Tal vez porque aquel socialismo se basó en la célebre frase, atribuida por unos a Deng Xiaoping, otros al propio González, de “gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones” y que otros tradujeron como “no importa lo que robes, siempre que no se note y que el país funcione”. El apoliticismo vino acompañado de ahistoricismo; algunos creyeron ver a Franco en sueños torturándoles los genitales mientras se trabajaban a una “chorba” en sus veraneos dorados de Marbella y, de este modo, los nuevos socialistas se olvidaron de aquellos otros que se pagaban sus lujos de su bolsillo y no de los fondos reservados y no dudaban en acudir a las barriadas obreras no sólo en campaña electoral. Felipe González, “Isidoro” en sus tiempos mozos de clandestinidad bajo un emparrado de vendimia francesa, homenajeó a los republicanos y a los sublevados nacionalistas en 1.986 al equiparar el coraje de quienes lucharon por la democracia con armas de la guerra de Cuba y a quienes lo hicieron por “una España distinta” (¿ein?) con los más modernos aeroplanos, tanques y cañones provenientes de Alemania e Italia. Aquí paz, después gloria, y viva el lujo y quien lo trujo. Quizá anduviera por allí el rey, y ya sabemos que si anda el rey por allí, no se puede hablar mal de su “padre político”.
He decidido traer a la memoria, como insisten algunas personas, a ciertos socialistas ilustres, ya que son muchos los anónimos y sería necesario todo el ordenador central del CSID para almacenar los nombres y las biografías de quienes se han olvidado los (también las, que el olvido no entiende de sexos) socialistas del presente. Es curioso que, entre quienes, sin embargo, no olvidan, se encuentren ediles del PSOE que su partido desprecia escuchar para tan espinoso tema. En el programa “Salvados” de La Sexta que trató esta cuestión, observé el caso de la alcaldesa de un pueblo de Ávila que no puede sacar a su abuelo del lugar donde está enterrado y que, directamente, habla muy mal de una ley que impide a los familiares contar con la asistencia (menos aún hace que sea el Estado quien asuma, como se ha hecho en otros con menos recursos que el nuestro, las labores de búsqueda y exhumación de cadáveres) de las administraciones públicas. Y no digamos nada con algo tan sencillo como anular las sentencias de los tribunales franquistas. Por lógica, un estado alzado sobre una ilegalidad no puede tener tribunales legales, por lo que sus fallos son obviamente ilegales. Y más cuando condenan por “asistencia” o “adhesión a la rebelión”… ¡a quienes se mantuvieron leales a la República!
Julián Besteiro, que da nombre al colegio de primaria en el que yo estudié la EGB, y por el que paso delante todos los días para ir a por el pan, al estanco o al quiosco, fue catedrático de Lógica en la Universidad de Madrid (la actual Complutense). En el seno del PSOE da nombre a una escuela de verano y el ayuntamiento de Tierno Galván le dedicó el nombre de la escuela. Fue presidente de las Cortes Constituyentes de la República, aunque se mostró reacio a que los socialistas participaran en el gobierno republicano. La corriente derechista del partido en la que figuraba pronto se vio marginada, aunque era muy querido en Madrid y figuró siempre entre los socialistas más votados en la capital, tanto en las elecciones de 1.933 (en las que el PSOE concurrió en solitario) como en las de 1.936 (dentro de la coalición del Frente Popular). Durante la guerra civil, se vio imbuido de tesis anticomunistas que perjudicaron en la capital la imagen del gobierno de Juan Negrín, al que consideró, falsamente, un títere comunista, y fue el líder civil que el coronel Segismundo Casado eligió para mediar con Franco cuando su Junta de Defensa Nacional desalojó del poder a Negrín en marzo de 1.939. Franco tuvo piedad de Casado; no así de Besteiro, a quien confinó a prisión perpetua. Murió enfermo en la cárcel, compartiendo el destino de otros presos, tal como quiso. Su sentencia no ha sido revisada. Si fuera por la Fiscalía del Estado, cuyo fiscal general es nombrado por el gobierno (hoy socialista), crímenes como éste no se juzgarían ni revisarían jamás. Lo están demostrando al poner palos en las ruedas a la causa abierta en Argentina.
Julián Zugazagoitia Mendieta, también conocido en los ambientes periodísticos con el sobrenombre de Fermín Mendieta, es mucho más desconocido que Besteiro. Periodista y escritor bilbaíno como su admirado Tomás Meabe, perteneció a la corriente prietista del PSOE durante la República y fue director del órgano oficial de prensa del partido, El Socialista. El diario se acabó convirtiendo, bajo su égida, en un referente periodístico y su impronta estuvo marcada por la no difusión de éxitos militares republicanos hasta que no estuvieran probados y la condena explícita de los crímenes cometidos por “incontrolados” en la zona del gobierno. Ministro de Gobernación y secretario general de Defensa Nacional durante la etapa de gobierno de Juan Negrín, se distanció de Prieto con delicadeza y fue un mediador entre Prieto y aquel con objeto de restablecer la antigua relación personal y política entre los dos hombres. Atrapado por la Gestapo y agentes policiales del Estado franquista en la Francia ocupada, fue condenado a muerte por los tribunales de Franco y fusilado en las tapias del cementerio del Este (La Almudena) de Madrid en 1.940. Esa sentencia no ha sido anulada. Antes de morir, escribió un libro sobre la guerra civil desde el lado de la República que, por su ponderación y mesura, se convirtió en obra de referencia para los historiadores. Su título, “Guerra y vicisitudes de los españoles”.
Marcelino Pascua, canario de Las Palmas, murió en el exilio. Doctor en Medicina y especialista en epidemiología, fue director general de Sanidad durante el primer bienio republicano (1.931-1.933) e ideólogo del primer sistema sanitario público de España. En aquella época, fue cuando los hospitales pasaron a ser dependencia de la administración estatal, algo de lo que se “quejó”, como si se tratara de una hecatombe, el falangista Pedro Sainz Rodríguez. Formó parte del patronato que gestionó los bienes expropiados a la Compañía de Jesús en 1.932. Pascua desempeñó durante la guerra los cargos de embajador de la República en Moscú y París, encargándose, desde la legación soviética, de colaborar en la recepción, contaduría y levantamiento de actas del oro enviado por la República a la URSS. Desconozco si a Pascua, que ha sido definido por Ángel Viñas como “el mejor embajador de la República” (y eso pese a la notable presencia de De los Ríos, Jiménez de Asúa o Pablo de Azcárate, entre otros, bregando en Praga, París o Londres) se le han dado los homenajes que han recibido, por ejemplo, Vera y Barrionuevo (aún me duelen las retinas de ver a tantos militantes despidiéndoles a la puerta de la cárcel, como si fueran angelitos…).
Ídem de lienzo le ocurre a Luis Jiménez de Asúa. Especialista en Derecho Penal, Asúa desempeñó el cargo de diputado por las provincias de Asturias y Granada en las diferentes Cortes republicanas. Jiménez de Asúa fue ponente constitucional, vicepresidente de las Cortes y embajador de la República en París y Checoslovaquia. Fue defensor de los mineros encarcelados por la rebelión de Asturias de 1.934 y estuvo a punto de perder la vida en un atentado cometido por los falangistas apenas se formaron las nuevas Cortes elegidas en febrero de 1.936. El juez absolvió al culpable por “deficiente mental”, y Prieto defendió entonces que fuera enviado como embajador. Desde Praga, y con la colaboración de su discípulo en la Universidad de Madrid, el escritor Francisco Ayala, montó una red de información valiosísima para los republicanos. En su exilio argentino, siguió dando clases y fue presidente de la República extraterritorial en los años sesenta.
Fernando de los Ríos Urruti, nacido en Ronda pero afincado en Granada desde pequeño, fue el máximo exponente de lo que se dio en llamar el “socialismo humanista”. Veterano socialista que fue discípulo de Pablo Iglesias, sobrino de Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza y catedrático de Derecho que ejerció de rector de la Universidad de Granada, De los Ríos fue el tercer ministro (junto con Prieto y Largo Caballero) socialista que estuvo presente en el gobierno provisional de la República. Desempeñó el cargo de Ministro de Justicia, desde el cual elaboró una profunda reforma del Código Civil destinada a erradicar la desigualdad jurídica de la mujer (toma “ista, ista, Zapatero feminista”) y abrió el acceso de las féminas al funcionariado y la notaría, colocando a la republicana Victoria Kent en el puesto de Directora General de Prisiones. En Instrucción Público, prosiguió la labor de Marcelino Domingo en la construcción de escuelas y la profundización de las reformas educativas destinadas a la implantación de la libertad de cátedra, asegurar el laicismo y la libertad de conciencia del alumno y modernizar los planes de estudio. Durante la guerra, fue embajador en París y Washington, contando con las simpatías de la opinión pública norteamericana (aunque sin el apoyo gubernamental) a la causa de la República. En el exilio, se dedicó a la labor docente en la Universidad de Georgetown. Una calle le recuerda hoy en su ciudad, sin más homenajes, mientras su tumba del cementerio civil de Madrid se llena de polvo. A su discípulo y amigo Salvador Vila Hernández, fundador de la Escuela de Estudios Árabes y rector universitario en la ciudad nazarí, lo asesinaron los nacionales junto con el alcalde, el general leal Campins o García Lorca, entre otros muchos.
A Juan Negrín, junto a otros 35 militantes socialistas entre los que destacan Julio Álvarez del Vayo (antiguo ministro de Estado), Amaro del Rosal (director de la Caja de Reparaciones, medio por el que muchos emigrados republicanos pudieron subsistir en México) o Max Aub (dramaturgo y novelista valenciano) sólo le recuerdan hoy en Las Palmas y a través de una fundación que conserva sus archivos, vitales para entender que sus decisiones no obedecieron a dictados de Moscú ni del Partido Comunista de España. El único en quien se confió para jugarse el tipo como jefe del gobierno de una España en guerra, con la misión de reconstruir el aparato estatal republicano y vencer a los nacionalistas, hizo lo primero e intentó, con la máxima de la resistencia, lo segundo. “Fue lo más parecido que España tuvo a un De Gaulle, pero perdió”, dicen de él Ángel Viñas y Fernando Hernández, historiadores. Apoyándose en los comunistas, los únicos verdaderamente entusiastas a quienes encontró, vio quebrarse sus esperanzas de vencer a la caída de Cataluña. ¿Resistir para qué?, pensaron muchos entonces. Resistir para que, en su victoria, Franco no siembre España de cadáveres, para que puedan huir quienes se encuentren más comprometidos. No pudo hacerlo. “Después de esto, yo sólo aspiro a vivir tranquilo, como antes”, confesaba al agregado militar francés Henri Morel. Su vida anterior era la de catedrático de Medicina, especialista en Fisiología de fama internacional y formador de futuros expertos como Rafael Méndez o Severo Ochoa. Encargado de las obras de la Ciudad Universitaria, sus tres hijos (como Paco Largo, el hijo de Largo Caballero) estuvieron en el frente.
Y no quiero olvidarme de otros menos conocidos como Francisco Cruz Salido, jienense como mi familia, que fue compañero en la redacción de El Socialista de Zugazagoitia y que fue también condenado a muerte junto a “Zuga”. Ambos están unidos en su sepultura como estuvieron ante el pelotón del Cementerio del Este. O de Claudio Sánchez, alcalde de Arroyo de San Serván que se opuso al fusilamiento de falangistas y derechistas locales y que murió asesinado por el chivatazo de los anteriores y su cuerpo echado a las alimañas del campo, para que su hijo encontrara al final nada más que un zapato. O de Tomás Centeno, apresado por la policía franquista y torturado por ésta para acabar probando si podía desafiar a la gravedad saltando por la ventana, “costumbre” muy usada por los presos de entonces.
Que los socialistas de hoy muestren tan poco respeto por los socialistas de ayer no debería resultarnos extraño. Y sin embargo nos resulta. No debería, porque en general parecen mostrar muy respeto por nadie del pasado democrático de nuestro país. Quizá sea una tónica general. Quiero resistirme a creerlo.

viernes, 29 de julio de 2011

LAYLA


Cuando la noche se llena del ambiente y del humo con que el jazz se hace presente, una máquina del tiempo se activa y es entonces, sólo entonces, cuando subo al escenario.
Esa es la especie de ritual que mantengo y que algunos, desconocedores de esta historia, suelen confundir con el pánico escénico. Según estas personas, actúo por capricho o por canguelo si no siento las vibraciones más positivas cuando el público no rebaja sus exigencias o no tengo un cierto nivel de confianza previa. Y entonces, la sesión es un petardo o simplemente no salgo al escenario alegando una indisposición de última hora o cualquier otra excusa peregrina.
Pero esto sólo me ha ocurrido en cuatro casos mal contados, y por casos de fuerza mayor que no tienen que ver con vientres sueltos, indigestiones. Quizá con ingestiones de alcohol y drogas, duras o blandas. Los vicios habituales. Lo que si es cierto es mi necesidad de tener esas vibraciones positivas, pero no necesariamente del público, con los debidos respetos, sino del ambiente en su sentido más etéreo. Necesito empaparme de su electricidad para evocar el recuerdo de una mujer a quien acaricié como ahora, y como nunca a la vez, acaricio las cuerdas de mi guitarra.
Toco por ella, y necesito sentirla cerca. Aun sabiendo que se encuentra lejos de aquí y de mí.
Los músicos de la banda tenemos cada uno nuestra adicción, de la más prosaica a la más espiritual, incluso en combinación. Del perico a la estampita del Cristo del Gran Poder, y sea por lo que sea, su funcionamiento a la hora de presentarse o no a la escena está fuera de toda duda. La ventaja que estas adicciones tienen, en el caso del resto de miembros, es que cuando quieren desintoxicarse de ellas, nada más tienen que acudir a una clínica o a una procesión para volver como la seda a la hora de la siguiente actuación.
Lo mío, sin embargo, no tiene arreglo.
Por eso, en algún momento, en cualquier sitio, entre las mesas del fondo de la sala, más entrevista que nítida, más imaginada que real, pienso que está allí, que ha venido, aunque su presencia no sea más que una invención de mi mente que sólo existe en el transcurso del concierto (y a salvo del tiempo), y que más tarde sólo el remedio de otros brazos atenuará el dolor que causa despertar de ese imaginando, pero no lo alivia definitivamente.
No intuyo; sé que esta historia no tiene final feliz. A veces creo, hasta deseo, que lo tiene para ella, aun al precio de condenarme a amores tan fugaces como corteses. De esos que acostumbran a dejar los marineros en cada puerto. Los dejo tras cada actuación, tras cada vuelo por el pentagrama y cajetilla de rubio compartida con la muchacha que mostró su admiración y generoso escote por esa pieza que sonó mejor que el Sonny Rollins o el Grant Green originales. Al no hacer promesas a la partida, el fugaz encuentro queda como un broche de oro espléndido a la actuación. Pero para mí se ha convertido en lamentable costumbre acumular muescas y no ganar el duelo.
¿Y si esta vez ella ocupara la silla de aquel hueco?, me digo en el ensayo, mientras probamos sonido, se saca brillo a los metales con el cuidado de quien abrillanta los cubiertos o el contrabajista acaricia la delicada madera de su instrumento. Observo sus dedos y los míos recuperan la memoria de los días en que, como el vuelo de una mariposa, se posaban los míos sobre la piel de su vientre y sus caderas, acariciándola como las cuerdas de la guitarra. Su cuello, como el mástil, giraba hasta el encuentro de mis labios en una melodía sensual y perfecta en las noches de amor. Mis dedos acariciaban el cuello y se deslizaban en arpegio hasta su sexo, momento en que un grito ahogado anunciaba el inicio de otra melodía, más encendida y pasional.
Pero no había oportunidad de ganar el duelo, igual que ahora. Podía ser el músico y que ella fuera la musa. Hacer muescas de infidelidad sobre la pared de su conventual fidelidad de noviazgo años setenta. Pero había cosas que, aun sabiendo que haría con el corazón, su cabeza no estaba en condiciones de asumir.
Quizá por eso no conservo más que la guitarra eléctrica de mis orígenes musicales, casi coincidentes con aquel amor de juventud. Sólo por ella no me he resignado a deshacerme de un instrumento al que, en más de una ocasión, hubiera deseado prender fuego, en medio de un arrebato de cólera o de melancolía alcohólica. Por paradójico que resulte. Somos contradicción.
Aquella chica destinada a matrimonio de sociedad se escapaba a su destino con el guitarra de una banda que versionaba a The Animals, The Doors, Grateful Death, Credence o Eric Clapton. Carne de cañón para unos, futuro brillante para otros, el mundo del rock’n’roll no parecía estar hecho, de cualquier modo, para las delicadezas de una señorita casadera. A veces me pregunté si no estuvo acaso dándose un capricho conmigo, un regalo anticipado de boda a mi costa. Aprendiendo un Kamasutra práctico. Pero sé que no fue así. Se dio conmigo de forma sincera y no olvidaré sus lágrimas al pedirle lo que no estaba en su mano poder dar.
Supe que no estaba en su mano porque, aunque mi cabeza no quisiera o no pudiera entender (“don’t let me be misunderstood”, parecía decirme, y acabé haciendo lo contrario), entendí con la imagen de su llanto en el último concierto al que asistió, y en el que la perdí para siempre, que aunque quisiera, había algo que le impedía acceder a mi petición de ser algo más que amantes secretos.
¿Fui egoísta? Cada día pienso más que sí. No sé si alguien con otro temple hubiera aceptado salir con ella sabiendo que estaba comprometida, y de qué forma. Yo lo hice, asumiendo que en tales circunstancias las dificultades son máximas y las relaciones pueden acabar con más facilidad que en otras situaciones. No debí haberle pedido que abandonara, que renunciara, a más cosas aún. ¿A qué renunciaba yo? Al contrario, todo lo que hacía era ganar sin arriesgarme. Y, sin embargo, en aquel concierto acabé tocando algo que cualquiera, como hizo ella, interpretaría como un ultimátum.
“Layla”.
Aquella canción de Clapton pidiendo a su enamorada que dejara a su viejo hombre, que él le había ofrecido unos brazos y un consuelo, que quién cuidaría de ella cuando aquel le fallase, que oh Layla, me tienes a tus pies, aclara esta mente atormentada, no me digas que este amor fue en vano… Si a Clapton le funcionó, a mí tampoco.
Tocamos con rabia, con dolor, como si se nos fuera alguna constante vital en el empeño y quisiéramos recuperarla con la nota siguiente. Empujados por mi rabia, mi dolor y mis constantes vitales, al borde del colapso. Las vibraciones de las notas de la guitarra y de mis cuerdas vocales eran como puñales directos a su mente. Como hoy, como todos los días desde entonces, no supe dónde estaba ella y, sin embargo, la sentía muy cerca, a pesar de la marea que era el público del colegio mayor que, estremeciéndose y gritando cada “Layla” como un terremoto, nos aturdía como una gigantesca ola apasionada.
Fue nuestro último orgasmo conjunto. Triste, lejanos el uno del otro, sentido como una punzada en el interior. Penetrante y sentimental. El final de aquella canción, con su llanto lejano entre sus aplausos, supe que era el final de nuestra vida en común. No podía decir nada, ni diría nada, porque su llanto de imposibilidad decía más que cualquier palabra.
El tiempo pasado me dejó el recuerdo de aquel día y el exorcismo previo a cada concierto de necesitar la electricidad de aquel día cargando el ambiente, aunque sólo sea en mi imaginación y en mis sentidos. Sólo así, evocando esa despedida triste, la manera en que nuestras mentes y nuestros cuerpos volvieron a unirse y separare, con una violencia y un amor fuera de toda medida, puedo salir a entregarme a otros públicos, a otros mundos y otros ojos.
Sabiendo que aquel día ella y yo nos amamos como nadie se amó nunca…

miércoles, 27 de julio de 2011

¡VIVA PORTUGAL!

Recuerdo un artículo del escritor gallego Manuel Rivas que se titulaba “El club de Portugal”. Me pareció una buena idea eso de expedir carnés de adhesión prolusitana, aunque haya quien se resista, siguiendo la máxima de Groucho, a pertenecer a un club que le admitiera como socio. Las facilidades de las redes sociales, donde uno puede hacerse fan de causas tan descabelladas como las señoras que agachan el paraguas dispuestas a sacar un ojo al transeúnte más cercano o los rizos del cantante David Bisbal, han hecho que el deseo de Manuel Rivas acabe siendo más fácil, aunque también los criterios de admisión sean de los más laxos.

Habría que crear una iniciativa en facebook a través de la cual uno pudiera pulsar sobre el icono de “Me gusta” a una página dedicada a todas las formas de preparar y degustar el café en Portugal, que si es el bacalao lo que tiene fama de ser preparado de mil y una maneras, no lo son menos los cómo de tomarse un café en Lisboa, en el café del Chiado, enfrente de la Livraria Bertrand y a la sombra perenne de Fernando Pessoa esculpido en bronce. También son mil y una las noches del Barrio Alto, con su mezcla de estilos, desde la languidez del fado con una copa de Oporto o de Reguengos a la noche más movida con un mojito en la mano. Y mil y una las inmensidades desde las que uno puede encaramarse y sorprenderse del infinito: desde el paisaje sin fin de la planicie y la montaña en Marvão, apenas llegado desde España; hasta la ruptura abrupta del océano en invierno en los acantilados de Sines o de Viana. Como en la película de “Cabaret”, en Portugal podría decirse que hasta la tuna es hermosa, rareza desacostumbrada para un país como el nuestro donde la huida despavorida ante los desprestigiados tunos es costumbre, mientras en Oporto o Coimbra es uno de los mayores deleites.

Ningún mercado absurdo de los que hoy atacan con saña los países meridionales de Europa han sufrido nunca de amores con un rebetiko entre las antiguas tabernas de Esmirna (mucho menos han bailado de la mano de Anthony Queen su famoso sirtaki), ni han adivinado jamás las maldiciones que se le iban a lanzar en los posos de un café en un bar de Rodas o El Pireo. Si lo hubieran hecho, se hubieran abstenido de lanzar males de ojo a los griegos. De igual modo, no puede esperarse que sientan emoción alguna por los fados de Amália ni sientan abrirse algo en su alma al escuchar “Estranha forma de vida” o “Povo que lavas no rio”. Como mucho, sabrán donde está el Algarve de los Ferraris y las urbanizaciones de lujo, pero nunca se perdieron por Alfama ni se les vio cantar fados de Coimbra, igual de hermosos pero menos dramáticos.
Asociado siempre a la nostalgia, y muchas veces por razones que convenían al trasnochado fascismo del dictador Oliveira Salazar (para quien un pueblo triste y abnegado en su miseria no se alzaría contra su tiranía), el fado habla de pasiones que, como tales pasiones, pueden ir desde el extremo heroico a la tragedia o sumergirse en el recuerdo por el amor que partió (figurada o literalmente, como en el caso de “Laurindinha”). Pero la cantante Mariza ya se encargó de reproducir en una canción toda una declaración de intenciones al respecto: “Se ser fadista é ser triste, então eu não sou fadista”. Y es que muchas veces el fado es una declaración de intenciones, un “A Dios pongo por testigo de que…”, pero sin las estridencias de Escarlata O’ Hara. Para cantarlo, el hieratismo es virtud.

Ocupando Portugal una alargada faja de unos noventa mil kilómetros cuadrados, una extensión apenas más grande que la de Andalucía, nuestro vecino atlántico pasa por la vida despacio, como si no quisiera que se le notara demasiado, con discreción. Uno lo compara con Cristiano Ronaldo, su deportista más famoso, y no se explica cómo él o José Mourinho pueden ser realmente portugueses. Gente cordial, con la sonoridad especial de su lengua, merced a la cual hasta los insultos suenan menos ofensivos que en nuestro bizarro y faltón castellano, tienen un país tan desorganizado y hasta posiblemente igual de corrupto que el nuestro. Pero en su carácter tranquilo, que algunos confundimos extrañamente con la tristeza, y en su menor agresividad, como refirió el jienense Antonio Muñoz Molina, hay algo que le confiere un sabor diferente. Sus edificios, por ejemplo, acreditan esa condición de decadencia digna, decimonónica, de la que se ven impregnados los propios portugueses. Si no fuera por las piedras irregulares y gastadas de sus aceras, podría caminarse horas y horas por Lisboa, Oporto, Coimbra, Aveiro – la llamada “Venecia portuguesa” – o las capitales de sus hermosos archipiélagos.

Y recuerdo, para dar fe de esa menor agresividad, la noche de un viaje que hice con dos amigos a la capital lusa. En un local de Barrio Alto que, de puro lleno como estaba, acabamos junto con otros muchos tomando nuestra consumición en la calle. El nivel de ruido en el exterior era mínimo, las conversaciones suaves, las risas leves aunque francas. Dos policías de seguridad pública (PSP), equivalentes a policías nacionales españoles, pasaron por entre la gente y no dijeron esta boca es mía. Situación impensable en, por ejemplo, La Latina. No en vano, tengo noticia de que han aparecido pintadas mezcla de humor y mala uva en el mismo Barrio Alto, en las que puede leerse, en la lengua de Camões, “Turista, si quieres armar ruido, vete a España”.
Portugal, el país triste, fue escenario de una alegría colectiva que no nos permitimos los españoles del ruido y la fiesta, la traca valenciana, los encierros pamploneses y las sevillanas en el Real de la Feria. Su viejo complejo de no desear ser un país pequeño le llevó a embarcarse en aventuras imperiales, con o sin rey, que a larga le perjudicaron, como reflejó el incontenible genio cinematográfico de Manoel de Oliveira en “Non, o la vana gloria de mandar”. Pero fue grande al protagonizar la que se ha dado en llamar la última revolución romántica: el Veinticinco de Abril o la Revolución de los Claveles. Mezcló lo trágico – los cuatro muertos causados por un tiroteo de la policía política salazarista – con lo cómico – la equivocada impresión de un brigadier de la dictadura que fue a felicitar a las tropas… revolucionarias de la Plaza del Comercio –, y el heroísmo – el capitán Maia enfrentándose desarmado y con fortuna a una columna enemiga que acabó uniéndose a sus tropas – con la improvisación – la salida imprevista del pueblo a la calle, en señal de apoyo a sus libertadores y el reparto de claveles a los soldados –. Aquellas imágenes dieron la vuelta al mundo, incluyendo la España gris del senil Francisco Franco, encendida de un rojo vergüenza al ver cómo, al año siguiente, la embajada en Lisboa era asaltada al grito de “Espanhois fascistas!” en protesta por los últimos fusilamientos en vida del general.

Reconozco ser un enamorado de Portugal, un país que no se merece lo que le está pasando ni lo que le están haciendo los habituales hacedores de enredos. José Afonso, el autor de “Grândola vila morena”, la canción con la que se dio señal de inicio a la revolución, explicaba cuando estaba inmerso en la enfermedad que iba a costarle la vida que a él le salvaría otro Veinticinco de Abril. Quizá sea esa la salvación de Portugal, cuando no del mundo entero, un día tan cercano a mi amado Catorce del corriente. Quizá, algún día, nos recuperaremos de esta crisis - ¡a qué precio! –, pero a lo peor lo hacemos con meses que no tengan días veinticinco ni catorce (o directamente, como en la canción de Sabina, nos habrán robado el mes de abril) y no recordaremos ese otro espléndido fado que, como enfrentándose anticipatoriamente a la espiral del consumo, nos decía “Tenho uma saia rodada /não preciso de mais nada”.

sábado, 23 de julio de 2011

UNA CONSTITUCIÓN DE FUTURO ESCRITA EN EL PASADO

El mes de julio no es un mes sólo de recordatorios fúnebres. El día 14, además del aniversario de la Revolución Francesa, se conmemoraron ochenta años, los mismos que cumplió nuestra Segunda República, de la inauguración de las Cortes Constituyentes de esta última, en claro homenaje a la primera y a su universal lema de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”.

Con una mayoría en las Cortes de partidos republicanos, en especial de izquierdas, salida de las elecciones celebradas a principios de ese mes, fruto del impulso entusiasta con que había sido recibida la República y bajo el shock en que habían quedado los partidos monárquicos tras su derrota de abril, la elaboración de la Constitución estuvo encomendada a una comisión en la que figuraron Clara Campoamor, una de las tres primeras mujeres diputadas de unas Cortes españolas; el abogado Ángel Ossorio y Gallardo, antiguo monárquico y abnegado defensor del nuevo régimen; y el penalista Luis Jiménez de Asúa, socialista y uno de los más afamados especialistas en su campo a nivel internacional. Asúa fue el principal impulsor del alto contenido de artículos de aquella constitución decididamente progresistas y en favor de las clases populares.

La constitución que se aprobó, el 9 de diciembre de 1.931, estuvo inspirada por dos de los modelos de constitución más avanzados que existían por aquel entonces en el mundo: la de Weimar, de la no hacía mucho tiempo proclamada República Alemana; y la de Querétaro, del México revolucionario. Además, ligados sentimentalmente con la Francia de la Tercera República, los miembros de la comisión también estuvieron influidos por las ideas del vecino del norte. El resultado fue una de las constituciones más avanzadas del mundo en su época y excepcional lección para el futuro, pese a su corta vida y a las dificultades que supuso sobre todo la aprobación de un articulado religioso que puso en pie de guerra a la jerarquía eclesiástica y a los sectores reaccionarios que la apoyaban, que hicieron bandera política de la “persecución” religiosa.

¿Por qué? Sorprendentemente, la actual constitución española, si bien esto es afirmado en ocasiones con la boca pequeña, es declarada como heredera de aquella constitución republicana. Esto es una media verdad. Hereda algunas de las instituciones y principios que estaban recogidos en la carta magna de 1.931, como el Tribunal de Cuentas, el de Garantías Constitucionales o el actual Estado autonómico, que la República definió como “Estado integral”, a caballo del centralismo y el federalismo. Pero en otros puntos es claramente un retroceso: la monarquía y el bloqueo al trono a las féminas, algo que no sucedía con la elección de la persona que ocupara la presidencia de la República, además de su inviolabilidad jurídica; la situación de la Iglesia, más beneficiada por un Estado aconfesional que no llega a ser laico y que le permite inmiscuirse en la tarea docente y otros asuntos de la vida civil; o el bloqueo a su reforma, requiriendo en todo momento dos tercios de diputados mientras la republicana solo exigía éste quórum durante los primeros cuatro años de vida de la constitución (es decir, hasta el 9 de diciembre de 1.935). En muchos casos, los avances que hayan podido experimentarse desde la fecha de 1.931 hasta 1.978 quedan descompensados tanto por estos retrocesos, fruto de los pactos transicionales, como por el hecho de que, tanto en 1.978 como en la fecha actual, la sociedad ha avanzado más deprisa que las leyes, mientras la constitución se ha convertido en una especial de Santo Grial inviolable al que no se le puede añadir siquiera un asa para mejorar su utilidad. En todo caso, esmeraldas o rubíes que la hagan resplandecer más en su función de objeto.

Cuando estudié el capítulo de la constitución republicana para el trabajo que elaboré sobre la República, por supuesto no estaba en condiciones de afirmar que aquella constitución fuera a servir para siempre, ni lo afirmo. Siguiendo al prócer norteamericano Thomas Jefferson, una constitución o una ley determinada no pueden durar más de veinte años porque queda desvirtuada si no es reformada y refrendada por la generación siguiente a la que la redactó. Sin embargo, cuando hoy encuentro a los indignados de ambos sexos reclamando algunas cosas y justicias, no puedo dejar de asombrarme, desde la perspectiva de mi quizá no demasiado amplio conocimiento, de la coincidencia con algunos principios constitucionales del treinta y uno.

Quizá esto sea afearle la conducta a los demócratas de la transición, pero además una diferencia radical fue que, aunque derrotados en su cometido por virtud de la guerra civil, el empeño que pusieron los republicanos en que el programa de derechos individuales, socioeconómicos y culturales de su constitución se cumpliera dista bastante del que ponen los demócratas del presente para que se cumplan los de la suya. De ahí el cabreo. “Ni aplastaron ningún derecho ni desertaron de ninguno de sus deberes”, llegó a escribir Antonio Machado de los primeros, a quienes definía como “hombres llenos de respeto, mesura y tolerancia”. Todo lo contrario que un Camps, un Bono, un Chaves, un Fabra, una Sonia Castedo, un Aznar o un Felip Puig. El mayor escándalo de corrupción de la época republicana, el “estraperlo”, acontecido en la etapa radical-cedista de Lerroux, no pasaría de ser el robo de unas gallinas comparado con la “Gürtel” o el del afamado Luis Roldán. La honradez, según escribe Max Aub en la novela “La gallina ciega”, fruto de sus impresiones durante su breve viaje por la España de la que se había exiliado 30 años antes, era un valor que los políticos tanto de derechas como de izquierdas tenían en muy alta estima, y por muy refinados que fueran sus gustos (verbigracia: la buena mesa, el teatro o un automóvil) eran pagados de su bolsillo y fruto de un trabajo que, diera o no sus resultados, desempeñaban con afán.

A continuación veremos algunas de las coincidencias a las que me he referido:

1. Subordinación de la economía al interés general: En el artículo 44 y 45, referido este último al tesoro artístico y al patrimonio natural, se proclama la subordinación de la riqueza particular al interés de la economía nacional y se nombra de forma explícita la posibilidad de expropiación, socialización y nacionalización de bienes particulares, así como la intervención de industrias y empresas, mediante adecuada indemnización. Esto se puso en marcha a la hora de llevar a cabo la reforma agraria.

2. Protección al trabajador industrial y agrario: La legislación social republicana fue una de las más avanzadas de Europa, siguiendo las directrices de la Organización Internacional del Trabajo. De hecho, en su artículo 46, la República reconocía que “el trabajo, en sus diversas formas, es una obligación social y gozará de la protección de las leyes”. Una de las medidas más populares fue, entre las mujeres, la instauración del seguro por maternidad, pues la República, que desterró la desigualdad jurídica de la mujer, proclamaba la protección de madres, niños y ancianos en su artículo 43.

3. Educación pública de calidad: Este fue, sin duda, uno de los mayores logros de la República. En su artículo 48, la constitución proclamaba que el servicio de la cultura era atribución esencial del Estado, que lo prestaría a través del sistema de la escuela unificada (que se definía como el medio para que sólo la capacidad individual determinara dónde quisiera llegar cada uno en sus objetivos escolares), primando la gratuidad de la enseñanza primaria, reconociendo la libertad de cátedra y desterrando a la principal institución privada de entonces (la Iglesia) del servicio de la instrucción, al menos de la enseñanza primaria. Proclamaba además la enseñanza laica.

4. Parlamento unicameral: En su artículo 51, se proclamaba la unicameralidad del parlamento, compuesto por la actual cámara baja, el Congreso de los Diputados. Jiménez de Asúa afirmaba la necesidad de que el parlamento estuviera compuesto por una sola Cámara bajo la premisa de que si existían dos Cámaras y ambas representaban la voluntad popular, una sobraba; y si había dos y una no lo hacía (como la Cámara de los Lores, una cámara de representación aristocrática que es en lo que al final acaban convirtiéndose los senados), no se cumpliría la representación de la voluntad popular que se le debía exigir a todo poder legislativo.

5. Poder judicial independiente: La República trató de establecer un poder judicial independiente de las luchas partidistas que tan intensas fueron en su época. Es particularmente curioso el sistema que estableció para elegir a los miembros del Tribunal de Garantías, actual Constitucional: tendría un presidente nombrado por el parlamento y en él se sentarían dos diputados elegidos por las Cortes, pero el resto de miembros serían: un representante por cada una de las autonomías, el presidente del Consejo de Estado, el del Tribunal de Cuentas, dos miembros nombrados por los Colegios de Abogados y cuatro profesores de Derecho nombrados por las facultades universitarias. El objetivo era precisamente evitar toda posibilidad de cabildeos y discusiones como las que hoy se dan entre los dos grandes partidos políticos del país.

6. Reforma constitucional: En el artículo 125 y último de la constitución, se establecía el mecanismo de la reforma constitucional. Se admitían reformas totales (aunque resultaría complicado que algún artículo o principio no quedara recogido en la posterior), parciales y la añadidura de nuevos artículos al texto. Aunque vedada a la iniciativa legislativa popular, (institución que entonces requería de la participación, mediante firma, de mínimo el 15 por cien del censo electoral – mayores de 23 años de ambos sexos, en un país de 26 millones de habitantes –) que servía, por otro lado y según el artículo 66 de medio para promover referendos sobre determinadas leyes y promover proposiciones de ley, sólo requería de las dos terceras partes de diputados del parlamento durante los primeros cuatro años de vigencia del texto aprobado en 1.931. En lo sucesivo, bastaría la aprobación de la mayoría absoluta del Congreso. Más tarde, al igual que ahora, serían convocadas elecciones a Cortes, que funcionarían primero como Constituyentes y, tras la reforma, como Cortes ordinarias.

7. Renuncia a la guerra: Muy importante e interesante. La necesidad de modernizar y avanzar en el desarrollo interior del país impedía, en palabras de Manuel Azaña, jefe del gobierno y posterior presidente de la República, aventurarse en la construcción de un ejército destinado a aventuras imperiales que, desde 1.898, había sucumbido en varios desastres y dejado la Hacienda maltrecha. La fracasada Sociedad de Naciones, predecesora de la ONU, establecía un sistema sancionador y de arbitraje en conflictos al cual España se adhirió de buena fe y bajo la premisa de que, sentimentalmente unida con los estados democráticos europeos y sin necesidad alguna de expandir sus fronteras, no tenía motivos ni enemigos a quienes agredir. Por ello, en sus artículos 6, 7, 65 y 77, la constitución republicana establecía el acatamiento de las normas de Derecho internacional emanadas de la SdN y el acatamiento de las normas de la misma y sus medios de arbitraje antes de efectuar una eventual declaración de guerra.

La constitución de 1.931 consagraba al poder legislativo y lo imponía como contrapeso, además de por medio de una serie de restricciones, al poder del presidente de la República, que ejercería el cargo de “poder de relación”. Su mandato, limitado a cinco años, no podía ser revalidado inmediatamente (es decir, no podía haber una reelección consecutiva). Entre ciertas curiosidades de entonces, como la puesta en marcha de los primeros procesos autonómicos, que tendrían como base la unión de provincias con características históricas y culturales comunes (de hecho, hoy mismo podríamos estar hablando de una Euskadi formada por las actuales País Vasco y Navarra, pues en el proyecto estatutario aprobado en 1.936 y rechazado en Navarra por cuestiones no relacionadas con la unión a las entonces Vascongadas figuraba la unión de las cuatro provincias), figura también la de una Ley Electoral cuyos efectos no fueron los deseados. Pensada para buscar mayorías parlamentarias y gubernamentales fuertes, evitando las crisis parlamentarias que envolvían a la Europa de entreguerras, favorecía la unión de partidos en coaliciones y primaba a la mayoría con un muy superior número de escaños aunque la diferencia en votos hubiera sido mínima. Además, permitía a los electores señalar sus preferencias ordenando o tachando los candidatos de una determinada lista. En las elecciones de 1.936, frente a los candidatos que representaban un perfil más radicalizado, los electores acabaron mostrando sus preferencias por los más moderados. Por la coalición de derechas, fue primado el ex ministro de Agricultura Manuel Giménez Fernández, posteriormente declarado leal a la República durante la guerra civil y tildado de “bolchevique blanco” por intentar una reforma agraria que no convino a los intereses de los terratenientes. Por la coalición del Frente Popular, Diego Martínez Barrio, futuro presidente de las Cortes y ex ministro de Gobernación (Interior) que dirigía un pequeño partido de centro izquierda, Unión Republicana, y era un destacado líder de la masonería española.

En la diáspora republicana que siguió a la guerra, muchos destacados líderes acabaron siendo fuertes apoyos y consejeros de posteriores fundadores de las Naciones Unidas. Fueron los casos de Constancia de la Mora, quién, procedente de una familia de porte aristocrático y presidenciable de la monarquía alfonsina (sobrina de Antonio Maura), fue una de las principales figuras del Lyceum Club Femenino, casada en segundas nupcias con el aviador republicano Ignacio Hidalgo de Cisneros y amiga de Eleanor Roosevelt, esposa del ex presidente norteamericano. O del doctor Juan Negrín, ex ministro de Hacienda y ex presidente del gobierno republicano durante la guerra, fundador del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) en París y que contó entre sus amistades del exilio con Noel Baker. Otros dos políticos socialistas como él, Jiménez de Asúa y Fernando de los Ríos, que tuvieron destacado protagonismo en la elaboración y los debates de la constitución y ejercieron de embajadores republicanos en Praga, París y Washington, permanecieron como profesores de Derecho en Buenos Aires y los Estados Unidos. Otros válidos profesionales como Victoria Kent, primera mujer directora de Prisiones; el abogado Felipe Sánchez Román; el historiador Claudio Sánchez Albornoz o el jurista Mariano Ruiz Funes, ex ministro de Agricultura y primero en elaborar la teoría jurídica de la responsabilidad penal de quienes provocaban los conflictos bélicos, siguieron desarrollando sus carreras en el exilio. Pocos fueron los que pudieron, tras pasar por arduos procesos de depuración y ostracismo, proseguir su labor en España. Tal es el caso de Giménez Fernández, posterior profesor universitario en Sevilla de Felipe González.

Refiero esto último porque aquella “generación del exilio”, cuyos principios y conocimientos tan útiles hubieran sido en España, representan un valor inexcusable respecto de las que posteriormente han llegado al poder en nuestro país. La urgencia por recuperar esa memoria de lo que fueron y representaron debe ser algo que ha de estar presente para aclarar un poco hacia dónde queremos ir. Que sus errores fueran patentes no quiere decir, necesariamente, que obraran con ánimo de daño, algo que muy probablemente no pueden decir quienes hoy se llenan la boca con discursos en los que las palabras “España”, “responsabilidad”, “futuro” o “confianza” suenan a hueco. Por lo pronto, fueron autores de una constitución que ya, en 1.931, tenía un recorrido futuro más amplio que la actual, cuyos conceptos, tantas veces ignorados, están quedando anclados en un frac pasado de moda que se nos queda pequeño.